Fundado en 1910

Beato Álvaro del PortilloPicasa

El ingeniero de la sonrisa eterna: Álvaro del Portillo y su 'receta' de tres palabras para alcanzar el cielo

Hoy, en su fiesta litúrgica, recordamos al beato que, tras los pasos de un santo, supo hacer de la lealtad una de las bellas artes

Como ingeniero, sabía que un puente solo se sostiene si sus apoyos son firmes. Como hombre de Dios, Álvaro del Portillo (1914-1994) comprendió además que una de las mayores infraestructuras que podía construir en su vida era tender puentes entre el hombre y Dios, apoyándose en un componente invisible pero esencial: la gracia.

En el mundo de la ingeniería, un error de cálculo puede ser fatal; en la vida de don Álvaro, el cálculo siempre daba el mismo resultado: fidelidad. Bajo su apariencia de hombre 'esquemático', latía un corazón que nunca tuvo una queja o una crítica, ni siquiera en los momentos de mayor dificultad. Su secreto no estaba en su brillante currículum, sino en su confianza total en la gracia, sabiendo que Dios podía hacer en él mucho más de lo que su mente de ingeniero era capaz de imaginar.

La alegría de recibir la gracia de Dios

Todo comenzó un 12 de mayo, el día de su Primera Comunión. Aquel niño que salió del confesionario con una «paz y una alegría muy grandes» no sabía entonces que esa sería la tónica de toda su existencia. Esa piedad ingenua y sencilla se convirtió en su motor: durante más de 60 años no faltó ni un solo día a su cita con la Eucaristía, describiéndola siempre como una «caricia de Dios».

De hecho, muchos años después, al ser preguntado por cuáles habían sido las mayores alegrías de su vida, respondió con que su mayor felicidad era «recibir la gracia de Dios»: «Cada vez que el Señor me perdona en la Confesión, cada vez que viene a mí en la Comunión».

Tras cursar el bachillerato en el Colegio El Pilar de Madrid, Álvaro del Portillo ingresó en la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, donde concluyó sus estudios en 1941. Durante esos años desarrolló también una intensa actividad profesional en distintas entidades estatales. Su inquietud intelectual le llevó, además, a ampliar su formación académica estudiando Filosofía y Letras, en la especialidad de Historia.

Un código de vida: «Gracias, perdón, ayúdame más»

El 7 de julio de 1935 fue el día en que el ingeniero decidió dar el salto definitivo. Tras un retiro espiritual, se entregó a Dios en el Opus Dei. No fue un camino de rosas, pero sí de una «fidelidad indiscutible». Álvaro se convirtió en la roca en la que se apoyó san Josemaría Escrivá. De hecho, el fundador de la Obra decía de él que su heroísmo era de esos que parecen «cosa ordinaria» y destacaba, por encima de todo, su «lealtad incomparable», siempre acompañada de una sonrisa.

A pesar de sus inmensas capacidades intelectuales y su papel como primer sucesor del fundador y primer prelado del Opus Dei, don Álvaro mantenía el corazón de un niño. Su secreto para no perder el norte en medio de sus responsabilidades en la Iglesia —que incluyeron ser perito en los trabajos de varias comisiones del Concilio Vaticano II, obispo y pastor de miles de personas— era una jaculatoria que repetía siempre: «Gracias, perdón, ayúdame más».

Para él, estas palabras eran el resumen perfecto de la existencia humana: gratitud por lo que recibimos sin merecerlo, reconocimiento de nuestra debilidad y la petición de fuerza para seguir adelante. Era el manual de instrucciones de un ingeniero que sabía que, sin la ayuda del Padre, cualquier estructura en la vida de un hombre acaba por derrumbarse. «Son palabras que están entre las primeras que enseñan las madres a sus hijos pequeños. Pidamos a Dios ese corazón de niños que se saben realmente incapacitados sin la ayuda de su padre», decía.

El pastor que no sabía quejarse

Quienes le conocieron coinciden en que su presencia transmitía una serenidad contagiosa. Como prelado, fue un «siervo fiel y prudente» que buscó siempre lo que une y construye. En un mundo dado a la crítica fácil, don Álvaro destacaba por su ausencia de quejas: incluso en los momentos más difíciles, su respuesta era siempre el perdón y la caridad sincera.

Hasta el final, su único deseo fue crecer en ese amor, como expresó con sencillez en una de sus peregrinaciones: «Te amamos, pero queremos amarte más». Fue el epílogo perfecto para una vida que demostró que la madurez de un hombre se mide por su capacidad de seguir siendo un niño ante Dios, repitiendo con sencillez y amor: «Gracias, perdón, ayúdame más».