César Capelo, el protagonista de esta historia, se bautizó a los 17 años
Un profesor de instituto, un kart eléctrico y un bautizo a los 17 años: la historia del asturiano César Capelo
«Había algo que me llamaba la atención en el profesor. No sabía lo que era, si era su carácter, su paciencia o su alegría, pero era una cosa que me extrañaba mucho», reconoce ahora el joven
«El día más feliz de mi vida fue el de mi bautizo». Así lo reconoce César Capelo, un joven asturiano de 24 años de edad que ha compartido su testimonio a través del portal del Opus Dei en España. «Estoy estudiando Ingeniera Informática y soy de Mieres. Yo ni siquiera estaba bautizado», asegura, y añade que viene «de una familia que es muy normal: Mi padre era albañil y mi madre trabajaba de dependiente en una librería».
Con la adolescencia comenzaron a llegar –como suele ser habitual– los problemas. «Se empezó a torcer la cosa, vaya», dice con sus propias palabras. «Yo estaba muy quemado de todo. Mi padre estaba enfermo, mi madre tenía que trabajar todo el día. No quería estudiar; era una espiral de la que yo no podía salir», reconoce. «Lo único que hacía era estar de lunes a viernes con mis amigos y luego el fin de semana salir de fiesta y coger una cogorza», agrega.
Pero la vida –o Dios– le tenía preparada una sorpresa: en el instituto, «nuestro tutor nos invitó a una actividad para montar un kart eléctrico para competiciones a nivel de España e incluso alguna internacional». Pero César no era un adolescente fácil –si es que acaso existe esa categoría–: «Solo por llevarle la contraria le dije que sí, que yo lo quería hacer, que me gustaba».
Sin embargo, las cosas no salieron como esperaba César. «Había algo que me llamaba la atención en el profesor. No sabía lo que era, si era su carácter, su paciencia o su alegría, pero era una cosa que me extrañaba mucho y que me generaba mucha curiosidad. Ya a día de hoy sé que era su amor a Dios», desvela.
Un club del Opus Dei
Un día, el profesor invitó al joven al club Peñavera del Opus Dei en Oviedo. César hizo lo que haría cualquier adolescente en su misma situación: buscarlo en internet. «Me salió en grande Opus Dei, y pensé: ¡No puede ser, no puede ser!. Yo tenía una concepción de que era algo malo, porque lo que había escuchado había sido en películas o en alguna noticia del telediario», reconoce.
Pese a ello, el joven se armó de valor y fue a conocer ese sitio tan extraño: «Lejos de encontrarme algo raro que no encajara, al final lo que había eran niños jugando al fútbol, otros tocando la guitarra, otros estudiando. No había nada fuera de lo común». Sí que hubo algo «que me llamó la atención, que era el oratorio, porque yo no había visto nunca nada de rezar y la verdad es que me quedé un poco impactado de primeras».
En las siguientes visitas al club se atrevió a hablar con un cura, que «encima iba vestido de negro entero; no sé, era como algo de película», explica, tratando de buscar analogías que le resultaran familiares. El sacerdote, pasado un tiempo, le invitó a un retiro de tres días. Y allí se topó con el Señor: «Fue en medio de ese silencio donde, por fin, lo pude escuchar por primera vez de verdad, donde le hice un hueco dentro de mi corazón y se metió ahí». «Yo salí transformado. Yo tenía unas ganas inmensas de conocer a Dios, de verle todos los días», asegura. «Empecé a ir a misa todos los días. Empecé a rezar todos los días a partir de aquel retiro. No sabía qué me había pasado por dentro, pero yo estaba feliz. Empecé a formarme mucho más, a rezar el rosario, empecé a hacer muchas cosas», prosigue César.
Pero sentía que le faltaba algo: no estaba bautizado. «Lo que yo de verdad quería era recibir a Dios en la Eucaristía. Pero al no estar bautizado, pues no podía, y lo primero que tenía que hacer era empezar por ahí. Así que nada, fui al al cura de la iglesia y le dije que si podía hacer el favor de bautizarme y me dijo que tenía que ir a la catequesis», dice resuelto. Y eso hizo.
«Yo no quería perder esto que había conseguido. Ahora que estaba con Dios, no lo quería perder. Llegó el día esperado, esa vigilia pascual en la que invité a mis amigos a Oviedo a comer antes de bautizarme, de recibir los sacramentos de iniciación. Estaba supercontento. Yo creo que fue –y creo que será– el día más feliz de mi vida», concluye.