Colegio Eclesiástico Internacional Sedes Sapientiae
69 seminaristas, 25 banderas y 11 formadores del Opus Dei: así es el seminario que soñó Juan Pablo II en un rincón de Roma
Lo que comenzó en 1990 en unos pisos modestos es hoy el Centro Internacional Sedes Sapientiae, sostenido por la generosidad de cientos de benefactores: un seminario del que han salido más de 600 sacerdotes destinados a servir en algunas de las periferias más exigentes del mundo
El icónico barrio romano del Trastévere tiene dos caras. Una es la de los bares abarrotados, los aperitivos y las calles tomadas por el turismo. La otra, más discreta, se abre unos metros más arriba: una zona tranquila, casi suspendida. En la Via dei Genovesi 30, un edificio de planta en forma de «H» pasa desapercibido para muchos transeúntes, pero alberga una realidad muy viva: el Colegio Eclesiástico Internacional Sedes Sapientiae, desde cuyas terrazas se puede ver el Jardín de los Naranjos y las cúpulas que recortan el perfil de la Ciudad Eterna.
Los seminaristas celebraron la «Noche de Tanzania», una velada en la que los tanzanos compartieron su cultura a través de la gastronomía, la música y el baile
El encargo de un Papa y un edificio con historia
La historia de este seminario no empezó con grandes lujos. Fue San Juan Pablo II quien pidió a don Álvaro del Portillo —primer sucesor del fundador del Opus Dei— la creación de un centro que permitiera acoger a seminaristas de todo el mundo que venían a estudiar a Roma. Este proyecto, también en continuidad con el deseo de san Josemaría Escrivá de contar con un colegio para la formación de candidatos al sacerdocio junto a la Sede de Pedro, dio origen a la iniciativa.
El proyecto, vinculado a la formación de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, arrancó en 1990 en unos pisos modestos donde «se vivía como se podía», hasta que la Santa Sede les cedió su sede actual, un antiguo convento. Hoy, la dirección está en manos de 11 sacerdotes formadores de la Prelatura del Opus Dei que viven en el seminario, haciendo de este lugar su verdadero hogar y acompañando de forma constante la vida de los seminaristas en formación.
La logística —comidas, limpieza y el resto de tareas cotidianas de una casa de grandes dimensiones— recae sobre monjas filipinas y un equipo de personal externo. A ello se suma la implicación de los propios seminaristas, quienes se organizan en turnos y colaboran en distintas tareas para el mantenimiento del centro. Todo ello da como resultado una convivencia en la que la combinación de nacionalidades, junto con la buena voluntad y el espíritu de familia y de sacrificio, se percibe desde el primer momento en que uno entra en el recinto.
La generosidad de los benefactores
Lo que hace especial al Sedes Sapientiae no es solo su ubicación, sino una búsqueda de equilibrio. «Si tienes mucha gente de la misma zona, sus costumbres acaban pesando demasiado», explican sus formadores. Por eso, las plazas se asignan buscando una mezcla de continentes y mentalidades. Esta multiculturalidad se celebra en las llamadas «noches culturales». Un día, los tanzanos toman la cocina para preparar una cena espectacular y terminan enseñando bailes tribales a sus compañeros; otro día, son los franceses o los mexicanos quienes muestran el orgullo de su tierra.
Pero el verdadero aprendizaje es menos exótico: es el esfuerzo de «intentar entender al otro», de aceptar que tu compañero tiene modos distintos o, simplemente, de tolerar sus pequeñas manías. Por eso la convivencia ocurre en cada rincón de la casa: en sus pasillos, viendo una película o compartiendo las anécdotas del día en las tertulias de después de comer, donde un seminarista indio tiene que aprender a entender el carácter de un europeo y donde todos en general aprenden a adaptarse a los pequeños hábitos cotidianos de un compañero de otra cultura.
Un partido entre los seminaristas del Sede Sapientae
Mantener a 69 seminaristas —que pronto serán 100— en el corazón de Roma no es barato. Aquí nadie es «hijo de papá»: todos dependen de becas y de la generosidad de miles benefactores de distintos países. Hay quienes contribuyen a cubrir desde la matrícula hasta gastos concretos y cotidianos, como una consulta dental, unas gafas nuevas o incluso la casulla del día de la ordenación.
Y el esfuerzo sin duda da frutos visibles. Por estas habitaciones han pasado ya más de 600 sacerdotes que ya ejercen su ministerio en todo el mundo, junto con antiguos alumnos que incluyen a uno de los purpurados más jóvenes del mundo, el cardenal Koovakad, así como obispos en países como Venezuela. Pero la cuestión no es preparar a jóvenes dispuestos a alcanzar los 'puestos' más altos, sino formarlos para una vida en la que, si llega ese momento, cuenten con las herramientas necesarias para cumplir su misión.
La Eucaristía como escuela de sacerdotes
A pesar de la intensidad de la vida romana, el ritmo del Sedes Sapientiae también se marca en la vida contemplativa. La jornada arranca a las 6:15 de la mañana con laudes y media hora de oración. Después, los futuros presbíteros acuden a sus respectivas clases en la Universidad de la Santa Cruz. Tras la comida, tienen una tertulia opcional y el rezo del rosario en común. Entre otras actividades, los jueves celebran además una hora de adoración eucarística, de 19:00 a 20:00.
Allí, cuando se contempla como los seminaristas se arrodillan en la exposición del Santísimo y entonan el Adoro te devote, la letra de Santo Tomás de Aquino, se hace visible el núcleo de su formación espiritual. «En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; Creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido», reza una de las frases que compuso el Doctor Angélico. Al igual que aquel reo reconoció a Dios en un hombre torturado y despojado de todo, también el creyente está llamado a reconocer la presencia real de Cristo, su divinidad escondida bajo la humanidad, donde los sentidos solo perciben pan.
Esa será su rutina futura: ser las manos consagradas que sostienen un misterio oculto a los ojos, pero capaz de saciar el hambre del rebaño que le ha sido encomendado. Porque, al final, el paso por la Via dei Genovesi no busca 'fabricar' sacerdotes ni alimentar ambiciones de carrera, sino formar hombres de profunda vida interior, que volverán a sus diócesis transformados por la cercanía de la Sede de Pedro y por una red de hermanos que, aunque después se disperse por los cinco continentes, seguirá siendo su familia para siempre.