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PentecostésEl Greco

El «tesoro escondido» de Pentecostés: cuáles y qué son los siete dones y doce frutos del Espíritu Santo

La Iglesia celebra hoy la venida del Paráclito, que bajó sobre los apóstoles para sostener la vida moral de los fieles y perfeccionar sus virtudes a través de sus inspiraciones

Diez días después de la Ascensión y cincuenta días después de la Resurrección de Jesucristo, la Iglesia celebra hoy la solemnidad de Pentecostés. Esta festividad conmemora el momento en que, tal y como Cristo prometió, el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles, quienes se encontraban asustados y desmoralizados. Desde aquel acontecimiento, el «Santo Paráclito» protege y sostiene la vida moral de los cristianos a través de sus dones, que nos hacen dóciles a sus impulsos.

Los siete dones: perfección de las virtudes

Según el Catecismo de la Iglesia Católica, el Espíritu Santo concede siete dones: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Estas facultades no son un conocimiento mundano, sino que completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben, permitiendo obedecer con prontitud las inspiraciones divinas.

Entre ellos, el don de sabiduría o «espíritu de discernimiento» permite entender qué viene de Dios para cumplir su voluntad. El don de consejo ayuda a orientar la vida propia y la del prójimo, distinguiendo la verdad de la mentira. A estos se une el don de entendimiento, que concede la gracia de escrutar la Palabra de Dios y comprender las verdades que Él revela a través de la historia personal. Asimismo, el don de ciencia —o de conocimiento— no ofrece un saber mundano, sino el conocimiento profundo del pensamiento de Dios para entender las cosas tal y como Él las entiende.

Por otro lado, el don de piedad representa la apertura total a la voluntad divina, permitiendo al fiel poner a Dios en el centro de su vida y actuar como Jesucristo. Por su parte, el don de fortaleza es el que sostiene al cristiano ante las dificultades y tentaciones, permitiéndole obrar valerosamente y superar tanto las pasiones internas como las presiones del ambiente. Finalmente, el temor de Dios no debe entenderse como miedo, sino como el reconocimiento de que Él es el sumo bien y que fuera de su voluntad solo existe la perdición.

Los doce frutos: primicias de la gloria

Como resultado de la acción del Espíritu en el alma, la tradición de la Iglesia enumera doce frutos, definidos como perfecciones que actúan como «primicias de la gloria eterna». Estos son: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad.

El amor o caridad es el primer fruto y origen de todos los demás; consiste en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. De este amor nace la alegría, que es el gozo profundo del alma: la satisfacción de estar en Dios, de hacer el bien, de sentirse victoriosa sobre la muerte. Quien experimenta esta alegría alcanza la paz, la certeza de estar seguro bajo la mano de Dios a pesar de cualquier adversidad terrena.

Junto a estas primicias, la acción del Paráclito en el alma se manifiesta también a través de la paciencia, que otorga al creyente la tranquilidad para no turbarse ante las adversidades de la vida o las tentaciones. Esta paz interior se proyecta hacia el prójimo mediante la benignidad —una gentileza y dulzura constantes en el trato— y la bondad, que se traduce en el deseo palpable de beneficiar a los que más sufren, infundiendo el espíritu de entrega de Jesucristo.

Otros frutos como la longanimidad otorgan coraje ante el mal y saber esperar en la Providencia. Asimismo, el Espíritu Santo concede la mansedumbre para resistir los impulsos que provoca la injusticia, frenando la ira y el rencor frente a la venganza, mientras que la fidelidad asegura un testimonio firme y veraz del amor de Dios hasta el final. La modestia y la continencia completan esta obra santificadora, disponiendo al fiel de dignificar el cuerpo y forma de vida y a mantener en orden los apetitos y placeres materiales frente a la concupiscencia, mientras que la castidad representa la victoria sobre la carne para ser «templo vivo del Espíritu Santo».

Este conjunto de dones y frutos constituye un auténtico «tesoro escondido». Como señala el Evangelio de San Mateo, quien conoce su existencia y entiende su valor, está dispuesto a todo con tal de poseerlo, pues es el motor que permite al fiel actuar como Jesucristo, poniendo a Dios en el centro de su vida. «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo» (Mateo 13, 44).