El Papa bendice a un bebé antes de comenzar la audiencia general
Audiencia General
El Papa pide en este Miércoles de Ceniza «ayunar de comentarios que hieran» y buscar la verdadera conversión
Asimismo, ha recordado que este tiempo litúrgico es propicio para el encuentro con Cristo a través de la confesión y las obras de misericordia
Durante la Audiencia General celebrada en la Plaza de San Pedro, el Pontífice ha recordado que el camino cuaresmal que comienza hoy es un tiempo de gracia que exige un cambio de corazón y una apertura a la misericordia divina a través de la oración y el ayuno. Ante miles de fieles, el Santo Padre ha subrayado la importancia de prepararse para la Pascua mediante gestos concretos que promuevan la reconciliación y la caridad fraterna.
En sus diversos saludos a los peregrinos, el Papa ha enfatizado que la Cuaresma debe ser un itinerario de conversión verdadera. De manera particular, al dirigirse a los fieles de lengua española, ha instado a pedir al Señor que disponga los corazones para vivir la Palabra de Dios, sugiriendo un ayuno que vaya más allá de lo físico: el de ayunar «de gestos y comentarios que hieran a los demás y nos alejen de su Corazón misericordioso».
Asimismo, ha recordado a los peregrinos polacos que este tiempo litúrgico es propicio para el encuentro con Cristo a través del Sacramento de la Penitencia y las obras de misericordia. En sus palabras finales a los jóvenes y enfermos, el Pontífice ha exhortado a vivir este periodo con un intenso espíritu de oración para llegar interiormente renovados a la celebración del misterio de la Pascua, que ha calificado como la revelación suprema del amor de Dios.
La Iglesia como misterio y sacramento
En la catequesis, el Papa ha continuado con el ciclo dedicado a los documentos del Concilio Vaticano II, centrándose en la Constitución dogmática Lumen gentium. Ha explicado que el Concilio utiliza el término «misterio» para describir el origen de la Iglesia, no en el sentido de algo oscuro, sino como el designio de Dios que antes estaba oculto y ahora ha sido revelado para unificar a toda la humanidad mediante la acción de Jesucristo.
Bajo esta perspectiva, el Santo Padre ha señalado que la Iglesia es «en Cristo como un sacramento», es decir, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano. Es, en la historia de la humanidad, expresión de lo que Dios quiere realizar; por lo tanto, al contemplarla, se capta en cierta medida el designio de Dios, el misterio. Así, ha profundizado en que esta condición de sacramento implica que la Iglesia es una presencia santificadora en medio de una humanidad aún fragmentada, pero que aspira a la unidad.