El Papa León XIV subiendo el avión para iniciar su viaje a Turquía y Líbano
La diplomacia de la cercanía: por qué los viajes del Papa siguen siendo actuales en pleno siglo XXI
Con la mirada puesta en su próxima visita a España y una agenda internacional que recobra un impulso frenético, el viaje apostólico representa la «presencia real» que permite a los fieles sentir el vínculo físico con Pedro
En un contexto internacional donde el multilateralismo tradicional parece dar paso a bloques regionales y crisis de financiación en organismos como la ONU, la Santa Sede mantiene una estrategia de presencia física y diplomacia flexible que trasciende la era digital. El profesor Vincenzo Buonomo, consejero general del Estado de la Ciudad del Vaticano, reflexiona en un encuentro informativo con periodistas sobre los pilares que sostienen la acción exterior de Roma en este cambio de época.
En ese marco, y frente a las posibilidades técnicas que ofrecen hoy las nuevas tecnologías, los viajes papales siguen desempeñando una función estructural iniciada por Pablo VI: permitir que el vínculo con Roma sea algo que los fieles puedan «tocar materialmente». Según Buonomo, estos desplazamientos no son meros actos de «promoción», sino la expresión visible de que las iglesias particulares no son autocéfalas, sino que permanecen intrínsecamente vinculadas a la sede romana.
El viaje apostólico: tocar Roma de primera mano
Esta «presencia concreta» busca construir y contribuir a las sociedades locales. La Iglesia no viaja para «protestar» o hacer «márketing», sino para realizar una acción de participación en las necesidades básicas de la sociedad.
En este sentido, la presencia física responde también a la necesidad de evangelizar en contacto directo con las personas, en línea con el espíritu de Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, donde las esperanzas del mundo se asumen como propias de la Iglesia.
No se trata, por tanto, de una presencia excluyente, sino de una forma de implicación social y pastoral que se reflejará también en el próximo viaje de León XIV a África: una travesía por zonas del Sahel bajo amenaza de islamización forzada en la que la Iglesia no pretende presentarse como una alternativa de poder, sino como un actor que contribuye a la construcción social desde la convivencia.
Una diplomacia de objetivos y discreción
La diplomacia pontificia se define por su flexibilidad. A diferencia de un aparato burocrático, el diplomático de la Santa Sede actúa ante situaciones desconocidas, adaptándose a los objetivos de cada momento histórico. Esta capacidad de adaptación no es nueva; Buonomo recuerda por ejemplo cómo el cardenal Gasparri ya redactaba memorandos sobre Oriente Medio en los años veinte que hoy resultan ser «una fotografía» de la realidad actual, o cómo la Santa Sede participaba en comités de refugiados mucho antes de ser observadora formal en la ONU.
La eficacia de esta acción reside, en parte, en su discreción. Para Buonomo, cuando la actividad diplomática se vuelve totalmente abierta, corre el riesgo de transformarse en actividad política. La Santa Sede, amparada por el Tratado de Letrán, se declara neutral y ajena a disputas temporales entre estados, a menos que las partes en conflicto soliciten su mediación.
Por ejemplo, la diplomacia vaticana jugó un destacado rol en facilitar el regreso a casa de los niños ucranianos llevados a Rusia durante la guerra. Una prueba de que la Santa Sede prioriza la gestión directa y discreta de problemas humanos urgentes sobre la promoción de grandes acuerdos políticos públicos que, en el contexto actual, corren el riesgo de quedar bloqueados.
La red de información más amplia del mundo
Uno de los activos más singulares de la Santa Sede es su capacidad de obtener información de amplio espectro. Gracias a una estructura que abarca desde la estación misionera más remota hasta la gran metrópoli, el conocimiento de los hechos llega al nivel diplomático con una capilaridad única. «La estación misionera puede ser de dos personas, un misionero y un monaguillo, pero es una presencia en el territorio», explica el profesor.
En un mundo donde los valores subyacentes del sistema internacional están en revisión y donde se prioriza la eficacia del rendimiento sobre la dignidad del individuo, la Santa Sede insiste en devolver a la persona al centro de la acción internacional. Ya sea trabajando en el desarme o protegiendo el secreto de confesión en acuerdos bilaterales, la diplomacia vaticana sigue operando bajo la premisa de que las normas deben nacer de los hechos y del respeto a los derechos fundamentales.
De hecho, la protección del secreto de confesión en una prioridad de su actividad bilateral ante lo que el profesor define como una «crisis» provocada por legislaciones civiles de distintos países. En los últimos años, Estados como España, Francia, Australia o Irlanda han planteado o aprobado iniciativas que obligarían a los sacerdotes a revelar información conocida en confesión en determinados delitos, lo que ha llevado al Vaticano a reforzar este ámbito a través de concordatos y acuerdos bilaterales.
Un ejemplo reciente es el acuerdo alcanzado con la República Checa en 2024, donde se incluyó de forma explícita un artículo para proteger el secreto confesional, un modelo que la diplomacia vaticana busca replicar para evitar que ese ámbito quede sometido a las exigencias de tribunales civiles. Desde la perspectiva de Roma, esta cuestión se inscribe además en la misión de «santificar», una de las tres funciones clásicas de la Iglesia junto a gobernar y enseñar, y forma parte de lo que considera un «dominio reservado» o jurisdicción propia como sujeto de derecho internacional.
En definitiva, este blindaje de lo sagrado es solo una pieza de un engranaje mayor: una diplomacia que se niega a rendirse a los algoritmos o al colapso de los organismos internacionales. Al viajar y pactar, Roma garantiza que la Iglesia siga siendo ese radar humano capaz de llegar donde la burocracia se detiene, devolviendo siempre a la persona al centro de la escena internacional. Es el empeño por asegurar que, en un mundo fragmentado, se preserve ese espacio donde el ser humano no sea 'sacrificado' en favor de la eficacia del rendimiento.