Una monja besa las manos del Papa León XIV
¿Por qué la Iglesia ha perdido «incisividad»? El riesgo de abandonar el símbolo y el protocolo
El ceremonial de la Santa Sede no es una puesta en escena vacía, sino un lenguaje de símbolos sedimentado desde Bizancio para «rendir honor a Dios» y comunicar la verdad a través de los siglos
Ni el color de una estola, ni la posición de un invitado, ni el metal de una llave se escogen al azar en la Santa Sede. Como bien explicó en una clase, en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, Cósimo Maria Papa–Enviado Especial de la Organización Europea de Derecho Público para Centroamérica –, el protocolo vaticano es la expresión 'plástica' de una realidad profunda: la unión indisoluble de lo espiritual y lo temporal.
En el escudo pontificio, las dos llaves —una de oro para el Reino de los Cielos y otra de plata para el gobierno terrenal— están inseparablemente unidas. El símbolo expresa que la Iglesia no es únicamente una realidad espiritual ni únicamente una institución humana. En esa unión inseparable entre el Cielo y la Tierra reside la esencia de la diplomacia más antigua del mundo.
Escudo de la Ciudad del Vaticano
El fin último: «Rendir honor a Dios»
Para el observador externo, el despliegue de uniformes y jerarquías puede parecer una representación escénica, pero el profesor lo desmiente: «Si organizo una buena ceremonia donde está el Papa, no es que lo haga para hacer teatro, sino para rendir honor a Dios a través de los signos». Cada detalle busca que el ojo perciba una gloria que trasciende al hombre.
Esta mentalidad se remonta al siglo XV, cuando Agostino Patrizzi Bonomi escribió el primer ceremonial de la Curia Romana, subrayando que el esfuerzo por hacer las cosas bien es en sí mismo un acto de culto. Por eso, un elemento externo del protocolo «no es un árbol de Navidad ni una cuestión teatral inventada hace cinco días», sino un signo transmitido por la historia de la humanidad para honrar al Vicario de Cristo.
De Bizancio a la Secretaría de Estado
El protocolo que hoy vemos en el Patio de San Dámaso o en la Biblioteca Privada no nació de la nada, sino que se fue sedimentando sobre la tradición bizantina. Sus orígenes se encuentran en la Aula Palatina de los emperadores de Oriente, donde en el año 911 ya se recopilaban las costumbres ceremoniales del Estado.
Hoy, esa maquinaria reside principalmente en la Secretaría de Estado, tras la reforma de la Constitución Praedicate Evangelium promulgada por Francisco en 2022. La Oficina del Protocolo actúa como un importante trait d'union entre la Primera Sección (Asuntos Generales) y la Segunda (Relaciones con los Estados), gestionando desde la llegada de un embajador al aeropuerto de Roma hasta las visitas de jefes de Estado.
El lenguaje de los símbolos
El profesor detalla reglas que son leyes en la diplomacia internacional, como la «regla de la derecha», donde el invitado de honor ocupa el centro y el segundo puesto de importancia es siempre la derecha. También existen privilegios históricos, como el «privilegio del blanco», que permite únicamente a las reinas católicas —como las de España, Mónaco o Luxemburgo— vestir de ese color y usar velo blanco ante el Papa, mientras las demás deben vestir de negro.
Incluso el vestuario clerical comunica jerarquía y mandato. Solo el Papa tiene el privilegio de usar la estola sobre la mozzetta. El profesor recuerda cómo Pablo VI, en Venecia, puso su propia estola sobre el entonces patriarca Luciani: «Los periodistas de la época, que eran excelentes conocedores de los símbolos, dijeron: es un traspaso de mandato».
El Papa Pablo VI junto al entonces patriarca de Venecia, Albino Luciani, quien después sería Juan Pablo I
Para el profesor, la crisis de relevancia que atraviesa la Iglesia en la esfera internacional tiene una raíz profundamente comunicativa: el abandono del símbolo. Según explica, una de las razones por las que la Iglesia católica ha perdido «incisividad a nivel planetario» es porque ha dejado de utilizar los símbolos comunicativos que proyectan su autoridad y su misión. El experto advierte que los hombres de Iglesia no pueden presentarse ante el mundo como si fueran «puros espíritus», ya que el ser humano necesita del lenguaje visual para comprender las realidades profundas.
Al igual que un general no acudiría a una cita oficial en «bañador o chanclas», el clero debe entender que el protocolo y la vestimenta no son un «árbol de Navidad» ni un adorno vacío, sino la forma de comunicar que se está hablando en nombre de una institución bimilenaria.
En definitiva, cuando la Iglesia renuncia a su lenguaje simbólico, pierde la fuerza de su identidad y su capacidad de influir en la historia de la humanidad. Como concluye el profesor, «quien hace un buen trabajo une, quien hace un mal trabajo divide; el protocolo es poner junta la historia de la humanidad y traerla a nuestros días sin alterar la verdad».