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Doctora Mercè Triviño

Doctora Mercè Triviño

«Muchas mujeres llegan a la menopausia preocupadas por los sofocos, pero olvidan su corazón»

La enfermedad cardiovascular es una de las principales causas de muerte en la mujer y su riesgo aumenta de forma significativa tras la menopausia, coincidiendo con importantes cambios hormonales y metabólicos que pueden afectar a la salud cardiovascular.

Con la Dra. Mercè Triviño, especialista en medicina de la longevidad de Neolife y experta en bienestar y medicina estética, abordamos la relación entre menopausia y salud cardiovascular, una etapa clave en la que la prevención y el control de los factores de riesgo adquieren especial importancia.

–Las enfermedades cardiovasculares son la principal causa de muerte entre las mujeres. ¿Por qué sigue infravalorándose este riesgo?

–Hay una combinación de factores, y uno de ellos lo repite a menudo Esther Anzola, CEO de Neolife: muchas mujeres cuidan de la salud de todos antes que de la suya propia, y eso retrasa sus revisiones. Durante muchos años, la enfermedad cardiovascular se ha asociado más al hombre, mientras que en la mujer se ha prestado mucha atención a otros problemas de salud. Esa percepción ha influido tanto en la sociedad como en la práctica clínica, de forma indirecta.

Por otro lado, las mujeres pueden presentar síntomas menos típicos durante un infarto: aunque el dolor torácico opresivo es frecuente, no siempre aparece. Puede presentarse con falta de aire, náuseas, malestar en la espalda o la mandíbula. Y esto retrasa la sospecha diagnóstica.

Otro aspecto importante es que durante años hemos prestado menos atención a factores específicos que pueden aparecer durante el embarazo, como la preeclampsia o la diabetes gestacional, y la menopausia precoz, que nos aportan información relevante sobre el riesgo cardiovascular en un futuro.

Tenemos que aprovechar la etapa de la menopausia para detectar riesgos que pueden pasar desapercibidos y prevenirlos a tiempo

Muchas mujeres llegan a la menopausia pensando que su principal preocupación es el peso, el sueño o los sofocos, cuando también es un momento clave para revisar su salud cardiovascular. Tenemos que aprovechar esa etapa para detectar riesgos que pueden pasar desapercibidos y prevenirlos a tiempo.

– ¿Cómo influye la menopausia en el riesgo cardiovascular de la mujer?

–Las mujeres que acompañamos en Neolife nos muestran que la menopausia marca una etapa en la que pueden acelerarse algunos cambios metabólicos y vasculares.

La disminución de los estrógenos se relaciona con cambios en el perfil lipídico (colesterol), en la elasticidad y funcionamiento de los vasos sanguíneos y la distribución de la grasa corporal. Es frecuente que aumente la grasa abdominal y visceral, incluso sin grandes cambios en el peso, y que se pierda masa muscular. También pueden empeorar la sensibilidad a la insulina, la presión arterial y otros componentes del riesgo cardiometabólico.

Pero hay que dejar claro que no todo lo que ocurre a partir de los 50 años se debe a la menopausia. También influyen otros factores como el envejecimiento fisiológico, la genética, el sedentarismo, el sueño, la alimentación y los cambios en la composición corporal. La evidencia científica señala que la transición menopáusica tiene un papel propio, pero es difícil separar completamente sus efectos de los del envejecimiento.

Por eso, en Neolife, nos gusta entender la menopausia como una ventana de oportunidad preventiva. No significa que todas las mujeres vayan a desarrollar problemas cardiovasculares, pero es un buen momento para revisar cómo están su metabolismo, sus arterias y sus hábitos, antes de que aparezcan las consecuencias clínicas.

– ¿Qué pruebas permiten detectar el riesgo cardiovascular durante la menopausia más allá del colesterol habitual?

–El colesterol total, el LDL y el HDL siguen siendo importantes, pero no siempre cuentan toda la historia. Dos mujeres con un LDL parecido pueden tener riesgos diferentes según sus antecedentes, su metabolismo, su presión arterial y otros factores.

En la valoración completa que hacemos en Neolife, consideraría:

  • Apolipoproteína B (ApoB): ayuda a estimar el número de partículas lipoproteicas aterogénicas, es decir, las que pueden contribuir a formar placas en las arterias. Es especialmente útil cuando el LDL no refleja bien el riesgo, por ejemplo, en determinadas alteraciones metabólicas.
  • Lipoproteína(a), o Lp(a): es un factor de riesgo en gran medida genético que suele pasar desapercibido en una analítica convencional. Medirla al menos una vez en la edad adulta permite identificar a personas con riesgo añadido.
  • Glucosa, hemoglobina glicosilada (HbA1c) y, en muchos casos, insulina y HOMA-IR: permiten valorar la situación glucémica y detectar alteraciones metabólicas. La insulina y el HOMA-IR pueden aportar información en determinados contextos, pero no son pruebas universales ni sustituyen a los criterios diagnósticos de diabetes.
  • Presión arterial, perímetro abdominal y composición corporal: son medidas sencillas que ayudan a identificar hipertensión y acumulación de grasa visceral, que puede pasar inadvertida cuando solo miramos el peso o el IMC. La medición de composición corporal con DXA es una de nuestras pruebas estrella.
  • Ecografía de troncos supraaórticos: permite evaluar las arterias carótidas, detectar placas de ateroma y valorar la presencia de aterosclerosis subclínica. En mujeres con riesgo cardiovascular intermedio, puede aportar información adicional para afinar la valoración del riesgo.
  • Calcio coronario mediante TAC: en determinadas personas, según antecedentes como historia de tabaquismo, puede ayudar a afinar la estimación del riesgo y orientar decisiones terapéuticas.

También existen marcadores complementarios, de inflamación de bajo grado, como la proteína C reactiva ultrasensible, que pueden ser útiles en situaciones concretas. No necesitamos pedir todas las pruebas a todas las mujeres. Necesitamos elegir las que aporten información útil para cada una. Una analítica más extensa no es necesariamente una mejor prevención.

– ¿Puede el tratamiento hormonal prevenir infartos e ictus o sus beneficios cardiovasculares siguen sin estar claros?

No debemos prescribir terapia hormonal de la menopausia con el objetivo principal de prevenir infartos o ictus. Aunque tenemos evidencia de que los estrógenos tienen efectos sobre los vasos sanguíneos y el metabolismo, eso no significa que administrarlos reduzca necesariamente los eventos cardiovasculares.

Grandes ensayos clínicos, como los estudios WHI, HERS o KEEPS, demostraron que el balance entre beneficios y riesgos depende de la edad, el tiempo transcurrido desde la menopausia, la formulación utilizada y las características de cada mujer.

La terapia hormonal sigue siendo el tratamiento más eficaz para los sofocos y otros síntomas vasomotores, y ayuda a prevenir la pérdida ósea durante su utilización. En mujeres sanas menores de 60 años o dentro de los diez años posteriores a la menopausia, el balance beneficio-riesgo suele ser más favorable cuando existe una indicación clínica adecuada.

Las hormonas pueden mejorar la calidad de vida de determinadas mujeres, pero no sustituyen la prevención cardiovascular

También importa la vía de administración. El estradiol transdérmico puede presentar un menor riesgo de tromboembolismo que el estrógeno oral. Y si la mujer conserva el útero, el tratamiento sistémico con estrógenos debe acompañarse de una protección endometrial adecuada, por ejemplo, con progesterona micronizada.

Y conviene aclarar que el término bioidéntico no garantiza por sí mismo mayor seguridad.

– ¿Cuál es el mejor momento para iniciar el tratamiento hormonal y qué factores deben tenerse en cuenta?

–El momento más favorable para valorar la terapia hormonal es durante la transición menopáusica o en los primeros años posteriores a la menopausia, especialmente en mujeres menores de 60 años o dentro de los diez años desde la última menstruación.

Es importante tener claro que no existe una edad a la que todas las mujeres deban empezar a tomar hormonas. El tratamiento se plantea principalmente cuando hay síntomas que afectan a la calidad de vida, y la decisión depende de la intensidad de esos síntomas, los antecedentes y las preferencias de la paciente.

Antes de prescribirlo, debemos revisar:

  • El riesgo cardiovascular: presión arterial, perfil lipídico, diabetes, tabaquismo y antecedentes personales y familiares.
  • El riesgo tromboembólico y los antecedentes de trombosis.
  • Los antecedentes de cáncer de mama, cáncer de endometrio u otras enfermedades hormonodependientes.
  • Si la mujer conserva el útero, porque en ese caso el estrógeno sistémico debe acompañarse de protección endometrial adecuada.
  • La intensidad de los síntomas, el estado de salud ósea y las alternativas terapéuticas.

La vía de administración también importa. En mujeres con determinados factores de riesgo, el estradiol transdérmico puede ser preferible al oral.

– ¿En qué casos está desaconsejado el tratamiento hormonal de la menopausia?

Hay situaciones en las que la terapia hormonal sistémica está, por regla general, contraindicada o requiere una valoración especializada muy cuidadosa. Entre ellas se encuentran determinados antecedentes de cáncer de mama u otros tumores hormonodependientes, el sangrado vaginal inexplicado, la enfermedad hepática activa importante y los antecedentes de tromboembolismo, ictus o enfermedad coronaria establecida.

Esto no significa que todas las situaciones sean idénticas ni que todas las formulaciones tengan el mismo perfil de riesgo. Por ejemplo, los tratamientos hormonales vaginales de baja dosis para síntomas genitourinarios tienen una exposición sistémica mucho menor que la terapia hormonal sistémica y requieren una valoración diferenciada.

También debemos evitar el error contrario: una mujer con colesterol elevado, diabetes o hipertensión bien controlada no queda automáticamente excluida del tratamiento. Hay que evaluar su riesgo global, optimizar los factores modificables y estudiar las alternativas disponibles.

Por eso es importante que la prescripción no se base únicamente en la edad o en una analítica hormonal, sino en una historia clínica completa.

No se trata de recomendar hormonas a todas las mujeres ni de descartarlas por sistema, sino de identificar a quién pueden beneficiar y en quién los riesgos superan las ventajas.

– ¿Qué utilidad tiene medir los niveles hormonales durante la menopausia y cuándo está justificado hacerlo?

Muchas mujeres llegan a la clínica con la idea de que necesitamos medir todas las hormonas para saber cómo está envejeciendo una mujer o si necesita tratamiento, pero no es así.

En mujeres mayores de 45 años con síntomas típicos y cambios menstruales compatibles con la transición menopáusica, el diagnóstico suele ser clínico. La FSH y el estradiol pueden fluctuar considerablemente durante esta etapa, por lo que una determinación aislada no siempre representa la situación hormonal habitual de la mujer.

Las pruebas hormonales sí pueden estar justificadas cuando hay dudas diagnósticas, sospecha de menopausia precoz o insuficiencia ovárica antes de los 40 años, alteraciones menstruales que requieren estudio o sospecha de otras enfermedades endocrinas.

También pueden ser útiles en situaciones específicas relacionadas con determinados tratamientos, siempre que el resultado vaya a ayudar a tomar una decisión clínica.

En el caso de la testosterona, no debemos utilizar sus niveles como un indicador general de vitalidad, energía o envejecimiento. Su medición y la posible indicación de tratamiento deben responder a una situación clínica concreta.

En Neolife, la valoración hormonal debe interpretarse junto con los síntomas, los antecedentes y la situación metabólica y cardiovascular. No buscamos que todas las hormonas alcancen un supuesto valor ideal.

Una analítica hormonal solo tiene sentido si responde a una pregunta clínica y puede ayudarnos a tomar una decisión que beneficie a la paciente.

– ¿Qué tres medidas considera prioritarias para proteger la salud cardiovascular de las mujeres a partir de los 40 años?

Si tuviera que elegir tres, me quedaría con estas:

1. Conocer el riesgo cardiovascular real.

No basta con mirar el colesterol total o comprobar que el peso es normal. Debemos revisar la presión arterial, los lípidos, la glucosa, los antecedentes de tabaquismo y los antecedentes familiares, además de tener en cuenta los antecedentes ginecológicos u obstétricos. Según el caso, podemos ampliar la evaluación con ApoB, Lp(a) u otras pruebas que aporten información relevante.

2. Mantener el músculo y cuidar la salud metabólica.

Combinar ejercicio aeróbico con entrenamiento de fuerza es fundamental. Durante la transición menopáusica, mantener la masa muscular y limitar la acumulación de grasa visceral ayuda a preservar la salud metabólica. A esto debemos sumar una alimentación de patrón mediterráneo, evitar hábitos tóxicos, como el consumo de alcohol o tabaco, y mejorar la higiene del sueño.

3. No esperar a tener síntomas para actuar.

La hipertensión, la dislipemia y las alteraciones de la glucosa pueden evolucionar durante años sin producir molestias. Necesitamos revisiones adaptadas al riesgo individual y tratar los factores modificables cuando esté indicado. También debemos escuchar a las mujeres cuando consultan por cambios en el sueño, sofocos u otros síntomas de la menopausia, porque merecen una valoración adecuada y opciones terapéuticas basadas en la evidencia.

El mensaje final sería que la menopausia no debe entenderse como el comienzo inevitable del deterioro, sino como una oportunidad para tomar decisiones que condicionarán nuestra salud durante las décadas siguientes. Es una idea que compartimos todo el equipo y que Esther Anzola, CEO de Neolife, resume con nuestro lema: «No es cuántos años cumples. Es cómo los vives».

No podemos controlar todos los factores de riesgo, pero sí podemos detectar muchos de ellos y actuar antes de que se conviertan en enfermedad.

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