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Cuantificar la influencia de los genes sigue siendo complejoGTRES

La genética explica el 50 % de nuestra esperanza de vida, según los expertos

Cuantificar la influencia de los genes sigue siendo complejo

Un reciente estudio basado en el análisis de datos de cohortes de gemelos ha revelado que la longevidad humana es mucho más hereditaria de lo que se había considerado hasta ahora. Según los resultados obtenidos, si se excluyen las muertes provocadas por causas externas como los accidentes o las enfermedades infecciosas, la carga genética puede explicar en torno al 50 % del tiempo que vive una persona.

Así lo explican Daniela Bakula y Morten Scheibye-Knudsen en un artículo vinculado a la investigación, en el que subrayan la importancia de estos resultados: «El estudio... tiene importantes consecuencias para la investigación sobre el envejecimiento». Añaden, además, que «una contribución genética sustancial refuerza la justificación de los esfuerzos a gran escala para identificar variantes asociadas a la longevidad, refinar las puntuaciones de riesgo poligénico y vincular las diferencias genéticas con vías biológicas específicas que regulan el envejecimiento».

Investigación sobre el envejecimiento

Comprender hasta qué punto la longevidad es heredable representa una cuestión central dentro de la investigación sobre el envejecimiento. No obstante, cuantificar la influencia de los genes sigue siendo complejo. Aunque se han identificado determinados genes relacionados con una mayor esperanza de vida, es sabido que el entorno ejerce una influencia notable, y factores como las condiciones de vida o las enfermedades infecciosas pueden enmascarar o distorsionar los efectos atribuibles a la genética.

Este panorama se complica aún más debido a la falta de consenso en estudios anteriores, los cuales han arrojado estimaciones muy dispares sobre la heredabilidad de la longevidad, lo que ha alimentado el escepticismo respecto al papel de los genes en este ámbito. Un hecho que resulta especialmente llamativo si se compara con otras especies, como los ratones de laboratorio, en los que la herencia genética de la longevidad es claramente más elevada. De igual forma, muchos rasgos fisiológicos en los seres humanos presentan una determinación genética considerablemente mayor.

En este sentido, Ben Shenhar y su equipo plantean que buena parte de las divergencias en los estudios anteriores podría explicarse por la omisión de ciertos factores de confusión. En particular, señalan la elevada carga de mortalidad «extrínseca» —es decir, muertes derivadas de causas externas— que caracterizaba a las poblaciones históricas utilizadas como base para esas investigaciones. Estas muertes externas, que incluyen accidentes o infecciones, tienden a diluir la capacidad de medir con precisión el peso de la genética en la duración de la vida.

Así pues, la conclusión que se desprende de este nuevo análisis es que la genética influye sobre todo en la mortalidad «intrínseca», aquella que está determinada por el propio proceso de envejecimiento y por el deterioro biológico interno, y no tanto en las muertes causadas por circunstancias externas. Un planteamiento que podría reconciliar los datos aparentemente contradictorios de estudios anteriores y abrir nuevas vías de investigación para entender el envejecimiento desde una perspectiva más centrada en los mecanismos biológicos heredados.

Shenhar et al. utilizaron modelos matemáticos, simulaciones de mortalidad humana y múltiples conjuntos de datos de cohortes gemelas a gran escala para desentrañar las causas intrínsecas y extrínsecas de muerte. Según los hallazgos, la mortalidad extrínseca reduce sistemáticamente las estimaciones de heredabilidad de la longevidad. Una vez contabilizadas adecuadamente las muertes por causas externas, los autores demuestran que la contribución genética a la longevidad humana aumenta drásticamente, alcanzando aproximadamente el 55 %, más del doble de las estimaciones previas, lo que sugiere que la genética es un factor central en el envejecimiento humano. Estas estimaciones revisadas alinean la longevidad humana con la heredabilidad de la mayoría de los demás rasgos fisiológicos complejos y con la heredabilidad de la longevidad observada en otras especies.

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