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La magistrada, Angela Murillo, en una imagen de archivo

La magistrada, Angela Murillo, en una imagen de archivoEFE

Muere Ángela Murillo, el azote de Otegui y la magistrada pionera de la Audiencia Nacional

La exmagistrada ha muerto a la edad de 74 años

La magistrada Ángela Murillo ha fallecido este viernes a los 74 años de edad, según ha informado la Audiencia Nacional. Nacida en Almendralejo, Badajoz, el 13 de septiembre de 1952, fue una pionera en esta institución, ya que en 1993 ingresó en la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, convirtiéndola en la primera mujer que ocupaba ese cargo.

Ángela Murillo, que estaba jubilada desde septiembre de 2024, se dedicó durante 31 años a la Audiencia Nacional y más de cuarenta a la judicatura, en los que protagonizó una intensa lucha contra el terrorismo, en concreto contra ETA, lo que le llevó a protagonizar algunos de los juicios más mediáticos de la historia de España.

Su trayectoria judicial pasa por el 'caso Nécora' contra el narcotráfico, al poco de llegar a la Audiencia, a los de las 'tarjetas black' o la salida a bolsa de Bankia (antes Caja Madrid), pasando por los celebrados contra la célula de Al Qaeda en España, el líder de EH-Bildu, el terrorista Arnaldo Otegi, o el excomisario José Villarejo.

Juicios que le otorgaron una gran visibilidad a su trabajo, pero también muchos quebraderos de cabeza, en algunas ocasiones fruto de su espontaneidad.

Su espontaneidad y naturalidad 'a juicio'

Su naturalidad era un rasgo propio de su personalidad que la propia Ángela Murillo reconocía. Un ejemplo fue su célebre frase: «A mí como si bebe vino», su respuesta a la abogada de Otegi, Ione Goirizelaia, cuando le preguntó si su cliente podía beber agua durante el juicio del 'caso Bateragune', por el intento de reconstruir la ilegalizada Batasuna.

Esa respuesta le costó a España una condena del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) por no haberle garantizado un juicio imparcial.

A raíz de estos rifirrafes con Otegi le surgieron detractores por no haber sabido contenerse, pero también muchos seguidores, y hasta le llegaron a dedicar un club de fans.

Con todo, presumió de haber mantenido una buena relación con el líder abertzale. De hecho, conservaba sobre la mesa de su despacho el libro del periodista británico John Carlin sobre Nelson Mandela, «El factor humano», que Otegi le regaló con una bonita dedicatoria y que guardaba con cariño porque, como comentó, «lo cortés no quita lo valiente».

Su entorno más cercano y laboral le recuerdan con su gracejo extremeño y su carácter campechano, con los que creaba un ambiente relajado en sala, incluso cuando tocaba reñir a algún acusado o a algún abogado, para lo que solía tirar de fina ironía.

Cuando se jubiló, aseguró que no le da pena irse y que sentía la satisfacción del deber cumplido, de haber hecho siempre lo que le dio «la gana», y se jactó de no haber recibido nunca presiones de ningún tipo: «y que se les hubiera ocurrido...», bromeaba.

Su larga carrera en la judicatura, que comenzó en 1980 en un juzgado de Lora del Río cuando tenía 25 años, coincidió en su mayoría con los momentos más sanguinarios de la banda terrorista ETA, de la que también ella fue objetivo en 1997.

Una vez desparecida ETA, se centró en mayor medida en las causas de corrupción.

Pionera en la carrera judicial, fue la primera en presidir, en 2008, una sección de lo Penal de la Audiencia Nacional, la cuarta, que abandonó en septiembre de 2024 al jubilarse tras emitir sus últimas resoluciones.

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