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Ana Martínez y Carmen Gil

Ana Martínez y Carmen Gil

Entrevista con Carmen Gil, autora del estudio

La ciencia española da un paso clave contra la ELA: «En 2027 se podrá hacer el primer estudio en pacientes»

La científica del Centro de Investigaciones Biológicas Margarita Salas-CSIC comenta que, a pesar de este hito, hay que ser muy prudentes, ya que se habla de un tratamiento para personas enfermas

La investigación contra la Esclerosis Lateral Amiotrófica acaba de dar un paso clave en España. La Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (Aemps) ha dado luz verde al inicio del ensayo clínico de Fase I del fármaco AP-2, un potencial tratamiento contra esta enfermedad.

Este fármaco, desarrollado en el Centro de Investigaciones Biológicas Margarita Salas (CIB) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), organismo dependiente del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, podría comenzar a ensayarse el próximo abril de 2026. Así lo ha explicado a este medio Carmen Gil, investigadora del CIB-CSIC, que es, junto a Ana Martínez, autora del estudio.

En España hay entre 4.000 y 4.500 pacientes afectados por ELA, una enfermedad que actualmente no tiene tratamiento y cuya esperanza de vida media va de los 2,5 a los cinco años. En ese tiempo, el paciente sufre un deterioro progresivo que va mermando sus capacidades hasta la inmovilidad total, con la única excepción de las pupilas.

–La Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios ha autorizado este ensayo. ¿Qué ha sido lo más difícil para llegar hasta este punto y qué significa este hito para su equipo?

–Hay que ser cautelosos y evitar mensajes sensacionalistas, sobre todo por respeto a los pacientes. Pero sí, es un hito muy importante. Es un rayo de esperanza y también una forma de demostrar que estamos trabajando por y para ellos.

Llegar hasta aquí no es fácil. Primero hay que desarrollar la molécula, lo que implica años de trabajo diario en el laboratorio. Después viene todo el proceso regulatorio, que es muy exigente, y la financiación, que es fundamental.

En nuestro caso, junto a Ana Martínez fundamos una spin-off del CSIC para desarrollar este fármaco. Gracias a la inversión del Grupo Quimera, hemos podido completar los estudios necesarios para presentar el dossier a la Agencia. Tras evaluarlo, han autorizado el inicio del ensayo clínico.

Además, hemos obtenido la designación de medicamento huérfano por parte de la Agencia Europea del Medicamento, lo que también es un avance importante porque puede agilizar los plazos.

–Hablas de medicamento huérfano ¿Cómo impacta esta designación en el desarrollo del fármaco y en su posible llegada al mercado?

–Es muy relevante. Si en fase II se observan resultados positivos, podría acelerarse el proceso y, en algunos casos, llegar a comercialización sin necesidad de completar una fase III completa. Esto ocurre porque se reconoce que existe una necesidad médica urgente.

AP-2 actúa sobre la proteína TDP-43, clave en la ELA. ¿Por qué decidieron centrarse en este mecanismo frente a otras posibles dianas terapéuticas?

–Realmente, en nuestro grupo de investigación tenemos experiencia en trabajar con proteínas quinasas. Cuando decidimos empezar a trabajar en ELA –en parte porque los pacientes nos pidieron que buscásemos algo– hicimos una revisión de la bibliografía para ver qué se sabía.

Hemos visto mejorías tanto en modelos animales como en modelos celulares derivados de pacientesCarmen Gil

Es una enfermedad muy compleja y de la que no se conoce tanto. Entonces vimos que había una proteína, la TDP-43, que era clave. Nosotros teníamos experiencia con una quinasa concreta, la caseína quinasa 1 (CK1), y justo en ese momento se había publicado que era capaz de modificar esta proteína.

Entonces decidimos buscar inhibidores de esta quinasa para ver si podíamos modificar el curso de la enfermedad actuando sobre TDP-43. Y así fue como empezamos.

–En modelos preclínicos han visto resultados prometedores. ¿Qué os hace ser optimistas, a la vez que prudentes, respecto a que estos efectos se trasladen a pacientes reales?

–Hemos visto mejorías tanto en modelos animales como en modelos celulares derivados de pacientes. En animales, se observa una mejora de la función motora. Y en células, la proteína TDP-43 vuelve a su localización normal en el núcleo.

Eso nos da motivos para ser optimistas. Pero hay que recordar que los modelos preclínicos no siempre se traducen directamente en humanos, especialmente en una enfermedad tan compleja como la ELA.

–Este ensayo de Fase I se realizará en el Hospital Universitario de La Princesa. ¿Qué datos clave esperan obtener de los voluntarios sanos antes de pasar a pacientes?

–En la fase I el objetivo principal es evaluar la seguridad. Es la primera vez que el compuesto se administra en humanos, así que hay que comprobar que no produce efectos adversos.

También estudiaremos la farmacocinética, es decir, cómo se comporta el fármaco en el organismo: cómo se absorbe, cómo se distribuye, cómo se metaboliza y cómo se elimina.

Además, se administrarán dosis crecientes de forma progresiva y controlada, para observar la respuesta del organismo en cada nivel.

–AP-2 busca bloquear la quinasa CK1. ¿Existe riesgo de efectos secundarios al interferir con esta enzima en otras funciones del organismo?

–En principio no lo esperamos. Es un compuesto muy potente, por lo que se requieren dosis bajas. Además, los estudios de toxicidad muestran una ventana terapéutica amplia, lo que indica un buen margen de seguridad.

–Actualmente solo existe el riluzol como tratamiento aprobado. ¿En qué se diferencia AP-2 de este enfoque y qué mejora potencial podría suponer para los pacientes?

–El mecanismo de acción es completamente distinto. Los tratamientos actuales tienen un efecto limitado, prolongando la vida unos meses.

Nosotros esperamos que, si todo va bien, este enfoque pueda modificar el curso de la enfermedad, no solo ralentizarla.

–Si todo avanza bien, ¿cuál sería el mejor escenario realista en términos de tiempos para que este tratamiento llegue a pacientes con ELA?

–Hay que ser realistas: no será a corto plazo. En el mejor de los casos, a principios de 2027 podríamos hacer una fase Ib en un grupo reducido de pacientes.

Después habría que completar más estudios, lo que puede llevar otros dos años. En total, hablamos de al menos cuatro o cinco años si todo va bien.

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