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Julio Tudela

Dolor fetal y aborto: cuando la ciencia incomoda

Si la evidencia sobre el dolor fetal continúa siendo objeto de discusión científica, lo responsable no es silenciar la pregunta, sino seguir investigando, contrastando la evidencia y haciéndola accesible a la sociedad

¿Puede sentir dolor un feto durante un aborto? ¿Existe riesgo de secuelas en la mujer tras practicarse un aborto? Las preguntas parecen sencillas, pero las respuestas nos introducen en uno de los debates más complejos de la medicina prenatal, la obstetricia y la bioética. Y precisamente por eso sorprende que cuestiones científicas de esta naturaleza puedan despacharse con afirmaciones categóricas.

La ministra de Sanidad, Mónica García, fue preguntada recientemente por una periodista de El Debate acerca de estas cuestiones. La ministra afirmó que existe evidencia científica «más que de sobra» para sostener que no existen ni sufrimiento fetal ni secuelas tras el aborto y cuestionó la propia formulación de la pregunta, que calificó como una «carga de profundidad negacionista de la realidad del derecho de las mujeres».

El contexto de esas declaraciones es una campaña del Ministerio de Sanidad destinada a combatir el estigma y la culpa en torno al aborto y a reivindicar una atención sanitaria respetuosa con la decisión de la mujer. Pero una finalidad política o social, por legítima que se considere, no debería clausurar una pregunta científica. Y menos aún convertir el hecho de plantearla en algo sospechoso.

La realidad del desarrollo fetal es bastante más compleja

El cerebro humano comienza su maduración muy pronto, desde las primeras semanas de gestación, y continúa desarrollándose de manera extraordinariamente rápida durante todo el embarazo. Los estudios recogidos en nuestro análisis publicado en la web del Observatorio de Bioética señalan que entre las semanas 19 y 22 se establecen conexiones entre receptores periféricos y estructuras cerebrales como el tálamo, implicadas en la transmisión de estímulos nociceptivos. El pediatra Carlo Bellieni ha defendido, en este sentido, que el dolor fetal debe entenderse como un fenómeno neuroadaptativo que emerge progresivamente alrededor de la mitad de la gestación.

Esto no significa que exista unanimidad científica. Y reconocerlo es precisamente lo contrario de manipular la ciencia.

Instituciones como el American College of Obstetricians and Gynecologists (ACOG) sostienen que la capacidad de experimentar dolor no aparece hasta, al menos, las semanas 24-25 y subrayan que transmitir un estímulo nociceptivo no equivale necesariamente a experimentar conscientemente dolor. Nuestros estudios recogen también estas posiciones, así como el debate sobre el papel que desempeñan las estructuras subcorticales y talámicas y sobre si la maduración completa de la corteza cerebral debe considerarse requisito indispensable para la experiencia dolorosa.

Precisamente porque existe discusión científica, creemos que resulta imprudente transformar una cuestión neurobiológica compleja en una certeza política incontestable.

Hay, además, una realidad clínica que merece atención: la medicina fetal trata al feto. Se realizan intervenciones intrauterinas, se monitoriza su estado y existen protocolos específicos de anestesia y analgesia en procedimientos materno-fetales. Es cierto que la administración de anestesia o analgesia fetal no demuestra por sí misma la existencia de una experiencia consciente de dolor –también puede utilizarse para reducir movimientos y respuestas fisiológicas al estrés–, pero demuestra hasta qué punto la cuestión exige precisión y prudencia.

En cuanto a las secuelas asociadas al aborto provocado, numerosas investigaciones han descrito significativos incrementos de riesgo de padecer problemas psíquicos –hasta un 81 % más de probabilidades de padecer problemas mentales– y de mortalidad –un 170 % mayor respecto de las que han dado a luz a un hijo vivo–.

Aquí entra en juego un principio esencial de la medicina: la precaución. Cuando existen incertidumbres razonables acerca de la capacidad de sufrir de un ser humano sometido a una intervención invasiva, o de las consecuencias para la mujer de practicarse un aborto, la respuesta médica no debería ser la indiferencia, sino la protección.

La cuestión del dolor tampoco agota el debate sobre el aborto

La dignidad del ser humano no depende de su capacidad de sentir dolor. Un ser humano anestesiado no pierde su dignidad porque no pueda experimentar sufrimiento. Tampoco la pierde quien carece temporal o permanentemente de conciencia. Del mismo modo, la discusión ética sobre el aborto no puede reducirse a determinar si el feto siente o no siente durante el procedimiento.

Por eso consideramos especialmente preocupante que el debate público termine planteándose en términos tan simples: si no hay dolor, no habría problema; si preguntamos por el dolor, estaríamos culpabilizando a las mujeres.

Precisamente por la complejidad de esta cuestión, informar con rigor resulta imprescindible. Es necesario explicar qué conocemos sobre el desarrollo embrionario y fetal, qué aspectos continúan siendo objeto de discusión y cuáles son todavía los límites de nuestro conocimiento. También debemos reconocer las distintas posiciones existentes en la literatura científica y procurar que las mujeres puedan acceder a esa información de manera completa, sin ocultar aquellos datos que puedan resultar incómodos o cuestionar ideas previamente asumidas. Solo así podrán afrontar una decisión de enorme trascendencia con todos los elementos necesarios para formarse su propio juicio.

La autonomía no se protege evitando las preguntas difíciles, sino ofreciendo información suficiente para poder afrontarlas y tomar decisiones verdaderamente informadas.

La ciencia, por su parte, no debería utilizarse ni para tranquilizar conciencias ni para condenarlas. Su misión es aproximarnos a la verdad de los hechos, también cuando esos hechos resultan incómodos. Y si la evidencia sobre el dolor fetal continúa siendo objeto de discusión científica, lo responsable no es silenciar la pregunta, sino seguir investigando, contrastando la evidencia y haciéndola accesible a la sociedad.

Julio Tudela es director del Observatorio de Bioética de la Universidad Católica de Valencia

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