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Iceberg a23A

Iceberg A23aNASA

El iceberg A23a se tiñe de azul por las aguas del deshielo

Los científicos han detectado además indicios de una posible «fuga», un punto en el que la presión del agua habría perforado el hielo

El año en que el iceberg A23a se desprendió por primera vez de la barrera de hielo Filchner, en la Antártida, Ronald Reagan ocupaba la presidencia de Estados Unidos y Top Gun triunfaba en los cines. Cuatro décadas después, este colosal iceberg tabular, uno de los más grandes y longevos jamás observados por la ciencia, se encuentra empapado de agua de deshielo azul y al borde de su desaparición definitiva mientras deriva por el Atlántico Sur, entre el extremo oriental de Sudamérica y la isla de Georgia del Sur.

Cuando se separó del continente antártico en 1986, A23a tenía una superficie cercana a los 4.000 kilómetros cuadrados. Sin embargo, tras perder grandes fragmentos durante los meses de julio, agosto y septiembre de 2025, su extensión se ha reducido drásticamente. A comienzos de enero de 2026, el Centro Nacional de Hielo de Estados Unidos estimaba que su superficie había quedado en unos 1.182 kilómetros cuadrados, tras adentrarse en aguas y condiciones estivales relativamente cálidas.

Las imágenes captadas el 26 de diciembre de 2025 por el sensor MODIS del satélite Terra de la NASA muestran extensos charcos de agua de deshielo azul cubriendo gran parte de su superficie. Aunque muy mermado, el iceberg seguía siendo entonces mayor que la ciudad de Nueva York. Un día después, un astronauta a bordo de la Estación Espacial Internacional fotografió el A23a con mayor detalle, revelando aún más claramente la magnitud de esas lagunas de agua superficial.

Según explicó Ted Scambos, investigador de la Universidad de Colorado en Boulder, estas zonas de color azul intenso son indicio de una desintegración activa. El peso del agua acumulada se infiltra en las grietas del hielo y las fuerza a abrirse, acelerando su fractura. En el borde del iceberg destaca una fina franja blanca que actúa como un pequeño dique, reteniendo el agua de deshielo. Este patrón, conocido como «terraplén-foso», se produce cuando los bordes del iceberg se elevan ligeramente al derretirse en la línea de flotación.

Las imágenes también revelan llamativas líneas azules y blancas que recorren el iceberg. Estas marcas corresponden a antiguas estrías formadas hace cientos de años, cuando el hielo aún era parte de un glaciar que avanzaba lentamente sobre el lecho rocoso antártico. A pesar de décadas de nieve acumulada y del intenso deshielo basal, estas huellas siguen influyendo en la topografía del iceberg y canalizando el flujo del agua superficial.

Los científicos han detectado además indicios de una posible «fuga», un punto en el que la presión del agua habría perforado el hielo, permitiendo que el deshielo se precipitara hacia el océano en forma de una pluma de descarga de agua dulce. Este fenómeno refuerza la idea de que el final del A-23A es inminente. Los expertos coinciden en que difícilmente sobrevivirá al verano austral, cuando las temperaturas del aire y del mar —ya en torno a los 3 ºC— aceleran su destrucción en una región conocida como el «cementerio» de los icebergs.

El recorrido del A-23A ha sido excepcionalmente largo y complejo. Tras permanecer encallado más de 30 años en el mar de Weddell, se liberó en 2020, quedó atrapado durante meses en un vórtice oceánico y, finalmente, emprendió su viaje hacia el norte, fragmentándose con rapidez a lo largo de 2025. Para los científicos que lo han seguido durante décadas, su desaparición supone un momento agridulce: el final de un iceberg singular cuya historia ha ampliado el conocimiento sobre los grandes icebergs antárticos. Mientras A-23A se desvanece, otros gigantes helados aguardan aún su turno a lo largo de la costa de la Antártida.

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