Fundado en 1910
Agujero de la capa de ozono

Agujero de la capa de ozonoNASA

Salvar la capa de ozono tuvo un coste ambiental inesperado al liberarse un químico persistente

El TFA puede tardar hasta mil años en degradarse, lo que favorece su acumulación progresiva en ríos, suelos y organismos vivos

La protección de la capa de ozono es uno de los mayores éxitos ambientales del siglo XX. La prohibición global de los clorofluorocarbonos (CFC), responsables de su destrucción, evitó un daño irreversible al escudo que protege a la Tierra de la radiación ultravioleta. Sin embargo, una nueva investigación revela el lado menos visible de esta victoria: los compuestos creados para sustituir a los CFC han contaminado el planeta con un químico prácticamente indestructible.

Un estudio liderado por investigadores de la Universidad de Lancaster estima que desde el año 2000 se han depositado en la superficie terrestre alrededor de 300.000 toneladas de ácido trifluoroacético (TFA), una sustancia que se forma cuando los sustitutos de los CFC se descomponen en la atmósfera. El trabajo, publicado en la revista Geophysical Research Letters, apunta a que estos compuestos son hoy la principal fuente atmosférica de TFA a nivel mundial.

El problema radica en la persistencia del TFA. Este químico puede tardar hasta 1.000 años en degradarse, lo que favorece su acumulación progresiva en ríos, suelos y organismos vivos. Un estudio reciente en el Reino Unido detectó TFA en el 98 % de las muestras tomadas en 32 ríos, una presencia casi omnipresente que alarma a la comunidad científica.

Aunque los efectos del TFA sobre la salud humana y animal aún no se comprenden completamente, la exposición prolongada se ha vinculado con daños en el hígado y en los sistemas reproductivos. «Nuestro estudio muestra que los sustitutos de los CFC son probablemente la fuente dominante de TFA en la atmósfera», explica Lucy Hart, investigadora doctoral y autora principal del trabajo. «Esto subraya los riesgos que deben considerarse al regular sustancias diseñadas para reemplazar productos químicos nocivos».

Los CFC se utilizaron durante décadas en aerosoles, sistemas de refrigeración, espumas aislantes, disolventes e incluso anestesia. Al alcanzar la estratosfera, la radiación ultravioleta liberaba átomos de cloro que destruían el ozono. Su prohibición bajo el Protocolo de Montreal, en los años noventa, es considerada un ejemplo histórico de cooperación internacional eficaz. Gracias a ello, se espera que el agujero de ozono sobre la Antártida se recupere completamente hacia la década de 2060.

Tras la eliminación de los CFC, estos fueron sustituidos primero por hidroclorofluorocarbonos (HCFC) y luego por hidrofluorocarbonos (HFC), que no dañan la capa de ozono. Sin embargo, ambos pertenecen a los llamados gases fluorados, potentes gases de efecto invernadero que, al degradarse, generan TFA. Además, su larga vida atmosférica permite que se transporten a regiones remotas como el Ártico, donde también se han detectado depósitos crecientes del compuesto.

Aunque países como el Reino Unido planean reducir el uso de HFC en un 79 % para 2030, los científicos advierten que sus efectos persistirán durante décadas. Incluso las alternativas más recientes, como las hidrofluoroolefinas (HFO), promocionadas por su bajo impacto climático, también pueden producir TFA. «La lección es clara», concluye el profesor Ryan Hossaini, coautor del estudio. «Cada solución química debe evaluarse con cautela, porque sus consecuencias pueden durar mucho más de lo que imaginamos».

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas