Hielo marino del Ártico
Descubren un efecto desconocido del deshielo del Ártico: multiplica por 50 las partículas que forman nubes
Las nubes desempeñan un papel fundamental en el equilibrio energético del planeta, ya que pueden reflejar parte de la radiación solar hacia el espacio o contribuir a retener calor
El Ártico ocupa una extensión terrestre aproximada de unos 16.500.000 kilómetros cuadrados. Una gran superficie helada que lleva años sufriendo modificaciones por los cambios en la climatología y que aún alberga muchos secretos que los investigadores tratan de descubrir. El último hallazgo importante en esta área ha revelado un mecanismo natural que hasta ahora había pasado desapercibido y que puede tener consecuencias mucho más allá de sus aguas heladas.
Un equipo de investigación internacional liderado por la Universidad de Birmingham (Reino Unido), que incluye socios de China y España, ha publicado sus conclusiones en Nature Geoscience. Allí se recoge la primera evidencia real de que, donde el hielo marino del Ártico se encuentra con el océano abierto, la vida marina y la luz solar se combinan para liberar una mezcla química que siembra el cielo con partículas formadoras de nubes.
Entre ellos hay sustancias de yodo procedentes del océano, el hielo y las zonas costeras, además de dimetilsulfuro generado por organismos marinos y otros compuestos orgánicos.
Cuando estos elementos reaccionan bajo la luz del sol producen nuevas partículas atmosféricas. Algunas de ellas terminan creciendo lo suficiente como para convertirse en núcleos de condensación, es decir, pequeñas partículas alrededor de las cuales puede formarse una gota de agua y, finalmente, una nube.
El efecto observado por los científicos resulta especialmente llamativo. Durante una de las mediciones realizadas en la zona marginal de hielo, la concentración de partículas capaces de sembrar nubes pasó de aproximadamente 50 a 1.500 por centímetro cúbico. En apenas un día, por tanto, su número llegó a multiplicarse por treinta. En otros episodios, el incremento alcanzó hasta cincuenta veces.
Una zona del Ártico que cobra cada vez más importancia
El proceso no parece ser excepcional. Los investigadores detectaron la formación de nuevas partículas en más del 80 % de los días soleados durante la campaña de observación. Los datos fueron recopilados durante una expedición científica realizada en 2022 a bordo del buque RRS Discovery, alrededor de Groenlandia y el estrecho de Davis.
El hallazgo adquiere una relevancia especial porque la zona donde se produce este fenómeno está creciendo a medida que el hielo marino del Ártico retrocede. El calentamiento deja al descubierto una superficie cada vez mayor de océano y amplía la llamada zona marginal del hielo, un espacio especialmente activo desde el punto de vista biológico, donde las algas marinas alcanzan una elevada productividad.
Los científicos también han identificado una nueva clase de compuestos atmosféricos, denominados moléculas orgánicas oxigenadas que contienen yodo (I-OOM). Estas sustancias parecen ayudar a que las partículas recién creadas aumenten de tamaño hasta alcanzar dimensiones capaces de influir en las nubes.
La importancia del descubrimiento va más allá de la química atmosférica. Las nubes desempeñan un papel fundamental en el equilibrio energético del planeta, ya que pueden reflejar parte de la radiación solar hacia el espacio o contribuir a retener calor. Por ello, un cambio en su cantidad o composición puede tener efectos sobre la temperatura.
El problema es que este mecanismo todavía no está incluido en los modelos climáticos actuales. Los investigadores advierten de que, a medida que el hielo retrocede, la extensión de esta zona de interacción entre océano y hielo puede aumentar y modificar la formación de partículas y nubes.
El Ártico, que se ha calentado más del triple de rápido que la media mundial durante las últimas cuatro décadas, vuelve así a demostrar que sus cambios pueden tener consecuencias difíciles de anticipar. Entender cómo el deshielo modifica la química de la atmósfera será clave para determinar hasta qué punto las propias transformaciones del Ártico pueden terminar influyendo en el clima del resto del planeta.