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Los viejos móviles sin internet han resucitado como arma perfecta para el crimen

Móviles viejos, delitos nuevos: así usa el crimen organizado teléfonos de principio de siglo como el de Zapatero

Los viejos móviles sin internet han resucitado como arma perfecta para el crimen. Expresidentes, narcos, blanqueadores y estafadores usan teléfonos de hace 20 años para esquivar el rastreo digital y las escuchas

La llamada tecnología indetectable no es magia ni ciencia ficción después de lo que hemos visto estos últimos años en la política española. Es, en realidad, la explotación inteligente de tecnologías viejas y limitadas para escapar de un ecosistema digital construido para rastrearlo todo. Vivimos en un mundo de móviles siempre conectados, geolocalizados al milímetro y vulnerables a programas espía como Pegasus. Es ahí donde los dispositivos de hace 20 años (sin internet, sin GPS y con funciones mínimas) se han convertido en el refugio perfecto para quien quiere desaparecer del radar, desde delincuentes de poca monta hasta tramas internacionales de blanqueo pasando por Zapatero en sus conexiones con Venezuela y Plus Ultra.

¿Qué es la tecnología indetectable?

Cuando policías, peritos o criminales hablan de comunicaciones indetectables no se refieren a algo imposible de rastrear, sino a sistemas que reducen al mínimo los metadatos disponibles. Quién llama, desde dónde, durante cuánto tiempo... son datos que quedan difuminados. No es lo mismo un smartphone que emite su ubicación, registra mensajes cifrados, guarda historiales en la nube y se sincroniza con decenas de servicios (como bien ha sufrido el exfiscal general García Ortiz), que un viejo Nokia que solo sabe hacer dos cosas: llamar y enviar SMS a través de una red 2G.

La clave está en la combinación de tres factores como son hardware ultrasencillo, la ausencia de aplicaciones y un uso estratégico de tarjetas SIM de prepago no asociadas a una identidad real como las de que le proporcionaba Julio Martínez a Zapatero. Un teléfono sin internet no puede ser infectado con spyware remoto como Pegasus mediante un enlace de WhatsApp, pero sí puede ser localizado por la antena a la que se conecta; por eso los entramados criminales lo usan siempre junto a otras medidas, como cambiar de terminal y de número constantemente. Otra de las jugadas de Martínez con el expresidente del Gobierno al que entregaba en rotación estas SIM para ponérselo difícil a la Policía.

Móviles antiguos: manual de uso para el crimen

Las organizaciones criminales llevan años volviendo hacia modelos de principios de los 2000 por un motivo tan sencillo como inquietante: han sobrevivido a la carrera tecnológica y, por tanto, a muchos de sus riesgos. Los narcos gallegos, por ejemplo, compran teléfonos viejos como los Nokia clásicos para eludir rastreos precisos de las fuerzas de seguridad, y en el mercado negro británico el 8210 y el 3310 se pagan muy por encima de su valor original porque no tienen GPS ni acceso a apps que delaten la posición del usuario.

Los narcos gallegos compran teléfonos viejos como los Nokia clásicos para eludir rastreos

En España y otros países europeos, la Guardia Civil y diferentes cuerpos de seguridad han advertido de la modificación de estos móviles para convertirlos en herramientas de robo de coches híbridos y de alta gama. Un pequeño módulo electrónico conectado al puerto OBD del vehículo, controlado desde el teclado de un viejo Nokia, permite abrir y arrancar el coche en segundos, sin dejar el rastro digital que sí generaría un ataque desde un dispositivo más moderno conectado a internet.

Del prepago desechable al móvil fantasma

El teléfono viejo, por sí solo, no es suficiente; lo que lo convierte en fantasma es el ecosistema de uso que se construye alrededor. En tramas de narcotráfico, estafas y blanqueo es habitual el uso de burner phones o móviles desechables, es decir, terminales baratos, con SIM de prepago activadas con identidades falsas o prestadas, que se usan durante unas semanas y se tiran literalmente a la basura. En el último escándalo en España era Zapatero el que se lo devolvía a Martínez para que lo destruyera. Así se evita que un número concreto acumule un historial de comunicaciones que pueda ser cruzado y analizado por los investigadores.

En tramas de narcotráfico, estafas y blanqueo es habitual el uso de burner phones o móviles desechables

A esto se suma la rotación constante con cuatro, seis o más teléfonos al mes, encendidos solo para llamadas concretas, en lugares elegidos y durante intervalos muy cortos. Si la policía interviene uno de esos terminales, apenas encontrará agenda, mensajes o fotos; como mucho, un registro de llamadas y la pista de las antenas usadas, demasiado poco para reconstruir una red que puede cruzar países, testaferros y empresas pantalla.

La paradoja del 2G

Paradójicamente, la red 2G sobre la que funcionan estos móviles antiguos (y que el Gobierno desactivará en los próximos meses junto al 3G) es menos segura que las redes actuales, pero eso no le importa al criminal medio. Un ataque con torres falsas (los llamados IMSI catchers o antenas espía) permite engañar al teléfono y capturar datos de conexión, pero requiere recursos técnicos y suele reservarse para objetivos de alto valor, como mandatarios, diplomáticos o periodistas investigados. Otra vez la memoria nos lleva a España y a cómo el periodista Ignacio Cembrero fue, supuestamente, espiado por Marruecos con Pegasus.

La red 2G sobre la que funcionan estos móviles antiguos es menos segura que las redes actuales

El delincuente corriente, en cambio, sabe que un smartphone moderno es un festín de información con geolocalización, historiales de mensajería, correos, fotos, redes sociales, aplicaciones bancarias. Frente a eso, el viejo ladrillo 2G se convierte en un mal menor porque la policía puede probar que había una llamada entre dos números en un momento y lugar aproximados, pero no puede reconstruir chats, documentos o la vida digital entera de su dueño.

El caso Pegasus y la fiebre por lo viejo

El escándalo Pegasus, con la infección de móviles de Pedro Sánchez, Margarita Robles y decenas de dirigentes en todo el mundo, ha alimentado la sensación de que el smartphone es una ventana abierta al espionaje masivo. Tras destaparse esos casos, se disparó la demanda de móviles bobos, teléfonos clásicos sin internet que algunos ciudadanos compran para proteger su privacidad o como segundo dispositivo, incluso para llamadas sensibles.

Sin embargo, los expertos consultados por El Debate advierten de que ningún móvil es verdaderamente indetectable, y que incluso los teléfonos más sencillos dejan huellas en el registro de las operadoras y las celdas de la red. La diferencia es que, mientras un iPhone o un Android guardan una biografía completa del usuario, un Nokia de hace 20 años solo conserva migas muy escasas, suficientes para un sumario judicial, pero demasiado pobres para desenredar toda una trama si detrás hay disciplina criminal y rotación de terminales.

Tecnología obsoleta

La gran ironía de la tecnología indetectable es que no se apoya en grandes innovaciones, sino en renunciar a ellas. Donde el ciudadano medio ve un móvil incomodo con pantallas en blanco y negro, SMS en lugar de WhatsApp, sin cámaras..., las redes criminales ven el silencio de datos, menos puertas abiertas y una huella que se diluye más rápido en el ruido de millones de comunicaciones diarias.

La gran ironía de la tecnología indetectable es que no se apoya en grandes innovaciones

Estos teléfonos viejos no convierten a nadie en invisible, pero sí ofrecen una ventaja crucial ya que obligan al Estado a investigar con herramientas clásicas como seguimientos físicos, pinchazos de voz, análisis de antenas en lugar de apoyarse solo en forenses digitales y volcados masivos de smartphones. Algo que, en el caso de Zapatero ha sido clave como probaron las imágenes exclusivas de El Debate en sus encuentros con Julio Martínez. La cara más oscura del crimen ha descubierto que el mejor truco para esconderse es, sencillamente, no jugar al mismo juego tecnológico que todos los demás. El problema es que, de un tiempo a esta parte, el Gobierno español y todo lo que lo rodea está demasiado implicado en estos juegos tecnológicos sucios.

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