La pyme tecnológica española, en el laberinto
Para los responsables de las plantas de las multinacionales en España no resulta fácil conseguir financiación para contratar servicios tecnológicas de empresas locales, ni de su propia matriz, ni de la Administración, demasiado pedir para la normativa actual
Directivos de medio centenar de multinacionales industriales implantadas en Asturias se reunieron para debatir una estrategia conjunta cuando se abrió el grifo de los fondos Next Generation. ¿Cómo podía ayudarles el sector público con ese dinero europeo? Dado que cada una de estas compañías tiene todavía cientos de procesos internos que digitalizar en sus plantas, no les costó mucho llegar a una propuesta consensuada: por qué no financiar con ese dinero la contratación de empresas locales, fundamentalmente pymes, especializadas en la prestación de servicios tecnológicos.
La idea no consiguió nunca hacerse realidad. Sigue atrapada en el laberinto de la Administración, ese palacio de Cnosos que ahoga la innovación. La anécdota es muy reveladora de la falta de sintonía que todavía existe entre una realidad del mercado, necesitada de soluciones prácticas para adaptarse a las nuevas exigencias de competitividad del mundo global, y el modelo procedimental, en cierto modo versallesco y burocrático del poder público, ajeno a la aceleración de la tecnología.
Estoy diseñando el dispositivo que mi compañía lanzará en 2027 y aún no sé cuál será la regulación europea sobre bateríasIngeniero español
«Estoy diseñando el dispositivo que mi compañía lanzará en 2027 y aún no sé cuál será la regulación europea sobre baterías», me explicaba recientemente un ingeniero español con un puesto en el 3 % de la alta dirección de una big tech en Palo Alto (EEUU). «Los chinos están entrando en el sector del aire acondicionado, hemos entrado en pánico», decía otro directivo de nuestro país recientemente. Vuelva usted mañana.
En Estados Unidos, saber que la tasa de instalación de robots de fábrica en China es 10 veces superior a la suya, y que el 13 % de las horas de trabajo ya son automatizables con robots, les tiene completamente noqueados. Se están tomando muy en serio la urgencia de reaccionar. Ha sido uno de los temas de debate en el CES de Las Vegas.
En Estados Unidos, saber que la tasa de instalación de robots de fábrica en China es 10 veces superior a la suya les tiene completamente noqueados
En España, en Europa, la preocupación va por barrios. El problema de las grandes corporaciones industriales es, fundamentalmente, que son grandes corporaciones. Estén en Asturias, en Galicia o en Cataluña. Eso supone, en primer lugar, que las decisiones estratégicas y de asignación de presupuesto tienen que recibir el visto bueno de sus oficinas centrales, o al menos ser coherentes con su planificación del gasto.
Y en Detroit, Múnich, Londres o Boston no quieren oír hablar de que sus procesos estén en manos de pymes asturianas, gallegas o catalanas por muy bien que sepan cómo se digitalizan, por muy expertas que sean en un nicho tecnológico y por amplia que sea su flexibilidad para trabajar conjuntamente con los equipos locales. Un proyecto de más de 100.000 euros, es un problema. No resulta fácil conseguir presupuesto.
Un proyecto de más de 100.000 euros, es un problema
Para los asuntos digitales, las multinacionales industriales suelen convocar a esas grandes consultoras de ámbito global, las Accenture, Boston Consulting Group, Capgemini, Deloitte, PwC, de turno, obviamente mucho más caras, pero con el nombre suficiente como para descargar de responsabilidad a los directivos que las contratan.
Ese medio centenar de corporaciones industriales han tratado de convencer a la Administración con el argumento de que, al financiar este tipo de operaciones, se estaría impulsando a un tejido de pymes capaces de operar en el mercado global. Imagina compañías locales que desarrollan tecnología aplicada a una planta y pueden, a continuación, exportarla a otras factorías de esa corporación y de otras en todo el mundo.
Pagar a una gran corporación sus costes de transformación digital parece demasiado pedir
Un tema delicado. Saltan las alarmas. La respuesta es negativa. Una solución así no encaja con la normativa. Pagar a una gran corporación sus costes de transformación digital parece demasiado pedir. El dinero en realidad se abonaría a una pyme tecnológica española que podría, de ese modo, dar el salto internacional. Pero los beneficios tangibles a corto plazo, en forma de servicio, irían a parar a una compañía que factura miles de millones de euros. ¡Búm! Pagarse la innovación y la transformación digital, si eres una multinacional, va de suyo, se podría decir.
La realidad es, sin embargo, más compleja que eso. Antes de ponerse a innovar, un porcentaje abrumador de las empresas de nuestro país, incluidas las grandes, tienen que asegurarse el dinero público que lo pague. ¿Riesgo? Ningún directivo quiere jugarse el puesto por el agujero provocado por un mal intento con la inteligencia artificial.
Un porcentaje abrumador de las empresas de nuestro país, incluidas las grandes, tienen que asegurarse el dinero público que lo pague
Basta ver quiénes son los principales asignatarios de ayudas de los Perte (después de las propias administraciones, claro). Es obvio que el dinero público financia la mayor parte de los sueldos de investigadores de los departamentos de innovación del sector privado, tanto en empresas como en centros tecnológicos, aunque estos últimos podrían tener más argumentos para defenderlo. Es palmario que una buena parte de esos proyectos de investigación que se financian con nuestros impuestos acaban en el cajón.
De modo que, puestos a financiar con dinero público proyectos de transformación digital, no parece que la opción que planteaban estas grandes corporaciones, dirigida a impulsar un tejido de pymes con servicios tecnológicos exportables a todo el mundo, sea estrictamente la peor.
Torre de PwC en Madrid
En un mundo ideal, las empresas con músculo financiero deberían hacerse cargo de los costes de innovar, no trasladar el riesgo a la Administración. Pero en ese mismo mundo, los gestores públicos deberían saber (y poder) distinguir entre concesiones para dinamizar la transformación tecnológica y pesebres para mantener las apariencias.