Sam Altman, CEO de OpenIA
«Como la luz y el agua»: Sam Altman quiere que la IA se pague por consumo y con su propia factura mensual
El consejero delegado de OpenAI, da una vuelta de tuerca al negocio de la inteligencia artificial y pronostica que la «inteligencia» se convertirá en una utilidad básica, como la electricidad o el agua, que los usuarios comprarán según su consumo
En una intervención en la cumbre de infraestructuras de BlackRock en Washington, Sam Altman dibujó un escenario en el que la inteligencia artificial deja de venderse como producto o suscripción y pasa a facturarse como un suministro básico. «Vemos un futuro donde la inteligencia es una utilidad, como la electricidad o el agua, y la gente la compra en un contador», afirmó el consejero delegado de OpenAI ante un auditorio centrado precisamente en el despliegue de grandes infraestructuras.
El modelo que Altman tiene en mente se basa en los llamados tokens, las unidades de texto que utilizan los sistemas de IA para procesar y tarificar lo que el usuario introduce y recibe como respuesta. «Fundamentalmente, nuestro negocio, y creo que el de cualquier otro proveedor de modelos, va a parecerse a vender tokens», explicó y aclaró que la clave no estará tanto en la interfaz que use el consumidor, sino en la potencia de cálculo que hay detrás.
La nueva materia prima
Detrás de esa visión hay un punto técnico que se ha convertido en la nueva obsesión de Silicon Valley: la capacidad de cómputo. Altman insistió en que serán los gigantes capaces de construir y controlar enormes infraestructuras de chips y centros de datos quienes determinen quién accede a esa «inteligencia bajo demanda». En sus palabras, si OpenAI no es capaz de desplegar suficiente cómputo para satisfacer la demanda, sólo le quedan dos opciones: «o no podemos venderlo, o el precio se dispara».
Vemos un futuro donde la inteligencia es una utilidad, como la electricidad o el aguaCEO de OpenIA
La industria ya se ha lanzado a una auténtica carrera armamentística de hardware. Las grandes tecnológicas prevén gastar cientos de miles de millones de dólares este año en nuevas granjas de servidores dedicadas a la IA, un esfuerzo que AMD cuantifica en más de 10 yottaflops de capacidad adicional en cinco años, esto es, unas 10.000 veces más que la potencia global disponible en 2022. Ese salto implica levantar centros de datos que consumen tanta electricidad como una ciudad pequeña, con el consiguiente estrés sobre redes eléctricas envejecidas, cuellos de botella en transformadores y retrasos en nuevas líneas de alta tensión.
¿Una IA para ricos?
El propio Altman reconoció que, si el cómputo sigue siendo un recurso escaso, el mercado por sí solo tenderá a concentrar el acceso en manos de quienes puedan pagar más. En ese escenario, la inteligencia artificial como utilidad podría convertirse en un lujo digital, reservado a grandes corporaciones y particulares adinerados capaces de asumir tarifas elevadas por un uso intensivo.
La alternativa, sugiere, sería que los Estados entren a regular (e incluso racionar) el reparto de esa nueva «energía cognitiva». Si los precios se desbocan o la capacidad no da abasto, «los gobiernos tendrían que decidir cómo se distribuye ese cómputo limitado», advirtió, abriendo la puerta a un futuro en el que los reguladores no sólo vigilen la seguridad de la IA, sino que decidan quién tiene derecho a usarla y para qué.
De la suscripción al contador
Hoy, el usuario medio se relaciona con la IA a través de planes de suscripción, versiones gratuitas limitadas o licencias de software integradas en servicios corporativos. El modelo que defiende Altman plantea pagar en función de cada interacción, cada documento procesado, cada conversación mantenida con un sistema de IA, igual que se abona el kilovatio hora o el metro cúbico de agua.
Altman plantea pagar en función de cada interacción, cada documento procesado, cada conversación
Este esquema podría hacer más transparente el coste real de la inteligencia artificial, pero también consolidar la posición de unos pocos proveedores globales que controlarían tanto la infraestructura física como la capa de servicios. Para ellos, la «inteligencia como servicio público» sería una fuente de ingresos recurrente y predecible; para los hogares y empresas, una nueva línea en la factura mensual, tan inevitable como la luz o el gas si la IA termina impregnando trabajo, ocio y educación.
Abundancia con límites físicos
Altman habla abiertamente de un objetivo de abundancia, espera inundar el mundo de inteligencia y hacerla «demasiado barata para medirla», rescatando un viejo lema de la industria nuclear que nunca llegó a cumplirse. Pero, de momento, el propio despliegue masivo de la IA choca con límites físicos muy tangibles, desde la generación eléctrica necesaria hasta la disponibilidad de chips avanzados, lo que puede retrasar o encarecer esa supuesta democratización.
La paradoja es que la promesa de una inteligencia artificial omnipresente y accesible para todos pasa por algunas de las inversiones en infraestructura más grandes de la historia reciente. Si la visión de Altman se cumple, el ciudadano del futuro no descargará programas en su ordenador, sino que «enchufará» su vida digital a una red global de centros de datos y pagará, céntimo a céntimo, por cada chispa de inteligencia que consuma.