Mercedes Barona
Diccionario sentimental de campoMercedes Barona

Lumbre

Es el recordatorio de que el fuego puede ser aliado o enemigo: domado en el hogar, hace habitable el invierno; desmandado fuera de su sitio, es el mismo fuego que arrasa montes enteros

Al calor de la lumbre

Al calor de la lumbreCedida por el autor

Abriga sólo con nombrarla, y candela, su hermana, tampoco se queda atrás. No es sólo fuego: es un centro. Un círculo de luz en mitad del frío, un punto al que se vuelve casi sin pensar, como si el cuerpo supiera antes que la cabeza dónde está su refugio. La lumbre es el corazón visible de la casa y del campo, la prueba de que allí hay vida, espera, lectura, conversación posible. Y, a la vez, es el recordatorio de que el fuego puede ser aliado o enemigo: domado en el hogar, hace habitable el invierno; desmandado fuera de su sitio, es el mismo fuego que arrasa montes enteros cuando el campo se abandona y la maleza se convierte en pólvora silenciosa.

Alrededor de la lumbre todo se ordena. Se arriman las manos heladas, se acercan las botas mojadas, se ponen a secar los calcetines y la ropa de la jornada. Sobre ella hierve el puchero, se tuesta el pan, se calienta el café negro que sabe a madrugada y legañas. Es cocina y es sala de estar, es reloj sin agujas: el guiso espesa despacio, los minutos se miden en vueltas de cuchara y en troncos que se consumen. Donde hay lumbre, nadie está del todo solo.

En algunas noches frías, al crepitar de la leña se decide el orden del ganado, la propiedad, el futuro de la campaña. No hay firma ni despacho, pero hay brasero, humo, golpes secos o pieles que se engrasan: otra manera de escribir la vida en el campo.

La candela es, además, lugar de encuentro. Se sientan alrededor los viejos, los niños, quien llega de paso. Se cuentan historias que no caben en ningún libro

La candela es, además, lugar de encuentro. Se sientan alrededor los viejos, los niños, quien llega de paso. Se cuentan historias que no caben en ningún libro, se repiten anécdotas una y mil veces hasta que se vuelven verdad compartida. El fuego ilumina caras cansadas, arrugas, manos agrietadas, y hace visible lo que de otro modo quedaría en penumbra: la risa después de un día duro, el silencio cómodo, el pensamiento que se queda mirando las brasas sin necesidad de palabras. La televisión más perfecta.

Hoy, la lumbre ha sido desterrada en muchos sitios por las chimeneas de diseño, por los hogares «limpios» donde el fuego se mira como un espectáculo. Pero en el campo de verdad sigue siendo otra cosa: humo que se mete en la ropa, ojos que lloran al arrimarse demasiado, leña que hay que cortar, acarrear, ordenar. No es fuego decorativo, es calor ganado a pulso, compañía obligada en inviernos que todavía lo son. Y por eso quienes han crecido con ella saben que el respeto marca la frontera entre brasa buena e incendio: una rama de más, una candela mal apagada, un descuido en época de riesgo alto pueden convertir al aliado en enemigo y al paisaje en ceniza.

Es una palabra para recordar que hubo —y aún hay— un fuego que no se enciende con un botón, sino con paciencia, astillas y papel arrugado. Un fuego que convoca, que junta cuerpos y voces, que calienta la comida y las manos, pero también las historias y los silencios.

Mientras una lumbre siga ardiendo en alguna casa de campo, habrá un refugio posible contra el frío de fuera y, sobre todo, contra el de dentro.

  • Mercedes Barona es periodista y premio Jaime de Foxá
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