La magia del vencejo

Las bandadas de vencejos que rompen nuestros cielos a velocidades imposibles, en sorprendente armonía y sincronización, emitiendo un potente y alegre sonido, estridente e intenso, que nos anima el cuerpo y enriquece el alma

Vencejo común en vuelo.

Vencejo común en vuelo.Europa Press

La llegada del verano, del buen tiempo, implica sensaciones maravillosas y mágicas algunas de las cuales, siempre impagables, nos devuelven a la infancia, a los benditos años en los que la felicidad era en nuestra vida y nuestra juventud – te vas para no volver- la cotidianeidad y el común de nuestra existencia. Una de las sensaciones más placenteras y amables, más extraordinarias y reconfortantes de este tiempo de canícula y de estío, es la de la presencia entre nosotros de los vencejos – aves eternas- las bandadas de vencejos que rompen nuestros cielos a velocidades imposibles, en sorprendente armonía y sincronización, emitiendo un potente y alegre sonido, estridente e intenso, que nos anima el cuerpo y enriquece el alma, mientras nos devuelve a pretéritos tiempos de franca e irrepetible felicidad. No hace falta más que un ápice de sensibilidad para emocionarse con su presencia, con su vuelo y con su alboroto secular que, mucho antes de que los humanos anduviésemos discutiendo sin descanso, ya formaban parte de nuestras primeras culturas, que dicho sea de paso y con el solo ánimo de la precisión, apreciaban y respetaban su presencia más de lo que ahora nosotros, pobres y virtuales infelices, apreciamos su existencia en nuestras vidas y valoramos la maravilla de sus magias. Nuestros pueblos y ciudades, saturados tal vez por las presiones de una sociedad a menudo decadente, de una civilización que a veces tiende a verse inmersa y atrapada en las tristes y lamentables redes de la mediocridad superficial y sin valor alguno, no saben, no sabemos, más a menudo de lo que sería conveniente, apreciar ni aún reconocer a los vencejos, es más, tal vez muchos no saben, en un porcentaje sin duda preocupante, ni de qué estoy escribiendo. Yo se lo cuento.

Los vencejos son los hermanos mayores de las golondrinas, las de Bécquer, las que volvían en su balcón sus nidos a colgar, ya saben, las piadosas e inocentes golondrinas que quitaron las dolorosas espinas de la corona de Cristo en la cruz.

Nos acompañan en nuestros meses de estío con portentoso espectáculo de vuelo y sonido, algarabía y optimismo

El alba y el ocaso son los tiempos donde derrochan los vencejos sus artes definitivas. Tampoco es difícil verlos, por docenas, a más de mil metros de altura aprovechando las bolsas de aire caliente en las que, además, duermen durante horas, porque los vencejos raramente se posan y, a menudo, permanecen sin hacerlo durante semanas. Los vencejos nos acompañan en nuestros meses de estío con portentoso espectáculo de vuelo y sonido, algarabía y optimismo, que a muy poca sensibilidad que tengamos, nos alegra el espíritu, rejuvenece el alma y, sobre todo, nos integra en el natural y milagroso sentido de la vida plena y sencilla, recordándonos que formamos parte inseparable de Natura, aunque nuestra locura existencial nos impida emocionarnos y apreciar los milagros que ésta nos regala, año tras año, sin que, con más frecuencia de lo razonable, sepamos valorar.

Es menester esforzarnos en disfrutar los impagables regalos de la vida natural que, como el agua entre las manos, se nos escapa sin querer ni remisión. Sepamos disfrutar de los vencejos, apreciemos su volar, sintamos su algarabía, que su sincrónico vuelo nos conmueva y su alegría nos salpique. Disfrutemos de las hermosas y gratuitas y gratificantes maravillas de la vida y de tanta magia que, a poca atención que pongamos, nos dará rotunda y alegre felicidad.

Las vibrantes flechas negras que en bandadas bulliciosas sortean a velocidades incomprensibles nuestras iglesias y edificios con precisión imposible y armonía celestial nos regalan aún, cada verano, su presencia. Pongamos atención en su tesoro y en la magia sorprendente que nos brindan sus milagros. Y tengamos el acierto y la humildad para, desde nuestra cómoda y melancólica apatía, aprender de su excelencia con la quietud que debiéramos mirar su perfección.

  • Rafael López-Alonso Santibáñez es empresario
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