El hombre que susurraba a las perdices
¿Hasta qué punto la preferencia de Delibes por una determinada forma de cazar era exclusivamente cinegética y hasta qué punto constituía también una posición cultural frente a la España que le rodeaba?
Miguel Delibes cazando
Cada vez que escucho encumbrar a Miguel Delibes al limbo de los justos venadores, me susurran al oído un ángel y un demonio.
El primero me recuerda los cientos de horas que he pasado disfrutando de su obra durante décadas. Pocos cazadores me han acompañado tanto por rastrojos, y linderos sin haber coincidido jamás conmigo. Como tantos zagales de mi generación, descubrí entre sus páginas que la caza además era literatura.
El segundo, sin embargo, lleva algunos años deslizando preguntas incómodas. No tengo claro cuándo empezó. Tampoco por culpa de quién. Lo cierto es que hace tiempo que dejé de mirar a Delibes únicamente como lector para empezar a diseccionarlo con algo de mala leche.
Sé que estas líneas me traerán más quebraderos de cabeza que simpatías. También sé que para algunos resulta casi sacrílego someter a revisión cualquier aspecto relacionado con Miguel Delibes. Pero, parafraseando a Rhett Butler, «francamente, querida, me importa un bledo».
No porque pretenda ajustar cuentas con Delibes. Más bien al contrario. Precisamente porque admiro demasiado su obra como para aceptar que quede reducida a una colección de citas, paisajes rurales y medias verdades.
La imagen actual de Delibes suele asociarse a una determinada idea de la caza: austera, ligada al conocimiento del campo y casi contrapuesta a las grandes gestas venatorias que ensalzaba el NO-DO. Sin embargo, su contexto histórico es bastante más complejo.
El franquismo mantuvo una estrecha vinculación simbólica con determinadas formas de caza mayor. El jefe del Estado cazaba, los grandes propietarios cinegéticos formaban parte de los círculos de poder y en torno a la caza se construían espacios de relación social, económica y política. Y, sin embargo, Delibes, que biográfica e intelectualmente se sitúa en posiciones muy alejadas de ese universo, desarrolla una estética cinegética que en ocasiones parece construirse precisamente por oposición a él.
Y el rojo demonio me azuza con su tridente: ¿Hasta qué punto la preferencia de Delibes por una determinada forma de cazar era exclusivamente cinegética y hasta qué punto constituía también una posición cultural frente a la España que le rodeaba?
Porque si observamos su obra en conjunto, Delibes no sólo muestra preferencias venatorias. También manifiesta preferencias humanas. Admira la sobriedad frente a la ostentación. La autenticidad frente al artificio. Lo rural frente a lo urbano. Lo pequeño frente a lo grandilocuente. Lo vivido frente a lo ocultado. Y resulta legítimo preguntarse si esas mismas categorías morales no influyeron también en su forma de contemplar la caza.
Delibes escribe en una España de posguerra y desarrolla buena parte de su pensamiento en un contexto cultural muy concreto. La España rural de los años cuarenta, cincuenta y sesenta, marcada por una fuerte idealización de la austeridad, el esfuerzo personal, el contacto directo con la naturaleza y cierta desconfianza hacia un lado de la balanza.
Aquella España que vio pasar de largo a míster Marshall era una España dura. El agricultor labraba de sol a sol, el pescador recorría el río con unas albarcas y el cazador no pateaba un metro más cuando el morral guardaba ya el sustento de los suyos. El esfuerzo no era moneda de cambio.
Los gustos cinegéticos rara vez son neutros. A menudo reflejan valores culturales, sociales e incluso políticos
Ese contexto no explica solamente a Delibes. Explica una época. Y quizá explique también por qué determinadas formas de caza adquirieron una consideración que trascendía ampliamente sus características técnicas. Porque los gustos cinegéticos rara vez son neutros. A menudo reflejan valores culturales, sociales e incluso políticos mucho más amplios que la propia actividad venatoria.
Quizá tampoco sea un fenómeno exclusivamente venatorio. Toda afición termina generando sus propios santones. Personas que no se conforman con disfrutar de algo, sino que sienten la necesidad de establecer qué forma de disfrutarlo es la correcta. Aparecen entonces los símbolos, los referentes y los nombres tutelares. Se seleccionan determinadas citas, imágenes y autores para construir una ortodoxia cultural que distinga a los iniciados del resto.
Y Delibes, por la calidad de su obra y el prestigio de su figura, se ha convertido en un referente perfecto para esa tarea. No porque él lo pretendiera, sino porque pocas cosas resultan tan útiles como un clásico cuando se quiere vestir de autoridad una opinión personal. El problema aparece cuando la preferencia se presenta como conocimiento, el gusto como criterio y la cita como argumento. Porque es entonces cuando dejamos de leer a los autores para empezar a utilizarlos.
Quizá por eso «los popes» del mundo cinegético han terminado convirtiendo a Delibes en «el hombre que susurraba a las perdices».
Un símbolo resulta siempre más manejable que una persona. El Delibes real era un hombre de su tiempo, con preferencias muy marcadas, simpatías evidentes y antipatías igualmente reconocibles. El otro se ha convertido en una referencia recurrente para avalar una determinada forma de explicar la caza. Y sospecho que entre ambos media una distancia considerable.
Quizá Delibes haya sido sacado de contexto y traspapelado en una visión que encuentra en su figura una excelsa pulcritud muy cercana a la «puridad» de la práctica cinegética. Una argucia que ha terminado convirtiendo sus preferencias personales en referencia general y que exprime su figura para proyectar una imagen aceptable de la actividad.
La caza se ha visto progresivamente acorralada en el terreno emocional, un lugar donde los sentimientos acostumbran a imponerse a la realidad, y ha buscado refugio en trincheras más fácilmente defendibles ante la sensibilidad contemporánea: conservación, gestión, biodiversidad, cultura y tradición. Todos esos argumentos son tan ciertos como insuficientes. Porque ninguno de ellos explica por qué un hombre se levanta antes del alba para recorrer el campo tras, una perdiz o un corzo. Ni explican por qué la caza ha acompañado al ser humano durante milenios.
Creo injusto utilizar como parapeto a un hombre que concibió una forma de cazar, habiendo tantas cazas como hombres, y elevar la suya a «categoría universal» por resultar más conveniente ante una sociedad que, paradójicamente, es exactamente lo opuesto a aquella que le tocó vivir.
La caza es conservación cuando debe serlo. Es gestión cuando resulta necesaria. Es cultura y tradición porque conforman parte de su historia. Pero antes que nada es una forma de vida. Una forma de entender al campo, y sobre todo, una forma de enfrentarse a uno mismo.
Quizá haya llegado el momento de devolver a Delibes al mundo de los hombres. Porque Delibes no es un oráculo venatorio incontestable. No necesitamos santos tutelares que nos absuelvan. Bastante tenemos con asumir, cada uno, la forma en que decide salir al campo.
El mejor homenaje que podemos rendir al de Pucela consiste precisamente en dejar de citarlo y empezar a leerlo.
- Laureano de Las Cuevas Álvarez es vicepresidente del Real Club de Monteros