Imagen televisada del Accidente del Transbordador espacial Challenger, desintegrándose a 73 segundos de su lanzamiento y provocando la muerte de los siete miembros de la tripulación
Ciencia
El aviso de varios ingenieros que pudo evitar la explosión del Challenger en 1986: «Si me hubieran escuchado»
El fallo de unas juntas tóricas en el cohete propulsor derecho, permitió la fuga de gases que destruyeron el tanque de combustible externo
El 28 de enero de 1986, el transbordador espacial Challenger despegaba desde la plataforma 39B del Centro Espacial Kennedy. La misión STS-51L, la 25ª del programa del transbordador espacial, tenía como objetivo disponer de un vehículo reutilizable que permitiera reducir los costes del acceso al espacio, realizar experimentos científicos y estudiar el cometa Halley –que en ese momento se encontraba en su perihelio con respecto a nuestra estrella– durante seis días y medio en órbita.
Desgraciadamente, a pesar de la imagen de fiabilidad demostrada en el resto de misiones del programa, a los 73 segundos el transbordador explotaba violentamente, provocando la muerte de siete astronautas.
El fallo de unas juntas tóricas –sellos de goma– en el cohete propulsor derecho, permitió la fuga de gases que destruyeron el tanque de combustible externo, causando la brutal explosión.
¿Pudo evitarse la tragedia?
La presión por los plazos, conocida como «fiebre de ir» (go-fever), fue un factor crítico en el desastre del transbordador, donde la urgencia por cumplir con un calendario de lanzamiento saturado provocó que se pasaran por alto señales técnicas sobre las juntas tóricas.
Esta dinámica de grupo priorizó el éxito a corto plazo sobre la seguridad, a pesar de los avisos de varios ingenieros de la misión. En los días previos al lanzamiento, los ingenieros de Morton Thiokol –que proveía de piezas de caucho a la NASA–, Roger Boisjoly, Allan McDonald y Bob Ebeling, advirtieron reiteradamente a la NASA que las juntas tóricas de los cohetes propulsores del Challenger fallarían por el frío extremo.
Hielo en la torre de lanzamiento horas antes del despegue del Challenger
A pesar de sus informes técnicos y recomendaciones de aplazar el lanzamiento, la presión de la NASA por cumplir el cronograma llevó a ignorar sus advertencias, provocando la desintegración del transbordador.
En declaraciones recogidas por la Radio Pública Nacional (NPR) de Estado Unidos, Ebeling relató como la tragedia le hizo caer en una profunda depresión por no haber sido capaz de evitar el lanzamiento.
A pesar de haber solicitado el aplazamiento de la misión -y recibir un «no» a su solicitud, Ebeling le reveló a su esposa que el cohete «iba a explotar». Y así sucedió 73 segundos tras el despegue.
«Yo era uno de los pocos que estaba muy cerca de la situación. Si me hubieran escuchado y hubieran esperado a que cambie en el clima, el resultado habría sido totalmente diferente. Había en esa reunión suficientes ejecutivos y gerentes de la NASA para que se expresaran a favor de la postergación», señaló Ebeling en el año 2016, treinta después de la tragedia.
Por su parte, Roger Boisjoly –encargado de controlar lo que ocurría en las juntas tóricas– advirtió que las temperaturas de Cabo Cañaveral suponían un factor de riesgo para la misión. De hecho, meses antes del lanzamiento publicó una carta donde destaca que un fallo en las juntas equivaldría a «una catástrofe del más alto nivel».
Desgraciadamente, Morton Thiokol cedió a las presiones de la NASA, negando de manera absoluta un posible aplazamiento de la misión.