13 de agosto de 2022

Miguel Ríos y Mercedes Milá, de espaldas, ven un programa antiguo de la presentadora

Miguel Ríos y Mercedes Milá, de espaldas, ven un programa antiguo de la presentadoraMovistar +

La semana de la tele

La tele y el cine ya no son lo que eran

El consumo televisivo tradicional cae a su mínimo histórico mientras que, según Woody Allen, la pandemia ha venido a dar la estocada al espectáculo creado por los Lumière

Cuando la selección de fútbol y la de baloncesto acumulaban triunfos nació aquel eufórico «soy español, ¿a qué quieres que te gane?». España ya no gana ni el césped ni en la cancha, pero hay algo en lo que seguíamos siendo líderes: en consumo televisivo. Puede que ya ni eso. La tele ya no es lo que era. El cine, tampoco, como nos ha venido a recordar Woody Allen. Ambos van de «caspa caída», que diría aquel presidente filósofo de la Sociedad Deportiva Compostela.
La consultora audiovisual Barlovento ha publicado esta semana su informe de la campaña televisiva 2020-2021 en España, que va de septiembre a junio, al igual que la temporada futbolística. Por cierto, no ha sido un partido de balompié lo más visto de ese período, pues el logro de la Decimocuarta fue superado por las votaciones de Eurovisión, con Chanel recolectando votos en todos los puntos cardinales. Pero no gira este artículo sobre lo más seguido de la temporada, sino sobre otro dato aportado por ese estudio: se ha registrado un mínimo histórico de consumo televisivo tradicional. La media es 203 minutos por persona al día.
No disponemos aún de un informe a nivel europeo, pero el último, que data del pasado año, nos colocaba en la primera posición del ranking europeo de teleadictos, con una media de 219 minutos, por delante de Alemania (209), Italia (208) y Francia (206). Es decir, que si germanos, italianos y franceses repiten estos números no es que hayamos perdido el liderato, es que nos caemos directamente del podio.

Lo que va de 1993 hasta hoy

Ante este bajón en el consumo televisivo, habrá quien replique «total, para lo que hay que ver», dicho esto con cierta nostalgia sobre el tiempo pasado, siempre idealizado. En ocasiones, con razón, y ahí está, bien presente tras la muerte de Balbín, el recuerdo de La Clave. El mundo ha cambiado mucho desde entonces, y con él la programación: han irrumpido numerosas plataformas y nuevas formas de entretenimiento. Pero hay cosas que nunca cambian.
Si viajamos al año 1993, el anterior de menos consumo (204 minutos), encontraremos rostros que, casi tres decenios después, mantienen su presencia. Mercedés Milá hacía entonces Queremos saber (donde aconteció el famoso «yo he venido aquí a hablar de mi libro» de Paco Umbral) y ahora lleva las riendas de Milá vs. Milá. Ana Blanco presentaba un Telediario junto a Matías Prats y ahora ambos siguen haciendo la misma función, si bien en distintas cadenas. Aún no existía Saber y ganar, pero ya habíamos visto por la tele a Jordi Hurtado. Kiko Matamoros, expulsado esta semana de la isla principal de Supervivientes, ya soltaba exabruptos televisivos, si bien entonces lo hacía a dúo con su hermano, el ínclito Coto, después desaparecido en combate. Si bajamos la lupa hasta las autonómicas, ya existía el programa de más éxito de la tele gallega, Luar. Por cierto, en la noche del viernes organizó con gran éxito la elección Miss Vaca 2022. Antaño, los certámenes de miss eran de muchachas y –por alguna razón que nunca llegamos a saber– el hoy académico Ansón (perdón, Anson) solía formar parte del jurado.
Aquella España de 1993 estaba de resaca de los fastos del 92 (Juego Olímpicos y Exposición Universal) y –esto es lo que más nos preocupa,– entró en dicho año en una crisis de caballo, que hasta tiene entrada propia en Wikipedia. Para este 2022 se aguarda un cataclismo económico similar a la vuelta del verano, con lo que todo indica que el derrumbe de la economía y del consumo televisivo volverán a ir de la mano.

Palabra de Woody

No solo la tele tradicional ya no es lo que era. Esta semana Woody Allen ha venido a meter el dedo en la llaga. Aquel espectáculo escenificado en público por los Lumière en 1895, que empezó siendo una atracción de feria y después se convirtió en un arte, vive días de vino y rosas. Sostiene el autor de La rosa púrpura del Cairo que se acabaron aquellos tiempos en que las obras cinematográficas «llegaban a cines por todo el país e iban cientos de personas en grandes grupos», películas que, de tener éxito, permanecían meses y meses en cartel. Desde hace un tiempo, las sesiones de cine ya no pueden ser consideradas espectáculos de masas, pues que levante la mano quien no ha estado en una sala solo o en compañía de otros pocos, y su duración en la cartelera no va más allá de seis semanas, denuncia Woody, porque enseguida hay que enviarlas a la siguiente ventanilla, la del streaming. Sostiene el creador de Annie Hall que la pandemia ha venido a dar la puntilla al invento de los Lumière.
El director neoyorquino –que está canceladísimo en EE.UU. por lo que todos sabemos y pese a que jamás ha sido condenado– ha anunciado que, visto el panorama, rodará una película más y probablemente se dedicará al mundo de las letras. Esto de dejar un arte y pasarse a la escritura es algo que ya hizo otro genio, Picasso, que por un tiempo largo dejó los pinceles por la pluma, con la que escribía textos-río con mucho plancton surrealista. La pintura, por cierto, tampoco es lo que era.
En realidad, a la muerte del cine le podríamos fechar a los 126 años de su nacimiento, en 2021: fue el año en que Woody Allen faltó a su tradicional cita anual con el espectador.
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