07 de octubre de 2022

Incendios y violencia generalizada en la última jornada del festival, en una imagen del documental de Netflix sobre Woodstock 99

Incendios y violencia generalizada en la última jornada del festival, en una imagen del documental de Netflix sobre Woodstock 99Netflix

'Fiasco total: Woodstock 1999'

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Michael Lang, promotor del Woodstock original de 1969, quería transmitir paz, amor y música a una nueva generación, la de sus hijos, aún conmocionada por la matanza de Columbine, en abril de 1999. Por eso ideó Woodstock 1999, un nuevo verano del amor. Eso es lo que dice al inicio del documental en tres episodios Fiasco total: Woodstock 99. La realidad es que él y sus socios partieron de esa bella idea, pero el objetivo no era otro que hacer el máximo dinero posible. Aplicaron recortes en partidas básicas y el resultado fue el festival más caótico de la historia.
Y eso que todo empezó bien. De entrada, el lugar elegido era menos bucólico que el de 1969, pero sobre el papel ofrecía más garantías de seguridad y control: una base militar abandonada de 140 hectáreas de superficie. Espacio suficiente para acoger a los 250.000 asistentes con todas las comodidades. Pero el caso es que no se las dieron.

Día 1: pasados de frenada

En la primera jornada, monjes tibetanos bendicen el festival para que la paz y la tranquilidad prenda en todos los asistentes. Pronto se ve que no lo han logrado. Una parte del público, drogada y bebida, muy pasada de rosca, empieza a dar señales preocupantes ya desde el inicio. Otro sector, más comedido, sufre con el calor, 37 grados, que solo se puede saciar con botellines de agua que se venden a 4 dólares, los mismos que fuera de la burbuja festivalera se despachan a 65 centavos. El concierto de Korn, frenético, es la primera señal de alarma: más que espectadores lo que hay al pie del escenario es un zoo humano totalmente desmadrado. Afortunadamente, la siguiente banda, Bush, logra frenar a una masa que empezaba a dar miedo. Los vigilantes, muchos de ellos chavales sin ninguna experiencia, respiran aliviados.
No acaba ahí la fiesta. Tras esa primera jornada de conciertos, 60.000 personas siguen la juerga en el hangar de la base militar. Es una rave por todo lo alto, llena de gente desnuda y drogada hasta las cejas. Un testigo la define como «la puerta del infierno».

Día 2: un gigantesco basurero

Al fin amanece. El recinto, dentro y fuera del hangar, es un basurero gigante. Se ha recortado el presupuesto de limpieza, igual que el de vigilancia. El calor y el sol abrasador son otros grandes problemas: apenas hay zonas de sombra en todo el recinto.
Los ánimos están encendidos y Limp Bizkit los caldea aún mucho más. Su vocalista, Fred Durst, anima desde el escenario a causar destrozos. Dicho y hecho: unos cuantos intentan derribar la torre de control del sonido, situado en medio del público. Al final se logra abortar el abordaje. «No tuve en cuenta que Fred es un capullo», lamenta en el documental John Scher, socio capitalista de Lang. En la rave posterior, con Fatboy Slim a los platos, irrumpe nada menos que una furgoneta, lo que obliga a detener la sesión.
El asalto a la torre de control de sonido, en el segundo día de festival

El asalto a la torre de control de sonido, en el segundo día de festivalNetflix

Día 3: el caos absoluto

El tercer día el asunto aún va a peor. El aspecto del recinto del festival recuerda ya a un campo de refugiados. El agua potable está contaminada por fecales. En las barras se aprovechan de la situación y elevan a 12 dólares el precio de los botellines que en la primera jornada valían cuatro.
Miles de personas deciden irse. Se calcula que 100.000. Pero aún quedan otras 150.000. Muy cabreadas. Porque los han dejado a su suerte, en unas condiciones lamentables. Entienden que la organización ha abusado de ellos. Muchas aguantan por la sorpresa final. Se rumorea que una gran banda o un gran solista actuará fuera de cartel para poner la guinda al festival. Suenan Prince, Bob Dylan, Michael Jackson, Grateful Dead o The Rolling Stones.
Lo que pone en el cartel es que las estrellas del último día son Red Hot Chili Peppers. El concierto es eléctrico y enciende al personal. La sorpresa llega, y no es musical: al final de este concierto, la organización sufre un ataque de hippismo y decide repartir 100.000 velas entre el público. La matanza de Colombine está cercana en el recuerdo y creen que una especie de vigilia de paz y amor a la luz de las velas enlazaría con el espíritu del Woodstock original. En realidad, es la gota que viene a colmar el vaso, una cerilla sobre un tanque de gasolina. Hablamos de gente que ha sufrido un calor insoportable, rodeada de basura durante tres días, que ha bebido y se ha aseado con agua contaminada, a la que han estafado poniendo a artículos básicos precios propios de un bar de aeropuerto… y ahora le ponen a mano la venganza. Primero hay un fuego. Se para el concierto. Los Red Hot vuelven y cantan Fire. Más fuegos. Y más. Se extienden ya por todo el recinto. Una parte del público enloquece. Arden coches. Se saquean cajeros automáticos. Se rompen las torres de sonido. Se denuncian cuatro violaciones. Es Sodoma y Gomorra. Los rincones más siniestros de El Jardín de las Delicias de El Bosco se hacen realidad. Es un Apocalypse Now musical. La revuelta la sofoca la policía estatal. Así acaba Woodstock 99. De la peor manera posible. Normal que nunca haya regresado.
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