28 de octubre de 2021

Retrato de Felipe IV, por Diego Velázquez.

Retrato de Felipe IV, por Diego Velázquez.National Gallery

Los Wildenstein lo compraron por 700.000 euros

El misterioso (y enésimo) caso del Velázquez desaparecido

La misma secuencia de volatilización de obras de arte se sucede en el tiempo con la conocida y multimillonaria familia de marchantes como protagonista

Pensar en la colección de arte de los Wildenstein, saga de marchantes de arte desde finales del XIX hasta la actualidad, puede producir tanto vértigo como asomarse al foso de una central nuclear. Incalculables obras, por valor y cantidad, de los grandes maestros de la historia dicen que permanecen almacenadas en cajas de seguridad y hasta en un refugio en algún lugar del estado de Nueva York, precisamente antinuclear. Alec Wildenstein, fallecido en 2008 y hermano de Guy, actual jefe de la familia, reconoció que había cientos de cuadros y obras de grandes maestros del arte guardadas que él nunca había visto.
La penúltima sospecha en torno a la extraordinaria colección de los Wildenstein, cuya fortuna se disparó a partir de la década de los setenta, con la apertura de galerías en Tokio, Londres o Nueva York, proviene de un retrato de Felipe IV atribuido a Velázquez que no ha sido visto desde 1999. Entonces una familia francesa se puso en contacto con el tasador y comerciante de obras de arte y antigüedades, el también francés Antoine Van de Beuque, para que valorase el cuadro, guardado en la cámara de un banco, con la intención de venderlo por 3,6 millones de francos.

Denuncia por desaparición

Van de Beuque, que también trabajaba para Daniel Wildenstein, lo reconoció como una obra del pintor español y recomendó al multimillonario marchante que lo comprara, quien, a pesar de las dudas, terminó pagando los poco más más de 700.000 euros sin saber con certeza la autenticidad. Wildenstein pidió inmediatamente la opinión del experto español Alfonso Pérez Sánchez, exdirector del Museo del Prado, quien evidenció que se trataba con toda seguridad, en su opinión, de un Velázquez.
La compra se realizó mediante un documento, revelado ahora por Le Monde, donde Wildenstein se comprometía a pagar una cuantiosa prima a Edith A., la intermediaria entre los vendedores, la familia Meudon, y Van de Beuque, cuya retribución (de un 25 %, según el comerciante, sobre el precio de venta) se pactó verbalmente. Daniel Wildenstein se reservó para sí y sus herederos un porcentaje del 50 % en caso de que la obra fuese vendida.
En 2003 Van de Beuque escribió una carta a Guy Wildenstein (el padre, Daniel, había muerto en 2001) reclamándoles que había llegado el momento de subastar el cuadro. El anticuario francés recibió una respuesta evasiva, donde se le indicaba que, además de la opinión de Alfonso Pérez Sánchez, se requería la de, al menos, otros dos expertos.
Después de más de veinte años del sorprendente hallazgo (Daniel Wildenstein negaba en principio su veracidad asegurando que todos los Velázquez existentes estaban cuidadosamente numerados y catalogados), Van de Beuque ha denunciado la desaparición del retrato de Felipe IV y acusa a los Wildenstein de tenerlo oculto. La última noticia sobre él es de 2015: una referencia escrita en un catálogo del instituto Wildenstein, donde se consideraba auténtica la obra y donde se indicaba de modo prolijo que era propiedad de una «colección estadounidense».
Van de Beuque y también otros expertos creen que la pintura puede estar guardada en alguna de las cámaras del tesoro que se les presume a los Wildenstein. La pérdida del rastro de lienzos de grandes autores es una costumbre en la que aparece sin solución el nombre de la familia desde hace décadas.

Nazis y cámaras secretas

Ya a finales de la Segunda Guerra Mundial los Wildenstein aparecieron en comunicaciones interceptadas a los nazis por los Aliados. En los años 60, el entonces ministro de Cultura francés, el escritor André Malraux, acusó a Daniel Wildenstein, mecenas de Picasso, Ernst o Dalí, de sobornar a un funcionario para que permitiera la exportación de El Adivino, de Georges La Tour. La galería parisina cerró temporalmente, pero, misteriosamente, nunca se presentaron cargos.
Se sabe que los Wildenstein no fueron obligados a cerrar su galería en París, a pesar de ser señalados como judíos y de que tuvieron que huir a Estados Unidos. Existen documentos en los que se revela que Roger Dequoy, el administrador en su nombre de la galería, negoció directamente con funcionarios franceses del gobierno colaboracionista. Dequoy aparece también relacionado en la búsqueda de la famosa colección Schloss, pretendida por Hitler y Goering.
Ocho manuscritos medievales, confiscados por los nazis al coleccionista judío Alphonse Kahn, fueron entregados a la Biblioteca Nacional de Francia tras la guerra. En 1952, Georges Wildenstein los reclamó como propios y le fueron «devueltos». Los herederos de Kahn solicitaron a los Wildenstein los manuscritos y Guy, nieto de Georges, aseguró que su abuelo los había comprado a Alphonse Kahn antes de la guerra y que habían sido robados de su galería en París.
En el juicio celebrado en 1997, Guy contradijo a su padre diciendo que los manuscritos habían sido comprados por su bisabuelo Nathan y no por su abuelo Georges. Daniel, el padre, no pudo demostrar que dichas transacciones hubieran sido realmente realizadas.
Guy Wildenstein en los juzgados de París.

Guy Wildenstein en los juzgados de París.AFP

En 2011, la Academia de Bellas Artes de Francia demandó a la familia por la desaparición de un cuadro de Berthe Morisot, que fue encontrado después en uno de los registros del Instituto Wildenstein en medio de una investigación por malversación y otros delitos. Según Guy Wildenstein, este descubrimiento se debía a un error, y argumentó que era imposible determinar el recorrido de una obra de arte desde que este empieza hasta que termina en una galería o museo.
Los herederos del tratante francés Max Heilbronn también demandaron a los Wildenstein por haberse quedado con uno de los Monet que los nazis robaron a su padre. En la actualidad, los Wildenstein están acusados de haber ocultado, durante las muertes entre 2001 y 2008 de Daniel y su hijo Alec, buena parte de su fortuna.
Como las obras de arte, caballos de carreras, propiedades inmobiliarias o 550 millones de euros, según las autoridades fiscales francesas, de los Wildenstein han ido desapareciendo con el tiempo en inextricables redes de empresas con sedes en paraísos fiscales. Guy Wildenstein afronta, junto a su sobrino y su excuñada, además de algunos asesores, la tercera repetición del casi artísticamente llamado «Juicio de los millones perdidos», tras la anulación por casación de la absolución pronunciada por prescripción de delitos en 2018.
Se da la ya no tan curiosa coincidencia de que, en el catálogo de la obra de Monet, escrito precisamente por Daniel Wildenstein, se afirmaba que el cuadro Torrent de la Creuse, de 1889, y propiedad de Heilbronn, fundador de las Galerías Lafayette, había terminado en poder, como el retrato de Felipe IV, de una recóndita «colección estadounidense».