Irene Montero, durante su comparecencia en la comisión de Igualdad
La confusa y peligrosa «cultura helenística» de Irene Montero en las relaciones sexuales y los niños
La ministra de Igualdad ha afirmado que «los niños pueden tener relaciones sexuales con quien quieran»
Resulta confuso escuchar a la ministra de Igualdad clamando en comparecencia pública por que «los niños pueden tener relaciones sexuales con quien quieran». Ha añadido que el consentimiento es el matiz fundamental, de lo cual se deduce que un menor que consiente puede tener relaciones sexuales con un adulto, incurriendo así este en un delito.
Cualquiera diría que las vehementes afirmaciones de Irene Montero provienen de la tradición aristocrática de la Antigua Grecia, donde las relaciones íntimas entre adultos y menores formaban parte de la formación de estos últimos, y donde, además, las mujeres permanecían recluidas en sus hogares.
Si Foucault, ídolo de los maoístas franceses y autor de una historia de la sexualidad inacabada, escribió que en realidad esta práctica no era una costumbre y sí «una intensa preocupación moral», Andrew Lear, historiador de «género» y sexualidad, afirmó que, lejos de un problema, en la época arcaica se consideraba un ideal. No se sabe si Montero ha leído a Foucault o a Lear. Es posible que tampoco haya leído sobre el casticismo al que se refería Sócrates o lo rechaza por la etapa arcaica donde la pederastia, llámese por su nombre a lo que la ministra defiende, era sin restricciones aceptada con todo el consentimiento.
Unas suposiciones que se confirman como realidades en iniciativas promovidas por el ministerio, como los contenidos que planteó a Educación para educar en Primaria (de 6 a 12 años) en «relaciones sexuales, erotismo, placer y genitales» en distintas áreas de la enseñanza, una proposición que fue rechazada por «desvirtuar el sentido de los saberes».
Formación en salud sexual y reproductiva
Hasta (o sobre todo) en Lengua y Literatura, Montero pretendía ofrecer libros sobre «educación sexual integral», «diversidades familiares, de modelos de convivencia y sexuales», ante lo que Educación respondió que la «educación literaria debe hacerse sobre textos literarios». La obsesión confusa de un ministerio curiosamente «helenístico» y arcaico, que en su Ley Orgánica de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo dice que «el sistema educativo contemplará la formación en salud sexual y reproductiva, como parte del desarrollo integral de la personalidad y de la formación en valores», como si lo hubiera dicho el mismísimo poeta lírico griego Teognis (sin que probablemente lo sepa Montero), que se autodefinía como pederasta y con ello pretendía transmitir su sabiduría y sus valores.