Jacques Maritain o el corazón de la renovación cultural católica francesa
Las ideas del intelectual católico contribuyeron a articular la Declaración Universal de Derechos Humanos y asentaron los cimientos de la democracia cristiana europea. Fue el primer laico en ser invitado al Concilio Vaticano II y el encargado de leer su mensaje a los intelectuales. En sus escritos se inspiró la declaración conciliar Dignitatis humanae
Jacques Maritain (1882-1973) impulsó tres hitos culturales, a comienzos del siglo XX, que formaron parte de la renovación cultural católica francesa. En primer lugar, pese a que residió en París, fomentó un lugar de encuentro de amigos e intelectuales católicos en Meudon, a las afueras de la capital. Además, fundó la Revue Universelle y dirigió la colección Le Roseau d´Or en la editorial Plon. Precisamente, el mayor éxito de dicha colección –que lanzó al catolicismo intelectual despolitizado– fue Bajo el sol de Satanás (1926), que llegó a vender 60.000 ejemplares, constituyendo el despegue literario de su autor, Georges Bernanos.
Ejemplar de 'La Revue universelle', fundada por Jacques Maritain, del año 1922
Dicha empresa editorial (con carácter abierto) fue exitosa; por el contrario, la revista Vigile –impulsada por Françoise Mauriac, deseoso de reparar el daño ocasionado al catolicismo por alguno de sus escritos– fracasó y tuvo una corta vida (1930-1932) por la dirección del religioso Alterman, que insistió en que todos sus colaboradores fueran católicos practicantes. Su confesionalismo, su control clerical y su cortedad de miras la hundieron.
En la Roseau d'Or, en cambio, el catolicismo no fue un vallado limitador, sino un punto de partida, insistiendo en el carácter universal del catolicismo, abierta a posiciones dispares y deseosa de integrar, no de separar.
Buscar en el pasado y mirar al futuro
Para Maritain, la tecnología había mostrado su más terrible cara en la Primera Guerra Mundial, al ser causante de la magnitud del desastre, y no había sido ninguna solución. Resultaba pues necesario mirar atrás, buscar en el pasado algo que el presente no ofrecía, y tender, al mismo tiempo, un puente hacia el futuro. Y llegó a la conclusión de que el catolicismo en su concepción intelectual, eterna, era capaz de dar sentido al dolor –«Que cada uno tome su dolor encima y me siga», dijo Cristo– y de ofrecer la semilla de una esperanza para el futuro.
Maritain, a través de obras teóricas como Arte y escolástica (1920), desvinculó la estética tomista del arte mimético, llegando a presentar la doctrina de Cristo como la mejor base teórica del arte modernista o ultramoderno. Así reivindicó la pintura de Georges Rouault (1871-1958), que entendía el arte no como imitación sino como una expresión íntima del artista, como una confesión. Advirtió su denuncia de la villanía del cuerpo frente a la pureza del alma, la aplastante fatiga de los pobres, la debilidad de todos, logrando revelar la verdadera naturaleza de las cosas.
Maritain asumió la noción romántica del creador aislado y perseguido (como el sabio y el santo) y afirmó que el artista no era un ser de este mundo desde el momento en que trabajaba para la belleza. Prefirió situarlo en la vía que conduce hacia Dios a las almas justas y que les manifiesta las cosas invisibles a través de las visibles. El artista católico no debía hacer una obra cristiana sino ser él mismo cristiano y tratar de hacer una obra bella. Así, esa obra sería cristiana en la medida exacta en que el amor fuese viviente.
En ese monopolio por lo sobrenatural y lo maravilloso, los intelectuales católicos suscitaron el odio de muchos surrealistas, pero Maritain influyó en destacados miembros de las vanguardias de los años 20 y 30. Así se comprueba en la obra de Gino Severini, Del cubismo al clasicismo: estética del compás y del número (1921), donde denunció la anarquía del arte moderno y defendió la necesidad de integridad, proporción, orden y unidad.
Poco importaba que la pintura fuera figurativa o abstracta, pero resultaba esencial descubrir un diseño inteligente del mundo, fruto de la creación divina. Maritain criticó su excesiva confianza en el cálculo y la combinación racional, pero ambos fueron católicos conversos, por lo que Severini se instaló en Meudon entre 1945 y 1952 con su familia.
El poeta cubista Max Jacob (1876-1944) –autor de San Matorel (1911) y La defensa de Tartufo (1919)– terminó también convertido y, a partir de 1924, formó parte de los encuentros de Maritain. Para Max, este escritor encarnaba la integración armónica y creativa entre tradición y modernidad, entre tomismo y vanguardias.
Ese mismo año también acudió a Meudon Jean Cocteau, un famoso escritor vanguardista. En 1925 comulgó y se confesó, contribuyendo a la conversión de sus amigos el escritor Maurice Sachs y Jean Bourgoint, que llegó a ser misionero trapense en África. Cocteau defendió una poesía basada en las grandes leyes de purificación y desnudez que, para Maritain, debían regir toda la espiritualidad. Aunque siempre mantuvo su fe, Cocteau abandonó pronto la práctica religiosa. Su Carta a Jacques Maritain / Respuesta a Jean Cocteau fue publicada en 1926, donde dio testimonio de su lucha interior.
Los libros 'Carta a Jacques Maritain' y 'Respuesta a Jean Cocteau', publicados en 1926
Diez años más tarde, Maritain publicó su libro Humanismo Integral, una auténtica denuncia de los totalitarismos, donde afirmó que la democracia era una forma de Estado por la cual el poder político tenía un límite en la dignidad de la persona y sus derechos. Esta forma de concebir la democracia, no sólo en tanto forma de gobierno sino en tanto forma de contestar a la pregunta «cómo se ejerce el poder», encontró luego pleno apoyo en el magisterio de Pío XII. Ambos sentaron las bases necesarias para que laicos católicos de la posguerra mundial pudieran conformar los partidos políticos demócratas-cristianos que intentaron ser un freno al comunismo en la segunda mitad del siglo XX.