El diestro Paco Ureña durante la lidia de uno de sus toros, de Victoriano del Río
Un heroico Ureña eleva la tarde frente a un toro manso, despierto y cazador
Festejo movido que también protagonizó el comportamiento inhabitual de los dos ejemplares de Cortés. Vuelta al ruedo de Castella, que malogró los trofeos con la espada. Sin juego para Marín
Una de las muchas cosas bonitas de ver los toros en el palco del Senado de Las Ventas es ver a Antonio Lorca dirigir la música con su Bic durante y después del paseíllo. Luego sigue dirigiendo, pero para sí, como casi para sí se daba la vuelta en el recibo de Castella el primero de Victoriano al que vio el quite Paco Ureña y se lo hizo como el agua del grifo al borde de un desagüe, dos verónicas y un remate precisos y un tropezón que le dejó en la cara del toro de la que salió a trompicones entre susto y aplausos.
(Co) respondió Castella pasándoselo tan cerca del cuerpo como si quisiera llegar a la barra cruzando toda la discoteca. Un gusto de lidia con el toro bonito del que había que brindar su muerte en los medios. Hizo lo de siempre el francés: el estatuario vertiginoso con el pase por detrás que calentó los tendidos que este viernes ya no estaban tristemente dormidos como el jueves. Se puso a torear Castella ligado, pero sin el eco de las auténticas profundidades.
Hasta allí llegó, o casi y sin casi con el toro parado y la estocada certera y caída. Sonó el aviso y se apresuró con el verduguillo. Le sacó la espada y terminó descabellándole a la segunda o a la tercera por el apremio de la tarde calurosa que dio paso a un toro como el de Osborne, pero no tan erguido, con el cuello más corto, negro zaíno, toro, toro al que había que cuidar y que metió los riñones bien en el peto. Cortaba el paso y hubo que correr para ponerle los palos. Derrotaba el toro en la madera y derrotó después en la muleta.
El diestro Paco Ureña es asistido por su cuadrilla durante la lidia de uno de sus toros, de Cortés, este viernes durante el cuarto festejo de la Feria de Otoño en Las Ventas
Metía bien la cabeza, pero luego brincaba en el recorrido sin que pudiera Paco someterle, deslucidos los pases en la porfía peligrosa del torero que fue a pinchar en hueso hasta tres veces. No gustó al público la hechura del tercero. Parecía que había salido Pedro Sánchez, pero allí siguió, claro, como el de verdad. Y como enfadado por el recibimiento empujó al caballo hasta las tablas con violencia descabalgando hacia atrás al picador. Lo sacó Ginés Marín fuera de las líneas, pero el tercer Victoriano se reveló en manso que buscaba una salida.
Lo intentó esta vez por dentro, pero no hubo forma. Estoconazo de Ginés, que esperó con paciencia a la muerte sin puntilla. Seiscientos veintiséis quilos traía el primero de Cortés para Castella, que se asustaba ante las telas, husmeando como si no fuera toro. A tirones de capote tuvo que llevarlo hasta el caballo, y luego terminó escapándose entre el bosque de fucsias, directo a toriles. A la segunda vara ya no quiso y salió pitando a chiqueros. Entre garbeos volvió al picador, a uno y a otro, hasta cinco, seis, siete veces, saliendo despavorido por el pinchazo.
Apretó en banderillas sin parar de moverse, dolorido y casi entero. Se la jugó el banderillero en el tercer par, quien llegó a ser levantado en vilo por el pitón asesino. Lo enhebró en la muleta después Castella en la repetición como de tiovivo que sacó el torazo al que se subió el francés y del que ya no se bajó. Había convertido al animal, pero al final, después de romper, se volvió a descomponer. Pinchó dos veces Sebastián y perdió la (o las) oreja (s), pero se llevó la fuerte ovación del público y la vuelta al ruedo que le faltó, como poco, a García Pulido el día anterior.
Sebastián Castella durante la lidia de uno de sus toros, de Cortés, este viernes en Las Ventas
El segundo de Cortés también se asustó. Todavía más que su primo. Ni un capote tomó Andaluz, así se llamaba. Y tampoco había manera de picarle. Le perseguían los toreros y, por no dejarse, ni se le clavaban las banderillas. Un espectáculo las banderillas, una casi en la cabeza, en el cuello, que parecía otro pitón. Por poco se salvaron los banderilleros. Le embistió a Ureña con un peligro terrible. Se le echaba encima. Le empapaba Paco con un valor seco. Luchando, tragando.
Cómo le voló la muleta en las genuflexiones penúltimas. Torero, torero lo bordó en la preparación, hasta estirándose con semejante elemento, y en el volapié este le golpeó en el pecho con el pitón, dejándole sin respiración, tendido y heroico en el suelo. Le dio un estoconazo al ir y al recibir de factura preciosa. Luego tardó con el verduguillo al toro no muerto, y eso le perdió la oreja, que no la vuelta al ruedo sin discusión.
El último Victoriano de momento embistió, que ya se agradecía. Y vaya si embistió que después mandó el caballo y al picador a la luna. Luego los tres se fajaron de poder a poder y fue bonito y uno sintió que la tarde, ya de noche, a pesar de que nada pudo ofrecer ya el toro (ni Marín), era bonita.