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Bocados de realidadCésar Wonenburger

¿Por qué mejor no prueban a hacerlo con Mahoma?

Los artistas podemitas se obstinan en necias provocaciones, mientras callan sobre recientes abusos, y en Barcelona molestan los souvenirs; pero, ¿qué representa todo esto ante la lección de ingenio y clase de la protagonista de Hacks?

Detalle de San Sebastián de El Greco

La figura de San Sebastián, aquel bravo capitán de arqueros del emperador Diocleciano al que le dieron matarile por abrazar el cristianismo, ha inspirado a grandes artistas, desde pintores como El Greco hasta Debussy, que le puso música (su única obra religiosa) a un bello texto de Gabriele D’Anunzio, el magnífico escritor italiano. (La programación de esta pieza, hace un par décadas en Madrid, supuso el aclamado debut en los teatros españoles de Lorin Maazel).

San Sebastián de El GrecoMuseo del Prado

Por eso no hacía ninguna falta que la llamada artista Luisa Febrer, bajo el ilustrado patrocinio de Podemos, tan atento siempre a educarnos en la belleza, añadiera ahora nada de su propia cosecha a la historia en su cartel para unas fiestas patronales.

Como en el fondo se trata de tocar las narices, provocar, la tal Febrer no solo ha perpetrado una soez caricatura del mártir, si no que le ha añadido algunos otros detalles singulares. Junto al hombre ha dibujado a una santa desnuda, a la que un diablo abraza por detrás mientras le toca sus partes íntimas. Quizá estuviese pensando en esos aficionados saudíes que el otro día agredieron sexualmente a varias de las mujeres de los jugadores del Mallorca al final del partido de la Supercopa de Piqué. Pero entonces ha debido hacerse un lío con la iconografía. Tendría que haber probado quizá con Mahoma.

Los independentistas quieren prohibir los souvenirs

Si una cosa vertebra los centros de las ciudades españolas más turísticas son las llamadas tiendas de souvenirs. El surtido de todo tipo de objetos que se ofrecen en estos locales suele ser casi idéntico en Málaga, Madrid o Mallorca: bolígrafos, pulseritas, portavelas, gorras, …

A falta seguramente de más digna ocupación, los ediles de ERC en el ayuntamiento de Barcelona se han fijado ahora en estos negocios. Y con su ilimitado afán censor, buscan algún atajo legal que les permita prohibir la venta de varios de sus artículos por servir una imagen poco edificante de la ciudad. Les resulta intolerable que se ofrezcan, por ejemplo, abridores con forma de falos de madera o camisetas que exhiben mensajes como «I Love Milfs» («Me gustan las maduritas», podría ser la traducción más amable).

Protestan porque estos productos, zafios sin duda, llevan impresa la enseña de su comunidad. ¡Y a ver qué imagen de Cataluña van a trasladar sus compradores…! Aunque nada se dice de los caganers, a los que sí deben considerar representativos de la cultura catalana y su comprobado interés por lo escatológico, como sostenía Pla. Estos se salvarían.

En lugar de fastidiar a los vendedores con inútiles prohibiciones deberían imaginar algo más práctico. Con esos artículos se puede regalar, ahora, a cada cliente un ejemplar gratuito de las Cartas sobre educación estética de la humanidad de Schiller, en una edición trilingüe (castellano/catalán/inglés) sufragada mediante contribuciones de los propios concejales.

Infórmese bien, para la fantasía no hacen falta censores

De la personalidad de Mark Zuckerberg ya dio buena cuenta David Fincher en la estupenda La red social. Un tipo con nulas habilidades sociales y gran talento para la informática, tan solo interesado en desarrollar una idea que pudo haber tenido varios padres, pero uno solo con los niveles precisos de esa gasolina imprescindible para poner en marcha cualquier gran negocio: la codicia, como bien suponía Gordon Gekko.

Su invento se fue desarrollando sobre la marcha bajo un contrato que procuraba mutuos beneficios. Los usuarios de Facebook, en principio interesados en contactar con viejos amigos, intuyeron pronto sus posibilidades a la medida del ser humano: la promoción personal con fines narcisistas o comerciales, el ligoteo, la implacable persecución del enemigo o mero discrepante, …

Mientras esto sucedía en la superficie, Zuckerberg se afanaba en lo suyo: hacer el mayor dinero posible mediante la tecnología. Ni más ni menos. No se inventen ahora grandes batallas filosóficas bajo el manido argumento de la libertad de expresión. Para informarse ya existen los medios tradicionales. De ese jugo que se obtiene contrastando lo que ofrecen varios de ellos, los que reúnen a las personas más cualificadas, surge una fotocopia algo parecida a la realidad. El resto, lo que proporciona esa fuente inagotable de la fantasía, queda para FB. Con censores, o incluso mejor, sin ellos.

El suicidio de un tenor y la precariedad de la profesión

Fosforito, una de las grandes figuras vivas del flamenco, dijo no hace mucho que en su profesión hay 200 artistas que viven muy bien, 2000 que se las arreglan y el resto hace lo que puede. Lo mismo, con sus proporciones, podría aplicarse al toreo, el cine o la ópera. No es que ahora resulte más difícil abrirse paso en el escalafón, pero seguramente hay más competencia que nunca.

Esta lucha por afirmarse causa estragos entre los jóvenes más ansiosos y frágiles. El otro día se suicidó uno, Sehoon Moon, tenor coreano de cuarenta años en el inicio de una prometedora carrera. Quién conoce los motivos reales de su decisión…, pero este tipo de artistas jamás han estado tan expuestos al público escrutinio, con sus actuaciones, por ejemplo, sometidas a todo tipo de valoraciones, cuando ya hasta los ensayos se suben a las redes.

Además cobran menos. Los 16 millones de dólares que los Tres Tenores se repartieron por su espectáculo en Los Ángeles son una quimera que nunca se repetirá. Pero es que incluso por abajo, los cachés retroceden cada día. ¿Qué joven artista lírico, con su exigente preparación, no va a plantearse seguir adelante en lo suyo cuando le ofrecen quinientos euros por una actuación, mientras cualquier reguetonero puede llevarse hasta doscientos mil en una tarde, sin ni siquiera afinar?

Amores otoñales y dosis de ingenio bien madurado

No busquen en las manidas series españolas, casi todas iguales y siempre con idénticos actores (curiosamente las directoras de casting suelen ser solo las mismas dos), personajes adultos con vidas apasionantes o simplemente grises, como casi todas, pero bien contadas.

Si alguna vez se creyeron ese cuento de que la llamada tercera edad no tiene interés para la ficción audiovisual, aquí van dos muestras recientes de todo lo contrario. En Max no dejarán de sonreír gracias a Hacks, donde una estrella ya mayor de la comedia, dotada de corrosivo ingenio y distinción, y una jovencita aspirante a guionista, representante de la generación «Z», vienen a demostrar que, en el fondo, son más cosas las que las unen que aquellas que propician el distanciamiento generacional.

Y en Filmin está la británica True Love, que bajo su apariencia de thriller (como hacía el gran Hitchcock) ofrece una hermosa historia de amor entre dos casi ancianos, rodada con una sensibilidad, una profundidad (ajena a pedanterías) y un realismo como solo saben hacerlo los británicos cuando se ponen de verdad.