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Bocados de realidadCésar Wonenburger

El imparable Trump toma la cultura

El presidente norteamericano interviene el Kennedy Center en quiebra, mientras un español provoca las burlas de la televisión de aquel país y los intolerantes medran en nuestras universidades

Donald Trump junto a Village People el pasado eneroGTRES

Trump va a por todas. Esta vez parece decidido a que sus propuestas electorales, acogidas por la mayoría de la población de EE UU, se cumplan.

Un interesante ejemplo de estos días ha pasado, aquí, totalmente desapercibido. Con esa férrea determinación que algunos juzgan imprudente, acaba de tomar el control absoluto del Kennedy Center, la principal institución cultural de Washington, y una de las fundamentales de un país que en principio (con sus matices) no cree en la intervención del Estado para sostener la actividad cultural.

Pero de los 268 millones de dólares que el Kennedy tenía presupuestados para 2024, 45 los aportó el gobierno federal. Y Trump no está dispuesto a que, precisamente esa parte, se destine a espectáculos con el sello de lo «woke», según ha dado a entender.

Como nuevo responsable de la institución ha nombrado a un hombre de su confianza, Ric Grenell. Será el director ejecutivo en sustitución de Deborah Rutter, la anterior presidenta, que estos días se enfrenta con algún serio problema doméstico: su marido, Peter Ellefson, profesor de trombón, ha sido acusado por una de sus antiguas alumnas de acoso sexual.

Nada más llegar, Grenell ha constatado que el centro está en quiebra. No dispone de liquidez. En los últimos tiempos, había tenido que echar mano de su fondo para emergencia, gravemente comprometido. Trump no desea cerrarlo. Al contrario, parece dispuesto a canalizar nuevas aportaciones que garanticen su renovado esplendor, a través de patrocinadores privados.

Ni la directora de la Ópera de Washington, Francesca Zambello, ni el director de la National Symphony Orchestra, el excelente Gianandrea Noseda (por cierto, un ex pupilo de Valery Gergiev, íntimo amigo de Putin), los dos principales pilares artísticos del Kennedy Center, han presentado su renuncia ni se han manifestado acerca del futuro. En cambio, la ya ex asesora artística Renée Fleming (próxima a los demócratas) ha dimitido en protesta por el desembarco.

Lo que ocurra con la oferta artística de Washington en los próximos años está escrito en el viento. Algunos comentarios maliciosos en el New York Times sugieren que lo primero que cambie, seguramente, será el busto del propio Kennedy en el foyer, que podría ser sustituido (aseguran con sorna indisimulada) por una estatua a tamaño real del propio Trump.

Pero lo único realmente cierto es que mientras en España, la derecha, cuando alcanza el poder, suele confirmar a todos los cargos nombrados en las instituciones artísticas por los gobiernos socialistas (más por desidia, desinterés y falta de conocimiento que por otra cosa), en EE UU, el presidente parece decidido a no dar ni un respiro a sus contrincantes. La batalla cultural ya está en marcha.

«Montoya, prepárate a… facturar»

En el programa que Whoopy Goldberg tiene en la televisión norteamericana se han reído bien a gusto a costa de nosotros. Pero el cateto coro de colaboradores de los programas nacionales, y algún iluminado escriba de la prensa, ha celebrado el hito como una gran victoria, «algo histórico» en el mundo de la tele.

Uno de los participantes de La isla de las tentaciones, certero espejo de nuestras miserias como tantos otros, ha protagonizado un breve pero, al parecer, muy difundido espectáculo, cuando el cebo audiovisual lo situó en pleno directo ante la previsible (de eso va el juego) infidelidad de su pareja.

La Goldberg y sus compinches contemplaron el simulacro y no desaprovecharon las chanzas: que si Montoya, el protagonista del lance televisivo, se trataba en realidad de Íñigo Montoya, aquel ridículo espadachín español («¡Tú mataste a mi padre, prepárate a morir!») de La princesa prometida; que si el patético histrionismo del cornudo merecía un premio Emmy, … El minuto de oro de Telecinco, sí, ha supuesto para la cadena su gloriosa consagración internacional.

La auténtica hazaña de María Dueñas, la jovencísima violinista granadina, hija de un guardia civil, que asombra a los principales auditorios del mundo con su virtuosismo, y ha sido fichada por una multinacional del disco (para la que acaba de grabar los exigentes «Caprichos» de Paganini), interesa poco.

Pero en cambio, este Montoya va camino de forrarse por obra de aquello que sostenía san Agustín, «los órganos sexuales actúan independientemente de la voluntad». Tanta gente creando formatos para programas que nunca verán la luz, cuando él éxito verdadero consiste en soltar a unos cuantos jóvenes desempleados, guapos de barrio, ebrios de hormonas y silicona, en un paraíso de cálidas noches tropicales. Y a facturar.

Los amargos frutos de la intolerancia

Las hordas de censores anónimos que pululan por Internet, cuando deciden continuar en la calle sus acosos, se ciñen el pasamontañas como el verdugo solía ponerse la capucha, para ocultar su desvergüenza. Esos valientes embozados que el otro día le impidieron a Espinosa de los Monteros dar una conferencia en la universidad nunca leyeron a Popper, si aún figurase entre los autores imprescindibles para sus profesores. En Políticas se prefieren todavía, más bien, las obras completas de Ernesto Cardenal, como La santidad de la revolución.

Sostenía el filósofo vienés que siempre debía desconfiarse «de ese peligroso sentimiento o convencimiento intuitivo de que soy yo quien tiene razón…porque cuanto más poderoso sea, mayor será el peligro de que pueda engañarme a mí mismo, y con ello, el peligro de que pueda convertirme en un fanático intolerante».

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que se admitía que si algunas de las ideas o juicios de valor expuestos como parte de la libertad eran desafortunados, debía asumirse precisamente como parte de la libertad de expresión. Ya no.

Lo más grave es que sean precisamente estudiantes universitarios, en connivencia con sus maestros por acción u omisión, quienes se unan para impedir el diálogo, en las aulas, con el discrepante que solo desea someter sus ideas al escrutinio de la razón, promover el debate en un ambiente propicio. ¿Y son estos chicos los que aspiran a gobernar su país en el futuro?

Diálogo para sordos en Liria

Los más jóvenes herederos de la estirpe de los Alba, seguramente por influencia de sus guapas, estilosas y sofisticadas consortes, quizá pretendan que corra el aire entre los vetustos salones de Liria. Allí donde estucos, pitilleras, figuritas de Sèvres o las fotos dedicadas a la familia por los emperadores de Japón y Felipe González (sonriente con su primera mujer), conviven con las valiosas creaciones de Rubens, Tiziano o Goya, hoy se celebra una exposición de pretendido arte moderno.

Las puertas del palacio vuelven a abrirse estos días al curioso pueblo (tampoco gratis, mediante una tasa de 25 euros), para poder disfrutar de una muestra de la prestigiosa escultora Joana Vasconcelos. La artista portuguesa es experta en otorgarle un nuevo sentido (otra «lectura») a los objetos más cotidianos, hasta desvelarle su inadvertida belleza al ojo común del simple mortal.

Su primer trabajo conocido ya se servía de los tampones y el ganchillo, como ahora emplea vulgares pendientes de plástico para dotar de singularidad a alguna de sus barrocas lámparas, que inundan el espacio (sobre todo cuando se suma la recua de visitantes) de manera un tanto deslavazada. Las estancias palaciegas más angostas, como la recogida capilla, se prestan a la claustrofobia. Solo en el jardín, las más aparatosas de las esculturas «respiran» mejor, con la ventaja de que una vez apreciadas ya puedes perderte entre los setos de boj.

Lo importante, aseguran, es que se produzca el deseado contraste entre lo moderno y lo antiguo… Propiciar el improbable diálogo de Goya con Vasconcelos. Afortunadamente, el genio aragonés se quedó sordo.

Lo de esta mujer tiene que ver sobre todo con la decoración. Hay poco más que mero ornamento en sus piezas, nada que nos conmueva o arrastre hasta las ignotas regiones de lo sobrenatural, el arte genuino. Cualquier conversación entre ambos creadores sería como poner a hablar de humor a Edgar Neville con Broncano.