White Washing, de Eugenio Merino, es una de las obras más populares de ARCO 2025
Mucha política de baratillo, algo de provocación inofensiva y poco arte de interés: así es ARCO 2025
El Debate recorre los pabellones de ARCO 2025, una edición que aporta poco a lo que se ha visto en ediciones anteriores
Sin sorpresas en ARCO Madrid. La Feria Internacional de Arte Contemporáneo que abrió sus puertas el miércoles –hasta el próximo 9 de marzo– ya no genera ningún tipo de emoción, ni siquiera de indignación o escándalo, como parece que tratan de lograr muchos de sus artistas con más ingenuidad que rebeldía real.
Como suele suceder edición tras edición, ARCO es más un espectáculo donde las galerías parecen querer mostrar obras cuanto más grotescas, mejor, para lograr visibilidad, que una feria de arte real.
Las obras más mediáticas, o al menos de las que más se hablan, vuelven a ser poco más que caras tomaduras de pelo.
En esta ocasión, se descuelga con la instalación White Washing, en el stand de la galería barcelonesa ADN, consistente en un lavaplatos en cuyo interior hay vajilla con las caras de Meloni, Trump, Musk, Orbán, Abascal, Milei, Bolsonaro o Le Pén.
Una obra que parece llamar a «limpiar» de la sociedad un espectro ideológico concreto, que en unos casos ha alcanzado legítimamente el poder, que el autor identifica con la «extrema derecha».
Otra de las obras estrella de esta propuesta de la Feria Internacional de Arte Contemporáneo es el «tapiz» 7.291, que pasa de la crítica al ataque político en toda regla. Obra de Ramón Mateos, en la galería Freijo, consiste en unas cadenas colgantes sobre la que se ha serigrafiado el número 7.291, cifra estimada de fallecidos en las residencias de la Comunidad de Madrid durante la pandemia de coronavirus y de la que la izquierda trata de hacer responsable a la presidenta Isabel Díaz Ayuso.
La obra 7.291, concebida como un ataque a Ayuso
Pero estas instalaciones de contenido político no son lo único que hace que, para muchos, ARCO sea poco más que una tomadura de pelo, o un espectáculo que incita a la curiosidad y poco más.
Un recorrido rápido por las galerías expuestas en ARCO lleva a la obra Quo Vadis?, de la artista Liliana Moro, en la galería Sylvia Kouvali.
Consiste en nueve mochilas escolares puestas en círculo junto con otros elementos, un paraguas y un molinillo de colores. Las mochilas pertenecen a personajes de Disney y Marvel, como Elsa, de Frozen, o Spiderman. La nota política queda subrayada con la música: el Bella ciao, himno de los partisanos italianos durante la Segunda Guerra Mundial y la lucha contra el fascismo de Mussolini.
Otra propuesta más intrigante es una manguera pintada de amarillo enrollada en el suelo, obra del artista Mario García Torres, en la galería Neugerriemschneider.
Una de las obras de ARCO 2025
O una mesa en vertical pegada a la pared llena de platos sucios de restos de lentejas, botellas de vino y servilletas de papel arrugadas. La instalación se titula Sevilla, Seria Nr 13 y es obra de Daniel Spoerri en la galería Levy.
Hay otras propuestas que subrayan el carácter grotesco, poco serio y sin sentido: una lámpara de cristal con forma de pechos, un conjunto de sillas atornilladas del revés, uno folios en blanco enmarcados con un par de palabras escritas sobre el silencio, una grieta en la pared sobre la que se proyecta el vídeo de una piedra…
Obviamente, ARCO no sólo es este espectáculo de poco gusto. También hay cosas interesantes. ARCO 2025 incluye obra de Miró, Dalí, Picasso, Juan Gris, Matisse, Pablo Gargallo, Tàpies, Manuel Rivera o Chillida, que se puede visitar en la galería Leandro Navarro.
Pero son joyas ahogadas en ese pajar de propuestas poco serias, donde esos Picasso, Miró o Tàpies acaban ocultos entre tanta mediocridad prescindible y falta de criterio.
Obviamente, la obra más cara de esta edición de ARCO no son ni las cadenas contra Ayuso ni el lavavajillas con los platos de Trump o Milei, sino un cuadro de Joan Miró: Tete aut trois cheveux devant la lune, con un precio de 1.600.000 euros; y le sigue una obra de Juan Gris, Pipe et paquet de tabac, de 1.2500.000 euros. Obviamente, hay un abismo entre el arte real al servicio de la verdad y el espectáculo que sólo busca el entretenimiento y el eco mediático.