El escritor Mario Vargas Llosa y el pintor Paul Gauguin
La novela en la que Vargas Llosa plasmó su admiración por Gauguin
Como Gauguin, Vargas Llosa dedicó su vida a la búsqueda de un paraíso que se encontraba en su literatura, igual que la del pintor francés se hallaba en su pintura
La reciente muerte de Mario Vargas Llosa ha dejado un gran vacío cultural en el mundo de las letras y, en particular, de las letras hispánicas.
El Premio Nobel peruano dejó auténticos monumentos literarios como La ciudad y los perros, La casa verde, Conversación en La Catedral o La fiesta del Chivo.
Novelas cuya complejidad –donde se juega con los múltiples narradores, las perspectivas, los saltos temporales y el monólogo interior–, empleo del lenguaje y técnica narrativa sitúan al escritor entre los más grandes en lengua castellana y de la literatura universal.
Vargas Llosa no tiene novelas malas. Tiene, es cierto, novelas menores. Pero es que incluso esas novelas menores son verdaderas obras maestras.
Es el caso de El Paraíso en la otra esquina (publicada en 2003), donde noveliza la vida del pintor francés Paul Gauguin entrelazándola con la historia paralela de su abuela, la pionera del feminismo Flora Tristán.
Cubierta de 'El Paraíso en la otra esquina'
El Paraíso en la otra esquina, a diferencia de otras novelas del peruano, carece de la complejidad de, por ejemplo, La casa verde. Es una novela sencilla de leer, agradecida, a ratos divertida y, sobre todo, muy interesante.
Gauguin, personaje desmitificado por Vargas Llosa y convertido en antihéroe, alcanza la categoría de mito homérico en un viaje que no busca ningún tipo de redención o descubrimiento de uno mismo, sino únicamente alimentar el ego de un pintor que aspiraba a la perfección.
Con esa excusa, Vargas Llosa reflexiona sobre la naturaleza humana, su tendencia a la autodestrucción y a la perdición. Es una novela pesimista, sórdida –elementos característicos de toda la literatura de Vargas Llosa–, centrada en la obsesión de Gauguin por encontrar, conquistar y poseer el paraíso y sus riquezas humanas y naturales.
Esa búsqueda es lo que le lleva primero a la Provenza francesa y luego a la Bretaña. Tras descartar que en esos territorios franceses se encontrara el paraíso, abandona a su familia y se lanza a descubrirlo en ultramar: Martinica, Tahití, Islas Marquesas.
El Paraíso en la otra esquina es la crónica de un fracaso, porque Gauguin termina muriendo sin encontrar ese paraíso, consumido por la sífilis, abandonado por amigos y enemigos que huían espantados por el apestoso olor que desprendían las llagas infectadas de sus piernas.
O, mejor dicho, murió sin descubrir que el paraíso se encontraba en su pintura, al igual que el paraíso de Vargas Llosa se hallaba en su literatura.
Aunque, en el caso del escritor peruano, él si era consciente de haber dado con ese paraíso, de haberlo conquistado y poseído.