El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez en la presentación del informe de la Fundación COTEC
Sánchez quiere una cultura dócil y alineada con Moncloa y lo reconoce públicamente
El presidente del Gobierno anunció un órgano consultivo sobre el sector cultural formado por actores y otros representantes de la cultura
Como con aquella Alianza de Intelectuales Antifascistas impulsada por las izquierdas durante la Guerra Civil, y dedicada principalmente a atar en corto a escritores, intelectuales y pintores y que no se desviaran ideológicamente de la senda marcada por el Frente Popular, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez quiere un órgano consultivo formado por actores y otros representantes de la cultura de la cuerda sanchista.
La propuesta la realizó Sánchez durante la presentación del Plan Nacional de Acción Cultural en el Exterior 2025-2028, elaborado por la Fundación Cotec, presidida por la exministra socialista Cristina Garamendia, ministra de Ciencia e Innovación con Zapatero.
Con ese antecedente, era evidente que el acto de presentación del informe, en el Museo del Traje de Madrid, iba a ser una vergonzosa sesión de masaje y palmoteo a cargo de un auditorio lleno de entusiastas partidarios del inquilino de la Moncloa.
El presidente jugaba en casa con un público cuidadosamente seleccionado, con varios ministros (entro otros Ernest Urtasun) en primera fila.
Solo con esa imagen, resulta fácil deducir qué tipo de cultura quiere el presidente, algo que se confirma al escuchar su discurso, una cultura dócil y alineada con Moncloa.
Lo cierto es que hubo varios momentos en que al presidente le traicionaron sus obsesiones pasadas y presentes por alinear a la sociedad entera con sus criterios ideológicos y sus intereses políticos, excluyendo de la democracia, excluyendo de entre los «buenos» a todo aquel que disintiera de sus opiniones o se identifique con la derecha.
Así que cuando el presidente afirmó que «la cultura es, en definitiva, la forma más auténtica y libre que tenemos de expresar nuestras ideas y nuestros valores» hay que interpretar ese «nuestros» como los suyos, los del gobierno que él preside, los de su partido el PSOE y, apurando no tanto, los de su propia familia.
Acto seguido, parece confirmarse cuando asegura «que se equivocan quienes exigen un sector cultural anodino, mudo, equidistante», y es que Sánchez no quiere a escritores, intelectuales, artistas o cineastas que disientan, los quiere combativos a favor de la agenda del gobierno socialista.
Al presidente le parece bien que se emplee la cultura para hacer política (política de izquierdas) y así lo reconoce sin tapujos cuando dice que «pienso que tienen razón aquellos que usan la cultura para defender valores que se pueden estar poniendo en cuestión, como es la democracia, reivindicar unos servicios públicos de calidad, denunciar la reacción que provocan conductas machistas, exigir un compromiso con el medio ambiente, un compromiso mucho más firme en la adaptación y la mitigación de algo que es una evidencia científica, como es la emergencia climática o pedir también que cese la guerra, ya sea en Ucrania o también en Gaza, en Palestina».
En solo ese párrafo están todos los entresijos de lo que piensa Sánchez de la cultura: una cultura que, obligatoriamente, tiene que ser hegemonía de la izquierda. Una izquierda que se atribuye en exclusiva la defensa y promoción de la democracia (por lo que todo aquel que no se identifique con la izquierda pasa a ser inmediatamente un antidemócrata).
Lo mismo con los «servicios públicos de calidad», cuya defensa se atribuye en exclusiva la izquierda, a pesar del colapso generalizado como se ha evidenciado con el reciente apagón o el caos ferroviario en España.
Pone la guinda Sánchez con la guerra en Ucrania y en Gaza, poniendo a Palestina al mismo nivel que Ucrania, como si Gaza no estuviera ocupada por un grupo terrorista como es Hamas y no por un gobierno democrático como Ucrania.
Precisamente, Sánchez utilizó la presentación del informe para volver a atacar a Israel, una de sus tradicionales obsesiones acrecentada tras el festival de Eurovisión y el ridículo de RTVE.
Sánchez pidió la expulsión de Israel de Eurovisión, al igual que se expulsó a Rusia, comparando al régimen de Putin con la democracia israelí. «No podemos permitir son dobles estándares, tampoco en la cultura», afirmó Sánchez.
Premio a la cultura afín
El presidente, en su discurso, dio más pistas de la revolución que quiere protagonizar en el mundo de la cultura española.
Sánchez, consciente del poder propagandístico y movilizador de la cultura quiere premiar a los creadores afines a Ferraz y a Moncloa dando categoría al sector de «estratégico para España».
Por supuesto, citó la ceremonia de los Goya, uno de los eventos donde más se masajea al líder del PSOE y presidente del gobierno.
Nuevamente, quiso deslegitimar las críticas al sector del cine, sus subvenciones que rara vez tienen retorno en taquilla y su alienación ideológica total con Ferraz. Según el presidente esas críticas son «fruto precisamente de la desinformación, del desconocimiento o a veces, evidentemente, de algún interés».
Los premios de Sánchez a la cultura leal continúan en forma de opacas iniciativas. Anunció un Plan de Acción Cultural Exterior. Cuando explicó en qué consistirá, palabras huecas vacías de contenido: Será un plan que atenderá «al nuevo contexto geopolítico». ¿A qué contexto se refiere? No lo concreta. Lo dotará de mayor capacidad de coordinación entre organismos. ¿Qué organismos? ¿En qué consistirá esa capacidad de coordinación? No se sabe. Habla también de «objetivos compartidos». Por su puesto, no se aclara qué objetivos son esos.
Se activará también un Consejo de Acción Cultural Exterior, formado por los titulares de varios ministerios, del Instituto Cervantes, el ICEX, la AECID, RTVE y que asesorará en la proyección cultural de España en el exterior.
Un Plan Nacional de Acción Cultural en el Exterior 2025-2028 y el mencionado órgano consultivo formado por actores.