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Ética, política y conflicto. De la paz perpetua a la era de la incertidumbre

Ética, política y conflicto. De la paz perpetua a la era de la incertidumbreRedes

De la paz perpetua a la era de la incertidumbre, una entrevista con Aquilino Cayuela

Aquilino Cayuela es el coordinador del libro Ética, política y conflicto. De la paz perpetua a la era de la incertidumbre. Charlamos con él sobre esta obra que quiere analizar con rigor la situación internacional en que vivimos

Aquilino, ¿crees que ese anhelo de paz perpetua del que habláis es algo que siempre ha estado presente o que está más a flor de piel en la modernidad, precisamente cuando sospechamos que es más inalcanzable?

Yo creo que es algo innato: en el ámbito bíblico vemos cómo es muy frecuente que Dios bendiga a su pueblo con la paz, ese pueblo de Israel que se encuentra, y se sigue encontrando, en territorio hostil, rodeado de enemigos. La paz es un anhelo continuo ante la inquietud que provoca tener enemigos cerca. Pero es verdad que la modernidad es un tiempo especialmente convulso.

Occidente surge de tres grandes guerras: la guerra de Troya, las guerras médicas contra los persas y la guerra del Peloponeso. De esos conflictos van a surgir las raíces de Occidente, capaz de frenar el dominio persa. Pero luego, en poco tiempo, Grecia entra en declive, que es lo que cuenta Tucídides.

El tiempo moderno también se gesta en grandes guerras, como la de los 30 años, con la ruptura de la Cristiandad. Y cuando el tiempo moderno cree haber alcanzado lo que expresa Kant, la paz perpetua, pues él tenía la expectativa de que la Revolución Francesa iba a traer un periodo de paz, se abren las puertas a todo lo contrario.

Anhelo de paz que vemos cómo se aleja cada vez más. ¿No significa la modernidad también la aparición de la guerra total?

Sí, yo creo que el punto de ruptura fue la Primera Guerra Mundial. Antes había habido guerras terribles, pero con la Gran Guerra hay un salto cualitativo. Aparecen las armas de destrucción masiva y el trato a la población civil es terrorífico, como se ve, por ejemplo, en la manera en que las tropas alemanas cruzan Bélgica, destruyendo ciudades de una manera demoledora.

Justo cuando todos pensaban que habían llegado al estadio máximo de la civilización aparece ese espanto. Descubrimos que no es sólo que no somos tan civilizados como pensábamos, sino que somos peores que nunca, porque todos los grandes logros científicos se utilizan para la destrucción del hombre.

Hay ciertos paralelismos con nuestros días, cuando todo el mundo dice que no podemos entrar en la Tercera Guerra Mundial porque la capacidad destructiva que tenemos es inconmensurable… Pero mi inquietud es que en la Segunda Guerra Mundial la capacidad destructiva ya era brutal, pero se produjo.

También se dio un enorme optimismo tras el fin de la Guerra Fría y un desengaño posterior. ¿Cómo hemos podido pasar de ese mundo con una apariencia de orden de los años 90 a la incertidumbre actual?

Porque aquello de los años 90 era un espejismo. Yo en 1995 estaba haciendo mis estudios predoctorales y aparecen entonces elementos ilusionantes. Cae el muro de Berlín en el 89 y tiene lugar la unificación alemana en el 91. Fukuyama arrasa con su idea de que ya se han acabado las luchas ideológicas porque la democracia liberal se ha convertido en el sistema irreversible, el estadio último. Parecía que el liberalismo de Rawls no tenía rival. Cada vez me parece más claro que la hipótesis de Fukuyama de que habíamos llegado al fin de la historia en el sentido hegeliano está soportada por la idea de la paz perpetua de Kant. Precisamente en 1995 se cumplió el 200 aniversario de ese libro. En aquel momento la idea que se va extendiendo, y a la que Habermas contribuye mucho, es que aquello que Kant soñaba y que no se pudo cumplir en su momento, lo habíamos alcanzado 200 años después.

También en ese momento vuelve a ponerse de moda la idea de alcanzar la paz a través del comercio.

La globalización hubiera sido imposible sin el soporte de esas dos ideas, pero fundamentalmente la de paz perpetua. ¿Por qué íbamos a poder tener un comercio abierto con Rusia y con China o se iba a poder llevar toda la producción mundial al sudeste asiático? Porque habíamos entrado en el mundo de la paz perpetua, porque ni China ni Rusia eran ya enemigos.

A mí me interesa entender el momento en que la globalización impone el liberalismo democrático como su religión imperial. Es como cuando en el Imperio Romano hay una pax romana; ahora habrá una pax americana, pero era necesario, tanto para Roma como para Estados Unidos, imponer una nueva religión imperial, que serán las teorías liberales que surgen en ese momento. Y esa religión imperial se basa en que ya hay una paz perdurable. La democracia liberal puede ser mejorable, pero se asume que es irrevocable.

El otro elemento de esta nueva religión imperial es la filosofía posmoderna y su idea de que ya no hay grandes relatos. Y eso ha sido un espejismo, pero no natural, sino intencionado, porque los posmodernos lo que querían era vaciar el relato para llenarlo con esa religión imperial.

¿Crees que es posible un mundo sin ideologías, un mundo posideológico?

El concepto de ideología que manejábamos en los años 90 era muy peyorativo. Rechazábamos las ideologías… pero abrazamos otro relato, relativista y ecléctico, que era también ideológico.

¿Estamos asistiendo a un reequilibrio o a un cambio de época?

Yo creo que estamos siendo testigos del final de una larga agonía. Es el momento final y postrero de la modernidad, el momento agónico de la modernidad tardía, que está precipitando un cambio de época. Y claro, eso es enormemente inquietante, especialmente por la cantidad de conflictos abiertos hoy en el mundo.

Sostienes que hay una relación entre la crisis del orden internacional y la crisis civilizatoria del propio Occidente. ¿Hay que buscar aquí el origen del desplome del orden internacional?

Ese Occidente vaciado de relato, que renuncia a sus raíces, es clave. A mí me llamó mucho la atención el fracaso del proyecto de una Constitución europea, que querían que naciera de una renuncia a los valores cristianos, a los valores grecorromanos, a lo que somos. Aquello no llegó a nada porque era una especie de auto suicidio.

En tu texto te atreves a señalar que también ha tenido aquí un papel la crisis dentro de la Iglesia católica.

Vivimos en una época de profundas inseguridades, pero la peor de todas es la inseguridad doctrinal dentro de la propia Iglesia. Eso me genera más inquietud que los conflictos en el orden temporal.

En este contexto de incertidumbre, parece normal que emerja un cierto miedo.

Claro, pero el miedo no es buen consejero y podríamos tomar decisiones erróneas motivadas precisamente por el miedo. Precisamente mi intención en este libro es ser capaces de pensar con sobriedad sobre el momento que estamos viviendo. El miedo es lo que está llevando a algunos colegas míos a criticar amistosamente algunos de mis postulados, como que la paz perpetua es un espejismo o que la globalización ya no es viable. Sucede como con esas personas a las que les han cortado la pierna pero la siguen notando. No se trata aquí de lo que yo desee, sino de pararnos a pensar e incluso de mirar hacia atrás.

¿Por eso propones analizar lo ocurrido en la Primera Guerra Mundial o en el periodo de entreguerras?

Sí, porque fueron también periodos inquietantes que desembocaron en una crisis imponente. Sin la Primera Guerra Mundial la historia del siglo XX hubiera sido otra.

Aquel fue un momento en el que emerge un sentido de fatalidad que impide reaccionar a quienes ven que van a la catástrofe.

Exacto. En la Primera Guerra Mundial hay un fatum que se ve en cómo se desencadenan diversas crisis peligrosas que confluyen en su estallido. Un acontecimiento pequeño, el inesperado asesinato del heredero del trono de Austria por parte de unos muchachos, desencadena una hecatombe que va a cambiar definitivamente el curso de la historia europea. Esto hay que tenerlo en cuenta a la hora de analizar un conflicto, como ahora mismo el de Rusia y Ucrania, pues la situación puede tomar caminos inesperados.

¿Nos falta, especialmente entre quienes gobiernan en Occidente, estudiar más, pensar más y hacerlo con rigor?

A mí me parece muy inquietante que Xi Jinping sí lo ha pensado, y Putin también. Han pensado cuál es su proyecto, cómo quieren pasar a la historia, tienen su narrativa y su relato. Precisamente cuando Occidente se presenta como un vaciamiento de relato, ellos sí lo tienen. Ahí tenemos una desventaja.

Mi interés por la política internacional viene de que en el año 2003, en la CEU Cardenal Herrera, donde era profesor, tuve que dar un curso de doctorado. Allí leímos Memorias de un europeo o La montaña mágica, porque quería que mis alumnos respiraran el clima de esa generación del 14. Y les lancé el siguiente mensaje: si a lo largo de vuestra vida volvéis a ver estos síntomas, echaros a temblar. Y ahora esos síntomas son iguales o peores.

Creo que hoy se hace necesario tener la sobriedad de pensar en lo peor, porque es posible.

¿Cuánto tiempo llevamos sin pensar con sobriedad?

Demasiado. Nos hemos ilusionado, nos hemos dejado llevar por espejismos y políticas que además han degenerado. Creo que es importante pensar en qué momento han ido entrando toda una serie de imposiciones en la religión imperial que se ha ido así llenando de preceptos, como por ejemplo que para ser liberal y demócrata tienes que apoyar el ambientalismo, las políticas LGTBI o Black Lives Matter. Todo esto no estaba previsto, pero se nos ha impuesto. Por eso no me extraña que cada vez más ciudadanos se muestren desengañados. No creemos en la Agenda 2030, de hecho, justamente lo que muestra el conflicto de Ucrania es que esa agenda es inviable. Es una utopía estúpida sobre la que nadie nos ha consultado y que nos han impuesto, no sabemos muy bien quién. Curiosamente, la Unión Europea se empecina de una manera feroz en sostenerla. Es otra vez lo del miembro ya amputado que quieren seguir notando.

El otro gran referente en tu trabajo es Grecia. ¿En qué consiste esa trampa de Tucídides de la que hablas?

Me refiero al famoso artículo de Alison Graham. Vivíamos en un momento de gran optimismo, cuando se instaura esa ilusión de paz perpetua de la mano de Fukuyama y el fin de la historia. Pero entonces aparece un libro que agua la fiesta, el de El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial de Huntington. Recuerdo que yo estaba entonces haciendo el doctorado y quise hacer un trabajo sobre ese libro. Adela Cortina me dijo: vale, hazlo, pero para equilibrar su pesimismo compáralo con un libro que había publicado, que se titulaba Hacia una ética mundial. Hasta los atentados de las Torres Gemelas, Huntington era visto como un pesimista, pero luego se vio que tenía razón. Incluso si hoy leemos el capítulo que dedica a Rusia y Ucrania… no se equivocó mucho.

Otro artículo que agua la fiesta en ese momento álgido de la globalización es el de Alison Graham, que señala los paralelismos entre el auge de China y su lucha por la hegemonía con Estados Unidos con lo que ocurrió en la Antigua Grecia. La trampa de Tucídides es que la dinámica de una potencia que está en expansión y va a rebasar en hegemonía a la dominante, que es lo que pasa con Esparta y la Liga del Peloponeso con respecto a Atenas, inevitablemente termina en conflicto.

¿Crees entonces que el conflicto fundamental que explica la situación internacional actual es el existente entre Estados Unidos y China?

Yo creo que ése es el gran conflicto. Y creo que la administración Trump es muy consciente de que el enemigo a batir es China.

¿Ves posible un escenario de escalada a los extremos?

Si hubiéramos seguido con la línea de la administración Biden, eso era inevitable. Trump ha cambiado las reglas del juego, ha movido todas las fichas y ya veremos qué ocurre. Por el momento se ve una cierta desescalada en el tema de Taiwán.

¿Crees que la posibilidad de una invasión china de Taiwán es real?

Creo que sí, pero ahora mismo parece más lejano que en tiempos de Biden. Con el desplazamiento del conflicto al ámbito comercial y económico, el teatro militar se ha alejado. Ahora mismo me preocupa más el conflicto que hay entre India y Pakistán. Muchos analistas piensan que la Tercera Guerra Mundial podría iniciarse entre India y Pakistán. Son dos culturas para las que lanzar un arma nuclear no sería tan problemático como para otros gobiernos.

¿Tienen ellos más integrado que nosotros la posibilidad de un desastre apocalíptico, que conciben como una regeneración?

Sí, y eso a mí me resulta muy inquietante. Ya en la Primera Guerra Mundial se extendió un sentido de catarsis, de que es necesario purgar una generación humana. Es aterrador. Pero ellos lo ven de una manera muy distinta a como lo ve un cristiano.

Esa idea de catarsis en la Primera Guerra Mundial era muy hegeliana: Hegel consideraba que el mal era necesario en el proceso dialéctico, el momento negativo es necesario para alcanzar la síntesis.

Antes decías que Putin y Xi Jinping tienen en común una idea sobre el papel que tienen que jugar sus países. ¿Qué otras similitudes y diferencias tienen?

En el relato de ambos hay un sentimiento de larga humillación. Y eso es peligroso. Lo vimos ya en la humillación de Versalles y sus desastrosas consecuencias. Pero también hay diferencias, claro. Putin no tiene una idea internacionalista, quiere recobrar la grandeza imperial, que es el horizonte de su relato. En cambio, Xi es un marxista leninista muy convencido y es internacionalista. Xi Jinping usa la cultura milenaria china y el sentido de humillación para dominar el mundo. Un dominio que instauraría un marxismo leninismo renovado, más tecnológico, más frío. Que además incorpora un sesgo leninista que consiste en la noción de que para acelerar la dialéctica de la historia es imprescindible el uso de la violencia. La idea de revolución de Lenin, en el sentido de aceleración, necesariamente incluye disciplina y violencia. Y, por supuesto, la renuncia a la libertad.

¿Cómo ves la guerra en Gaza, dónde parece que convive algo tan arcaico como la guerra de exterminio, que ya aparece en distintos pasajes de la Biblia, con algo tan moderno como el terrorismo y la guerra híbrida?

Da realmente que pensar el que ese pequeño corredor entre el río Jordán y el Mediterráneo donde se asientan los judíos va a estar, a lo largo de la historia, siempre en el centro del conflicto. Israel es un Estado pequeño rodeado de enemigos mortales. Ellos lo viven como una cuestión de vida o muerte, que es algo que en Europa nos cuesta entender. El escenario es muy bíblico, tanto por unos como por otros: no sólo el ojo por ojo y el diente por diente, sino golpear mucho más allá. Son categorías muy vigentes pero que el mundo occidental no quiere ver.

Pero no olvidemos que quien estaba detrás del ataque de Hamás es Irán. Yo creo que el gobierno israelí quiere vaciar ese territorio que contiene a 2 millones y medio de personas que, en su gran mayoría, albergan un odio visceral contra el Estado de Israel. Israel no se va a detener, y va a ir hasta el final ante la pasividad de los países árabes, que se niegan a dar asilo a los palestinos.

Trump anunció que iba a acabar con el conflicto en Ucrania, pero la guerra continúa a día de hoy. ¿En qué te parece que se ha equivocado Trump?

Trump ha sido la primera persona en casi tres años que se ha sentado a negociar. Pero ciertamente la situación es más compleja de lo que él esperaba, tanto por los contendientes como por parte de una Unión Europea que no tiene ninguna voluntad de llegar a un acuerdo de paz.

En el primer momento de la guerra muchos pensábamos que no había que ser como Chamberlain y ceder ante Putin. Pero una vez Rusia se repliega, creo que lo mejor hubiera sido negociar un acuerdo de paz. Pero nadie quiso hacerlo. Creo que el error de cálculo de Trump fue no valorar suficientemente las ambiciones de Putin, por eso ahora está dejando más libertad a Ucrania para debilitar a Rusia y así forzar una posición más abierta al acuerdo por parte de Putin.

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