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La cena de San Benito, de fray Juan Andrés Ricci

La cena de San Benito, de fray Juan Andrés RicciMuseo del Prado

Fray Juan Andrés Ricci, el monje benedictino que encarnó el alma humilde del Barroco

Ricci fue un monje, pintor, arquitecto, teórico del arte y teólogo que encarnó el ideal barroco de aunar fe y conocimiento

El Siglo de Oro español forma un rico tapiz compuesto de incomparables hilos de diferentes ramas artísticas. Dentro de la literatura y la pintura destacan nombres como Cervantes, Velázquez, Lope de Vega, Murillo, Quevedo o Zurbarán. Con semejante listón, es fácil dejarse fuera otros protagonistas.

Este es el caso de fray Juan Andrés Ricci. Forma parte de la constelación de figuras discretas pero igualmente significativas de este periodo de esplendor en el arte español.

Ricci, de origen italiano pero que pronto se trasladó a España, fue una de dichas figuras silenciosas, que cultivó el ideal barroco de aunar religión y estética, conocimiento y fe.

Ricci fue un monje benedictino que pintó y se interesó por la arquitectura, un teólogo que teorizó sobre el arte. De raigambre artística, se formó en los círculos pictóricos más reputados de la época, aunque, por voluntad, se retiró al silencio de los monasterios benedictinos.

Desde ese recogimiento engrandeció su pasión por la belleza formal y la devoción cristiana, abrazando el saber humanista.

El artista, alejado de los focos, dedicó su vida y su arte a servir a Dios desde la discreción. Su obra se entiende no como mera decoración estética, sino como divulgación espiritual.

La estética del alma

Dentro de la orden benedictina Ricci encontró su lugar para desarrollar su arte. Ingresó en el monasterio de Montserrat, aunque luego pasó por diferentes de la congregación, y combinó su vida religiosa con su actividad artística. Su obra se alejó de la corte y la fama y se acercó a los muros de los monasterios.

Obras como La cena de San Benito o San Benito bendiciendo el pan son el perfecto ejemplo de la austeridad formal que defendió el artista, caracterizada por la sobriedad monástica, pero sin estar reñida con la sensibilidad artística.

Lo importante, en su pintura, es la capacidad de dirigir al espectador hacia una experiencia de contemplación de una escena religiosa.

Ricci se decantaba por el ideal de la Contrarreforma más que por la exuberancia barroca. Por ello, sus composiciones destacan por la claridad de la representación iconográfica, en una labor de divulgación religiosa que cultivó también escribiendo tratados sobre el arte sacro.

Para el autor, el arte era un medio de comunicación espiritual y moral, y la belleza, un camino hacia la verdad divina, no un fin en sí misma. Por lo tanto, la revolución artística de Ricci fue la de la coherencia entre su vida y su obra. Fue el pintor que divulgó y reflejó la estética del alma.

Su vida y su obra reflejan por igual el ideal de humanismo cristiano de su época. Y en un mundo como el actual, el ejemplo de Ricci enfatiza que lo espiritual y lo artístico deben dialogar y no ir por caminos separados.

Fray Juan Andrés Ricci ha visto relegada su figura, quizá, a un segundo plano en la historia del arte español por haber sido coetáneo de algunas de las figuras más grandes de la pintura mundial.

No obstante, desde el silencio de los monasterios en los que trabajó, sus obras siguen apelando directamente al corazón de los espectadores con recogimiento y con la humildad de quien sabe que no hacen falta estridencias para trascender.

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