Abarrotada la Plaza de Gijón, aunque no torea Morante
A hombros, Juan Ortega, con manejables toros de Cuvillo
La Plaza de El Bibio, abarrotada para la ocasión
Se cumplió lo lógico, lo razonable, aunque a los gijoneses (y a mí) nos duela: Morante no ha acudido a torear aquí este sábado. Espero que se recupere bien y pronto, que pueda torear en Málaga o en Bilbao.
Lo malo es sustituirlo. Hoy por hoy, Morante es insustituible. Luque y Perera torean hoy. Podía haber repetido el triunfador Rufo o convertirse el cartel en un mano a mano de Ortega y Roca Rey. Ha optado el empresario por una solución imaginativa: llamar a Fortes, que no estaba anunciado en esta Feria. El público le da la razón porque se abarrota el coso de El Bibio, con un enorme ambiente festivo y taurino. Es menos cómodo pero da gloria ver así la Plaza.
Aunque el alcalde de Oviedo, del PP, no quiera enterarse y se empecine en que la Plaza de toros, cuando se restaure, se destine a todo menos a corridas de toros, con eso, está causando un grave perjuicio al turismo estival de Oviedo. El ejemplo de Gijón lo confirma: muchos de los espectadores de El Bibio son gijoneses; otros muchos, veraneantes o viajeros, atraídos por la Feria taurina. Es uno más de los grandes atractivos del verano en esta ciudad, junto al clima, el mar, la gastronomía y el puerto deportivo, al que quiere dar un buen empujón el muy eficaz Francisco Celma. Acierta plenamente la alcaldesa Carmen Moriyón, en su apoyo a la Fiesta.
Eran de Núñez del Cuvillo, una de las divisas preferidas por las figuras, los toros que se lidiaron en El Puerto de Santa María, el día del encontronazo entre Morante y Roca Rey: con su nobleza, facilitaron que los dos salieran a hombros. Esta tarde, da gloria ver la Plaza abarrotada, sin necesidad de que toree Morante. Los toros de Núñez del Cuvillo, muy manejables, con movilidad, justos de fuerzas, apenas los pican: toros para figuras. Juan Ortega luce su torería, corta orejas y sale a hombros. En una seria actuación, Fortes logra un trofeo. Con el lote menos lucido, Roca Rey no alcanza el esperado triunfo.
Juan Ortega sale por la Puerta Grande tras cortar dos orejas a su primer toro
El caso de Jiménez Fortes es singular. Después de varias temporadas toreando muy poquito, nos sorprendió a todos –me incluyo– el pasado San Isidro con una actuación artística verdaderamente notable: torea ahora francamente mejor –y más seguro– que en la etapa anterior, cuando entraba en muchas Ferias y le cogían muchos toros. Eso le ha servido para coger algunas sustituciones.
Recibe con verónicas cargando la suerte al bonito colorado que abre la tarde, justo de casta y fuerza, al que apenas pican porque blandea. En la muleta, el toro, mugidor, humilla y repite. Le permite ligar muletazos clásicos por los dos lados, corriendo bien la mano, hasta que se le acaba el gas y se le queda debajo. Un toro bravito y una faena correcta, que no ha tenido mucho eco. Pincha antes de una buena estocada y saluda.
El cuarto, sardo (con manchas negras, blancas y rojas), embiste sin entrega, hace sonar el estribo en la vara –señal de mansedumbre– y en seguida se va, muy poco castigado. En la muleta, protesta, tiende a tropezar los engaños, sale desentendiéndose de las suertes, con la cara a media altura. De nuevo se muestra Fortes como un buen torero clásico. Al final de la faena, el toro, que ha ido a peor, lo entrampilla y lo persigue, le da un buen susto. Gracias a eso, el público valora más el mérito de la faena. Mata muy bien, vaciando perfectamente la embestida, y eso ya merece la oreja.
Sale suelto y flaquea el segundo pero Juan Ortega dibuja verónicas con gran estilo. Gallea por lentas chicuelinas. Otro toro bravito al que miden mucho el castigo. Se enreda un poco en el quite por gaoneras. El toro tiene las fuerzas justas. Logra Juan algunos derechazos muy templados pero el toro queda corto y sale casi trompicado. Ha faltado toro para culminar la estética faena. Una buena estocada, de rápido efecto, pone en sus manos dos bondadosas orejas.
Se le queda corto también el quinto en los capotazos iniciales y en el intento de quite. Una mínima vara. Es precioso el comienzo de faena de Ortega con ayudados, rodilla en tierra. Rompe a tocar entonces la Banda Municipal de Gijón la preciosa marcha Caridad del Guadalquivir, de Paco Lola, que tantas veces me ha deleitado en el barrio sevillano del Arenal. Coincide con eso que el toro, en el centro del ruedo, comienza a embestir de maravilla, humillado, en una serie de muletazos muy buena. Luego, el toro se viene abajo, la faena tiene altibajos, para la música y vuelve a sonar, en los adornos finales. Juan mata a la tercera.
Sigue Roca Rey en lo suyo: ayer, en Dax, cortó dos orejas a un toro de Juan Pedro, después de escuchar dos avisos. (Al Quijote se suele atribuir una frase que no está en la novela: «Cosas veredes, Sancho, que farán fablar las piedras»). No cabe duda de que la comparación con Morante –no hablo de la presunta rivalidad– le ha perjudicado pero el peruano sigue atrayendo mucho público.
Roca Rey, en su primer toro
El tercero se mueve mucho, enseguida recurre Roca Rey a las chicuelinas. Apenas lo pican. Saluda Viruta. Comienza Roca haciendo la estatua y el toro, lógicamente, se va. Liga muletazos con el compás abierto pero el toro se raja a tablas. El público se entusiasma con los circulares. El torito ha sido un manso huido, manejable; la faena ha tenido lugar en todos los terrenos. Suena el aviso antes de entrar a matar, de un espadazo defectuoso, y necesita dos descabellos: silencio.
Dura poco la alegre embestida inicial del sexto, surge el desarme. Acude pronto al caballo: a éste sí le pegan. Desiste Roca de hacer quite. Otro toro mugidor, que protesta y queda corto: decepción. Como no surge la deseada apoteosis, el público se consuela con vivas a España, a la alcaldesa, a la Fiesta… y con lo que ustedes se imaginan, dedicado a Pedro Sánchez. El toro se para y el trasteo voluntarioso no cuaja. Mata fácil.
En el lenguaje coloquial, se usaba la expresión «guardar la ausencia»: mantenerse fiel a la pareja ausente. Su modelo era la inteligente Penélope: entretiene con argucias a sus pretendientes por mantenerse fiel a Ulises, su marido, que navega por el Mediterráneo entre escollos, sirenas tentadoras y seductoras princesas. Por supuesto, el actual feminismo considera esto someterse al intolerable machismo. Miguel Hernández, desde la cárcel, donde murió de enfermedad (no fue ejecutado, aunque así lo afirmara el antitaurino ministro Urtasun), escribió a su mujer y a su hijito los preciosos poemas del Cancionero y romancero de ausencias: «Ausencia en todo veo… ausencia en todo escucho, ausencia en todo siento».
En el toreo, no cabe guardar ausencias. Esta tarde, así lo ha hecho Juan Ortega, con su singular estética sevillana.