La vuelta a la dura realidad
Final gris de la Feria de Bilbao, con sólo una oreja para Fernando Adrián
Fernando Adrián, este sábado, en la última corrida de la Feria de Bilbao
Toda la afición taurina de Bilbao, y muchísimos aficionados que han venido aquí desde muchos lugares, no paran de comentar, entusiasmados, la gran faena de Diego Urdiales. Cenando, anoche, varios se me acercaron para ver si yo compartía su emoción. ¿Cómo no iba a compartirla? Huyendo de la retórica barata, lo resumo en dos puntos: primero, la lidia de un toro manso puede tener una enorme belleza; segundo, el toreo clásico es el que nunca pasa de moda, porque no se puede hacer mejor. Y es lo que de verdad queda en el recuerdo; los efectismos, pronto se olvidan.
Llevábamos tres tardes seguidas con salidas a hombros de un torero, conducido por una multitud de jóvenes, que se habían tirado a la negra arena de esta Plaza. No sé qué santo patrono se había apiadado de nosotros, los taurinos, en un momento tan delicado para los toros en Bilbao. ¿O habrá sido una benéfica consecuencia más, como rechazo a los burdos ataques del ministro Urtasun? ¡Quién sabe! En todo caso, el resultado está ahí. Por eso, no era un absurdo preguntarnos, yendo hacia la Plaza, si esta tarde también abriría algún diestro la Puerta Grande de Vista Alegre…
No ha sido así. Hemos vuelto a la dura realidad cotidiana: media entrada (por decir algo), con el piso superior cerrado y el batiburrillo de espectadores que eso produce. El nivel de exigencia, el habitual, mínimo. Los toros de Fuente Ymbro, triunfadores aquí en las dos últimas Ferias, no han repetido el éxito: serios y bien presentados, eso sí, y cumplen todos en el caballo, pero dan juego dispar; algunos, justos de fuerzas. Sólo ha destacado el bravo sobrero, lidiado en tercer lugar: ha permitido cortarle la oreja, en una faena ligera, a Fernando Adrián, que debutaba en esta Plaza. Paco Ureña y Fortes apenas han tenido oportunidades para el lucimiento.
No está siendo fácil esta temporada para Paco Ureña, un diestro honrado a carta cabal, que aquí vivió, probablemente, la tarde más gloriosa de su carrera. Luego, el covid le impidió recoger los lógicos frutos de aquel éxito. El primer Fuente Ymbro, serio, bien armado, astifino, sale manseando, protesta en el intento de verónicas de recibo de Ureña, embiste a oleadas, acude al caballo a relance, le pegan poco y se va; mejora, la segunda vez. Se mueve pero es incierto. Ureña hace la estatua, dejándolo pasar, por alto, y el toro se pega una costalada; cuando le baja la mano, protesta, puntea la muleta. Aguanta Paco con valor las embestidas desiguales de un toro deslucido, que vuelve al revés y se quiere ir claramente a la querencia de chiqueros. Allí concluye, con un espadazo caído y perpendicular.
Paco Ureña inicia un pase de pecho ante el segundo de su lote
Humilla pero flaquea el cuarto: miden el castigo pero cae. En seguida se lo lleva Ureña al centro pero, en el tercer muletazo, ya está el animal en la arena. Intenta Paco trazar muletazos clásicos, con el compás abierto, conduciendo con suavidad las embestidas, a media altura, para que que el toro no caiga. Así, la emoción es difícil. Acierta esta vez con la espada y saluda. Esta tarde, ha mostrado sereno valor, nada más.
Fortes –así se anuncia ahora, sin más– ha demostrado felizmente que lo que hizo la tarde de San Isidro no fue casual. En todas las oportunidades que ha tenido –y ya han sido varias– hemos visto que torea ahora mucho mejor que en su primera época, cuando estaba en tantas Ferias: conoce ahora más las condiciones del toro, sufre menos percances, parece tener una idea más clara de lo que busca. Ha prescindido de aquella reiteración de muletazos invertidos que entonces le caracterizaba y que, por desgracia, hoy forman parte del repertorio de muchos toreros. Fortes torea ahora más puro, más clásico.
Sale suelto el segundo toro, no se entrega en el capote de Fortes; sí acude al caballo. Brinda a Diego Urdiales, en el callejón, que recibe una fuerte ovación. El toro se mueve con codicia y Fortes se dobla bien; con valor sereno; le saca meritorios muletazos, que el toro acepta, sin entregarse, hasta que se raja a tablas totalmente. Allí mismo nos sorprende Fortes con una buena estocada al encuentro y saluda una ovación.
Muletazo de Fortes a su primer toro
El quinto se frena en los lances de recibo pero cumple en el caballo. En la muleta, queda corto, se defiende. Fortes intenta imponer su mando reposado pero el toro se le queda debajo, impide el lucimiento. La gente le pide que lo mate. Esta vez pincha, en el intento de aprovechar la arrancada para clavar la espada; a la segunda, deja una buena estocada. En esto, también ha mejorado Fortes. Le aplauden el acierto con el descabello como si fuera una suerte mayor: así estamos.
Con la lógica ilusión, debuta en las Corridas Generales Fernando Adrián. Viene con la moral muy alta, después de haber indultado un Victorino en Pontevedra. Flaquea de salida el tercero, que había dado problemas en el apartado: acierta Matías al devolverlo rápido, sin perder el tiempo. El sobrero, de la misma ganadería, luce dos pitones astifinos tremendos, sale con pies, acude pronto al caballo y se luce José Antonio Barroso. Comienza el diestro de rodillas con un pase cambiado, en el centro del ruedo; liga voluntariosos muletazos. El toro se viene fuerte, Adrián aguanta, el trasteo es desigual pero tiene emoción. Recurre al final al encimismo efectista, con las habituales bernadinas cambiadas. Estocada hasta la mano: el público exige la oreja, que se concede (la petición de la segunda es muy exagerada) y se ovaciona al bravo toro.
En este toro, el único bravo de verdad de la corrida, Fernando Adrián ha recurrido al repertorio efectista que ha puesto de moda Roca Rey: ésa es la responsabilidad de las primeras figuras. Buscando el éxito, otros diestros suelen imitar sus estilos, en lo bueno y en lo menos bueno. (Lo mismo sucedió con la verticalidad amanoletada de José Tomás). Ya lo dijo el malvado don Jacinto Benavente: «Bienaventurados mis imitadores porque ellos copiarán mis defectos».
Fernando Adrián, con el tercero de la tarde, al que cortó la única oreja del festejo
Recibe a pies juntos al último, que sale suelto, sin emplearse, pero va bien al caballo. Se luce Roberto Blanco, con los palos. Comienza Fernando Adrián por alto, dejándolo pasar, con la mano en la barrera… y el toro, lógicamente, se va. Ha de cambiar e irse a buscarlo. Por alto, el toro va suave, sin molestar. Levanta Adrián aplausos con un muletazos cambiado, como si fuera algo insólito. El trasteo, muy en corto, es sólo discreto, voluntarioso, buscando los aplausos. Entra a matar sin estar cuadrado el toro, queda mal la espada y suena un aviso.
No ha sido el mejor final para una Feria muy buena, en conjunto. Mantener ese gran nivel habría sido casi un milagro. No se ha producido. Es bueno no hacerse demasiadas ilusiones, aceptar cómo está la realidad de la Fiesta; en concreto, en Bilbao. No lo voy a dejar sin comentario., en estas páginas.
POSTDATA. Al concluir las Corridas Generales, recuerdo, una vez más, los versos de un gran poeta bilbaíno, Blas de Otero. Utilizaba los términos taurinos para expresar sus angustiadas búsquedas, como escritor y como ser humano: «Porque vivir se ha puesto al rojo vivo . / (Siempre la sangre, oh Dios, fue colorada). / Digo vivir, vivir, como si nada / hubiese de quedar de lo que escribo. / Porque escribir es viento fugitivo / y publicar, columna arrinconada. / Digo vivir, vivir a pulso, airada - / mente morir, citar desde el estribo (…) / Ahora vuelvo a mi ser, torno a mi obra / más inmortal: aquella fiesta brava / del vivir y el morir: lo demás sobra». Y añado yo: la fiesta de la vida triunfando sobre la muerte, eso es el arte de los toros.