Charles Chaplin y Edgar Neville
Edgar Neville, de cine
Entre los lamentos culturales con que los españoles nos solemos mortificar a conciencia y con placer morboso sobresale el desprecio por nuestra cinematografía
Entre los lamentos culturales con que los españoles nos solemos mortificar a conciencia y con placer morboso sobresale el desprecio por nuestra cinematografía. Es un lugar clásico que desborda las fronteras de cualquier periodo. Siempre le hemos reprochado su insuficiencia en cualquier terreno, sea artístico, comercial, industrial…
En efecto, una gran parte de su producción, como sucede en muchos otros países, es completamente prescindible, sobre todo como material inflamable de nuestros conflictos ideológicos. Pero no nos podemos permitir pasar por alto un puñado de películas que deberían de formar parte del estudio de la Historia del Cine con mayúsculas. Aunque siempre se mencionan directores como Víctor Erice (El espíritu de la colmena), Carlos Saura (La caza), Juan Antonio Bardem (La muerte de un ciclista), José Antonio Nieves Conde (Surcos), ¿por qué no remontarnos a los «fatídicos» años cuarenta, en el inicio de ese «páramo» que discute este número de El Debate de las Ideas, para incluir entre ellos a Edgar Neville?
Como tantos otros escritores de su generación, Neville (1899-1967) ha tenido mala suerte historiográfica. Noble, diplomático, bon vivant, de derechas y a la vez laico, con una naturalidad chocante para los prejuicios de un signo u otro, no hizo del arte simplemente un medio de vida, sino su modo de vivir. ¿Neville, frívolo? Con el rigor de una cultura cosmopolita atravesada de una sensibilidad española y hasta castiza, a cuyos orígenes madrileños, de villa y corte, jamás renunció, Neville, tan orondo en su prematura vejez, ejemplificó las virtudes del gentleman español que había anhelado Ortega.
Encuadrado en «la otra generación del 27», llamada así por su amigo José López Rubio, junto a Enrique Jardiel Poncela o Antonio Lara «Tono», su obra parecería haber sido encorsetado entre una literatura de géneros aparentemente menores como la novela humorística, con la que se dio a conocer en Don Clorata de Potasa (1925). Pero convendría abstenerse de un juicio precipitado sobre su valor implícito. Treinta años después, como un gesto estético que abarcaría toda su producción, la reeditó con la siguiente dedicatoria: «A mis tres grandes amigos Charles Chaplin, RAMÓN y Juan Belmonte». Un cómico, un escritor y un torero.
Neville fue el primero que abrió el camino en Hollywood para los guionistas españoles en los años treinta, como ha explicado Christian Franco Torre en su tesis Edgar Neville. Duende y misterio de un cineasta español (2015). Amigo de Charles Chaplin y de Douglas Fairbanks, sin la aventura americana de Neville, a la que se uniría el propio Jardiel, para lo que nos interesa aquí sería difícil entender el silencioso florecimiento de cierto cine español durante el llamado «páramo cultural» de nuestra posguerra.
No es este el lugar para analizar las causas de aquella etiqueta. En todo caso, sería injusto reducir el denominado «cine de la autarquía» simplemente a las películas patrióticas, folclóricas o «históricas», de cartón piedra, que ciertamente lo caracterizaron en una no pequeña medida, como si la creatividad de aquellos años hubiese quedado de modo caricaturesco sepultado bajo los escombros del programa cultural del Nuevo Estado. En alguna historia del cine español se ha llegado a afirmar que en los años 40 no debía existir la felicidad, de manera, claro, que cualquier intento de comedia no podía ser sino un falseamiento estético, doblemente impostado, de una realidad que solamente sería legítima juzgar como gris, deprimente y opresiva.
Las cintas realizadas o inspiradas por algunos de aquellos hombres desafían los presupuestos sociológicos de aquellos esquemas. Serían buenos ejemplos las primeras películas dirigidas por un director tan poco sospechoso de desafección al Régimen como Rafael Gil. El hombre que se quiso matar (1942), escrita sobre la base de un relato de Wenceslao Fernández Flórez y protagonizada por Antonio Casal, de la que el mismo Gil en el tardofranquismo haría un remake con Tony Leblanc, o el éxito de su adaptación de la obra jardielesca, Eloísa está debajo de un almendro (1943), con Amparo Rivelles y Rafael Durán, pueden verse como brotes que, sin desentonar del clima de la época, muestran una voluntad de continuidad cultural.
Pero, sobre todo, interesa resaltar aquí un manojo de películas que Neville rodó de modo seguido entre 1944 y 1946, en unos años en que la producción total de películas españolas experimentó puntualmente un acusado descenso, entre otras razones especialmente por el encarecimiento de la importación de celuloide.
En unas condiciones económicas y políticas adversas, con todas las limitaciones técnicas que se derivaban de ellas, Neville produjo y dirigió unas cintas que marcan la cima de su madurez artística y de su singularidad creativa en el panorama español, sin la repercusión que habría merecido en el internacional. Me estoy refiriendo a La torre de los siete jorobados (1944), La vida en un hilo (1945), Domingo de Carnaval (1945) y El crimen de la calle Bordadores (1946).
Llegarían después, entre otras películas muy personales, Nada (1947), adaptación de la novela de Carmen Laforet, la ecológica El último caballo (1950), el emocionado homenaje a sus amigos Federico García Lorca y Manuel de Falla en Duende y misterio del flamenco (1952), El baile (1959), su último gran éxito teatral adaptado a la pantalla, y el testamento cinematográfico Mi calle (1960), en la estela del mejor cine costumbrista europeo, a caballo entre el neorrealismo de Vittorio De Sica y la fantasía avant la léttre de Federico Fellini.
El aparente localismo de sus propuestas encierra una mirada de fondo sobre la intersección de vida y arte y el papel del cine como el instrumento narrativo y visual más potente para representar el tráfago moderno y la nostalgia suspendida de una transitoria Belle Époque infantil.
Ambientadas en el mundo de la Restauración alfonsina, en aquellas películas de los años 40 que mencionábamos, casi paladeando en cada fotograma los rincones empedrados de un Madrid perdido, desde Atocha a la calle de Segovia, y, a la vez, admirando con morosidad los rasgos de sus tipos populares antes de que se extinguiesen, Neville no renuncia, sino al contrario, a explorar el entrecruzamiento de
los más diversos géneros cinematográficos (el fantástico, el thriller, la alta comedia, el policiaco…) con la experimentación de modalidades populares (el sainete, el romance de ciegos, el vodevil...). Neville es capaz de proyectar sobre ellos una luz y unas sombras entrecruzadas, tan inquietantes como terriblemente divertidas.
Los prólogos incorporados a la edición póstuma de sus Obras selectas (1969) en la editorial Biblioteca Nueva siguen siendo una delicia de lectura para conocer mejor, con sus opiniones chisporroteantes, llenas de una afilada y ligera ironía, la elegante vanidad de un dandy que prefería la exacta etiqueta de la facilidad al exigente compromiso de la vocación. Pudiera ser que el exceso de su ingenio a la postre haya jugado en contra, si no, de la vitalidad, quizás, de la actualidad de su obra.
Sea como sea, al ver de nuevo sus películas mayores, como las que realizó en medio del susodicho «páramo», asalta la tentación de imaginar a Neville, vestido de frac o de sportsman, al borde de una piscina o apoyado en la barra de un club nocturno. Allí lo encontraríamos conversando animadamente con Ernst Lubitsch y Frank Capra, Jean Renoir y Jacques Tourneur o con el mismísimo Fritz Lang, mientras brindase en honor de los hermanos Álvarez Quintero, Carlos Arniches o Tomás Bretón y Ruperto Chapí. Será difícil negar sus debilidades, sobre las que el tiempo no ha dejado de grabar las huellas de un olvido, pero no lo será menos no seguir sucumbiendo al encanto arrollador de su exuberante talento artístico.