La escritora argentina Florencia Canale, autora de 'La cruzada'
Entrevista a Florencia Canale, autora de 'La cruzada'
«Uno puede revisar la historia, pero no cuestionarla, porque el pasado es inamovible e irreversible»
La escritora argentina Florencia Canale presenta ‘La cruzada’ (Planeta) donde narra en fórmula de novela la vida de Catalina de Erauso, la Monja Alférez
La Monja Alférez es uno de los personajes más interesantes de la conquista española de América. Catalina de Erauso fue una mujer que escapó de adolescente del convento en España y que llegó a América disfrazada de hombre.
Tras una vida llena de aventuras, lances y de lucha al servicio del Rey en América, regresó a España para contar la verdad y escribir sus memorias.
La escritora argentina Florencia Canale noveliza su historia en La cruzada (Planeta), donde ofrece una interesante perspectiva de este personaje.
–Conocida como la Monja Alférez, ¿quién fue Catalina de Erauso?
–Fue una mujer transgresora, desafiante… Fue una fugitiva, una mujer deslumbrante y, sobre todo, original, diferente, distinta. Fue una escritora que elaboró sus memorias antes que nadie. No es reconocida como sor Juana Inés de la Cuz, no fue una intelectual religiosa, no es poeta, pero escribió sus memorias un siglo antes que sor Juana Inés de la Cruz.
Es una mujer a la que perseguí y que me persiguió durante mucho tiempo. Estoy más que contenta de haberla encontrado.
–La Monja Alférez es un personaje literario deslumbrante, muy de novela, con su vida de aventuras… ¿Qué fue lo que más te impresionó de ella?
–Que hubiera podido llevar adelante aquello a lo que se entregó. A los 15 años se escapa del convento y descubre el mundo, un mundo completamente desconocido para ella, porque ingresó a los 4 años en el convento y su mundo era el claustro, y sale como una fugada vestida de varón para no ser reconocida y sobrevivir.
Cubierta de 'La cruzada'
Me asombró que no hubiera sido descubierta, castigada y que haya sido capaz de cruzar el océano, llegar a América… Es deslumbrante, es novelesco.
Además, todo esto lo conocemos a partir de sus memorias, del libro que escribe sobre ella misma. Pero, sobre todo, que se hubiera dedicado a construirse la figura de escritora, algo totalmente novedoso para la época. Incluso podemos, tal vez, dudar de la veracidad de sus escritos. Ella estaba convencida de que estaba transformado su vida en una novela de aventuras, incluso podría ser de caballerías.
Tenemos ese documento como el que signa su vida y de ahí, su recorrido. Después se transforma ella en un personaje espectacular: escribe obras de teatro en base a su vida… Y con el tiempo se la estudia académicamente. Es una mujer absolutamente avanzada.
Yo podría decir, por supuesto, que quedé impactada cuando se bate a duelo, cuando juega, cuando expone su vida, cuando se embarca a América… Todo ese sinfín de hitos que la convierten en una mujer de una valentía y de un atrevimiento descomunal. Yo no sé si me atrevería a hacer ni la mitad de las cosas que ella se atrevió.
Podría elegir, quizás, el momento en que se encuentra con su hermano y ese duelo en el que termina con la vida del hermano. O ese encuentro falseado con su padre, que la está buscando y no la encuentra, y cuando la encuentra no la reconoce.
Sobre todo, lo que me parece hoy desesperante, es ese momento en que los padres la entregan a los cuatro años al convento y ese abandono. Hay un sinfín de cuestiones que me parecen inmovilizantes e inquietantes.
–No solamente no fue castigada, sino que incluso suscitó la admiración de Felipe II y hasta del Papa.
–Por supuesto, esos dos encuentros que tiene, esas audiencias (en la audiencia con el Papa pide su redención), porque ella, en algún momento, entiende que debe contar la verdad. Vivir tanto tiempo en el secreto, en la mentira, de algún modo, la lastima y hiere.
Ella cuenta la verdad y lo interesante es que aquello que ella niega a los 15 años, niega a Dios, se escapa y empieza a vivir una vida rocambolesca, aventurera, etcétera, y hacia el fin de sus vidas ella vuelve, confiesa la verdad, quién es, ante el Obispo de Huamanga, vuelve a vestir los hábitos… Es el destino ineludible.
Vuelve a España, tiene la audiencia con el Rey, va a Roma a ver al Papa y decide volver a América para encontrar un poco de paz. La paz no la encuentra en el convento, pero sí la encuentra en el silencio y la introspección.
Es esa cosa de «desprecio a Dios, pero, al fin y al cabo, vuelvo a Él en el desierto y la soledad del desierto mexicano». Se dedicó a rezar, a la plegaria y pudo vivir una vida. Se convierte en una suerte de anacoreta. Es interesante pensar en la cruzada de la vida de Catalina de Erauso como una búsqueda incesante y sin cuartel de la libertad.
–Es también un personaje esencial de la historia de América. En un momento en el que hay una ofensiva en algunos países americanos, mismo México, reclamando a España que pida perdón por la conquista ¿puede un personaje como Catalina de Erauso funcionar como nexo entre las naciones hispanas?
–Me gusta, por qué no. Además, en todo caso, uno puede revisar la historia, pero no cuestionarla, porque el pasado es inamovible e irreversible.
A partir de la conquista y en adelante aparecen en América un sinfín de hombres y mujeres, sobre todo hombres, mujeres, menos. Pero, en todo caso, Catalina, como una mujer que vino a pelear bajo las órdenes del Rey, fue una de ellas: se entregó al combate en Chile, fue un soldado bien sanguinario…
Pero yo no observo su figura como un elemento subversivo o conquistador. En todo caso, esto que dices, como un elemento de reconciliación. Podría haber elegido no volver a América. Podría haberse quedado en España, viviendo los últimos años de su vida, pero elige México como el lugar de residencia y el lugar de introspección y de búsqueda de una razón vital.
A mí me gusta pensar en estos personajes como elementos reconciliatorios y de lazo, más que de nudo o de tensión.
–Pendenciera, ludópata, asesina… No es que la Monja Alférez fuera la mejor de las compañías.
–Por supuesto. No conocía la risa, o la conocía poco. Yo creo que debió reírse hasta los cuatro años y después ya no se rio más. No parecía una persona muy contenta ni muy alegre. Era dura. Seguramente obligada por las circunstancias. En principio, por la sensación de persecución constante en la que ella se sintió.
Seguramente en algún momento fue perseguida, cuando se escapó. Pero después ya no la busca más nadie. Sin embargo, se mantuvo en ella esa sensación paranoide, de estar siendo perseguida, y tal vez atrapada. Eso la puso en estado de alerta y de dureza constante. Y sí, adoptó algunas actitudes, se mostró violenta, sanguinaria, ludópata, y parece que le salió bastante bien porque nadie la reconocía.
Creo que toda esta dureza, y estas pocas pulgas fueron una suerte de coraza, de endurecer el corazón para seguir adelante, para no ser descubierta.