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¿Por qué 'Lux' de Rosalía no es y no podría ser nunca el «mejor disco del año»?

El álbum de la cantante catalana aparece en todas las listas de los medios especializados, pero nunca en el primer lugar indiscutible como si esto fuese una «orden» y su inclusión entre los mejores un «compromiso»

Madrid

Rosalía

La cantante Rosalía en una fiesta de los OscarsMatt Baron/BEI/Shutterstock

Lux de Rosalía aparece en absolutamente todas las listas de los mejores discos del año de todos los medios especializados más prestigiosos, o al menos famosos. Pero en ninguno de estos típicos inventarios aparece en primer lugar, ni siquiera en el segundo.

Resulta llamativo para el álbum más impactante a nivel mediático en todo el mundo, aparecido además en el momento justo, el mes o los meses previos a cuando se confeccionan los registros de fin de año. También resulta curioso que precisamente quienes lo han encumbrado no lo sitúan en la cúspide.

Rolling Stone coloca el de Bad Bunny por encima del de Lady Gaga y el de Rosalía. Mas allá de las extraordinarias críticas mundiales, más de muchas apasionadas, da la impresión de que Lux da miedo. O da miedo o es incómodo. Quizá sea la religión. Quizá sea la heterogeneidad musical, letrista o de producción mayormente incomprensible para el público «global», o al menos inclasificable.

El mejor disco del año, el número uno de las listas navideñas ha de ser siempre algo mucho más previsible. El «misterio» no puede ser renombrado, o al menos el más renombrado. Sería como un ataque al globalismo instalado también en la música.

Es decir, la crítica no se puede sustraer a la calidad de un álbum, a su especialidad, a su huella, al sentimiento que produce (y menos a uno tan promocionado), pero no puede plegarse sin resistencia a algo que va en contra de los usos habituales. Algo que los cuestiona con una fuerza peligrosa sin que lo parezca.

Es como la dictadura de la mediocridad y de lo común. En la cultura del XXI no puede haber nada que sobresalga completamente por encima de esas dos características. Es la norma no escrita, pero sabida. Que nadie se salga de los cánones bajo riesgo de cancelación.

Rosalía ha ido al límite con su espiritualidad, pero el cálculo ha sido perfecto para que los críticos no se convirtiesen en censores, sino solo en obedientes críticos que han recibido la orden de que Lux de Rosalía no figure en ningún caso como mejor disco del año.

Lo diferente no es un peligro siempre que sea vulgar. Y lo espiritual tampoco lo es si no sobrepasa las fronteras de lo políticamente correcto. Un disco, en este caso, distinto y selecto, estaría pendiente del necesario examen ideológico que, de suspenderlo por ser de verdad políticamente incorrecto, quedaría inmediatamente fuera de las listas homologadas por el «buenismo» dominante.

Lux ha llegado hasta el borde del precipicio sin llegar a caerse. El marketing perfecto para estar y no estar, pero estando. El de Rosalía se ha plantado entre los mejores discos oficiales sin cumplir ningun requisito, más bien incumpliéndolos (de ahí el «castigo» o la prudencia sectaria de no considerarlo «el mejor»), pero sin que nadie pueda decir que los ha incumplido, porque otra de las obligatorias «claúsulas» biempensantes a este respecto es corroborar sin vacilación, bajo pena de apartamiento, que Lux, ande o no ande, como el burro, es una «obra maestra» porque así se ha dicho que tiene que ser.

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