Rosalía hace un milagro: 'Lux' es pura belleza que oscurece a todas las Rosalías anteriores
Díganse todo cosas bellas de un principio de álbum que te lleva volando con su piano principiante y un chelo que acompaña en hermosura absoluta
Foto de la cubierta de Lux de Rosalía
Su voz suena tan bonita y con registros tan amplios que en Lux a veces hasta los más remotos confines parecen insuficientes para que resuenen en ellos con justicia. Díganse todo cosas bellas de un principio de álbum que te lleva volando entre Sexo, violencia y llantas, el primer tema, con su piano principiante y un chelo que acompaña en hermosura absoluta y que se pierde en sonidos más tecnológicos y en un clímax vocal igualmente bello que se atenúa.
El azul precioso del fin de la atmósfera
Todo es así hasta que empieza Reliquia, con unos violines pop y una voz más pop, sin dejar de ser bello. Todo. La melodía ligera, suave, limpia, que acaricia la voz alta, al límite de lo chillón como si fuera el azul precioso del límite entre la atmósfera y la estratosfera. El final de esta Reliquia es un prodigio de delicadeza y uno se mece no se sabe donde hasta que le despierta una suerte de marcha militar con sintetizadores en vez de con tambores.
La obra se agranda con cada nota, con cada entonación, con cada acompañamiento, con cada cambio, con cada aportación sin igual, desconocida: un milagro
Pero nada desencaja en la modernidad (o modernez). Todo lo contrario. Se mezcla en una integración musical cada vez más sorprendente. Hay eco y profundidad en Divinize, donde aparecen por primera vez otras lenguas. Parece un Evanescence de calidad superior con sonidos tribales, removimiento en la elevación del tono que acaricia desde unas alturas de poder absoluto. Se escucha Divinize como en las nubes o más allá.
Todo se para de repente. Otra novedad. Reguetón mínimo particular, rapeo en Porcelana, gravedad en vez de agudeza. Continúa la invención, pero decrece un ápice, mínimo, la belleza que vuelve en explosión lírica en Mio Cristo Piange Diamanti y su italiano sobrecogedor por el que llorará Jep Gambardella en todas las Grandes Bellezas imaginables, en todos los desgarros vocales de la «niña» virtuosa. La obra se agranda con cada nota, con cada entonación, con cada acompañamiento, con cada cambio, con cada aportación sin igual, desconocida: un milagro (por momentos).
La voz cada vez es más bonita en esta primavera, como si la belleza creciera igual que el nacimiento de una flor en un documental de naturaleza a cámara rápida
Mundo nuevo llega «flamenquizado», la Rosalía más primitiva, pero mejor. Todo es una saeta asaetada de influencias que mantiene en vilo. Nada flaquea (salvo alguna perdida concesión fácil). Una sinfonía incluso más que musical para los sentidos, que se alteran. La voz cada vez es más bonita en esta primavera, como si la belleza creciera igual que el nacimiento de una flor en un documental de naturaleza a cámara rápida.
En Sauvignon Blanc Rosalía parece cantar sobre un cable en un precipicio sin miedo. Se desata el instrumento virtuoso en modulaciones de impresión. La lágrima, la lágrima... como «el horror, el horror...» de Conrad, con los sentimientos contrarios, por supuesto.
En La rumba del perdón, con sus «nonainos» incluidos, los coros de Estrella Morente y de Silvia Pérez Cruz, sutiles, te enseñan, te hacen darte cuenta entre tanta impresión que las letras están tan conseguidas como todo lo hermoso de esta obra ¿maestra? que hace Memoria en portugués con otra delicada pieza acariciada entre cambios instrumentales y crescendos que se derriten.
Ya solo queda Magnolias para volver a empezar cuando termine y no se quiere, terminar, la experiencia ¿religiosa?, como cantaba Enrique Iglesias, pero sobre todo bella. Bellísima. Un bello disco completo salteado de momentos que no quedan lejos de lo sublime.