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Carlos Núñez en Madrid: cuando la música se convierte en hermandad

Núñez construyó una noche de celebración y memoria, con un repertorio centrado en aquel disco emblemático, la participación de gaiteros de tres agrupaciones madrileñas y un final de fiesta que convirtió el teatro en una comunidad en movimiento

Act. 25 ene. 2026 - 16:48

Carlos Núñez y amigos en el Teatro Circo Price. Madrid

Carlos Núñez con su banda y diversos gaiteros de diferentes agrupaciones en MadridIgnacio Saavedra

Treinta años después de su creación, A Irmandade das estrelas volvió a sonar en el Teatro Circo Price de Madrid (Inverfest), en un concierto con el cartel prácticamente agotado desde diciembre. Carlos Núñez construyó una noche de celebración y memoria, con un repertorio centrado en aquel disco emblemático, la participación de gaiteros de tres agrupaciones madrileñas y un final de fiesta que convirtió el teatro en una comunidad en movimiento.

El concierto se abrió con Amanecer, una alborada que ya marcaba el tono de la noche: celebración, sí, pero también memoria musical. No es un detalle menor que esa pieza remita a Juan Montes, el mismo compositor de la música de Negra sombra, recordando que estos temas no son simples «clásicos» heredados, sino repertorios con autor, historia y contexto, y que Núñez lleva años devolviendo al primer plano con una mezcla muy suya de música y relato.

Carlos Núñez con

Carlos Núñez con Itxaso Elizagoien y María SánchezIgnacio Saavedra

Ese cuidado por el contexto apareció también en un comentario de tono nostálgico sobre el propio proceso de grabación del disco. Núñez recordó que no le daba igual grabar a cualquier hora, como si el día —y la luz— formasen parte del instrumento. Por eso Amanecer se registraba por la mañana, mientras que Negra sombra se grababa a partir de las once de la noche. La anécdota no era un capricho técnico, sino una declaración estética: estas músicas, para él, no solo se interpretan; se habitan.

En el escenario, de entrada, lo que ahora constituye «su banda»: el incombustible Pancho Álvarez a la guitarra, la cantante y violinista María Sánchez, el «hermanísimo» Xurxo Núñez que, además de gran percusionista, se destapa ya como guitarrista sobresaliente, la acordeonista Itxaso Elizagoien y el violinista nacido en Canadá Jon Pilatzke.

Una voz para la hermandad

Buena parte del peso vocal recayó en María Sánchez, que asumió un repertorio especialmente exigente por la grandeza de las intérpretes que grabaron las versiones originales allá por 1996. Cuando cantó Lela, lo que apareció no fue solo una melodía popular: el tema está en la obra Os vellos non deben de namorarse, de Castelao, y durante décadas hizo fortuna en las tunas universitarias gallegas, con ese aire de canción que atraviesa generaciones sin perder su fuerza. En Negra sombra, la emoción se sostuvo sin necesidad de subrayados, y la referencia a Juan Montes —también presente en el arranque de la noche— ayudó a entender que aquí la tradición no se presenta como una nebulosa, sino como una cadena concreta de transmisión musical.

Carlos Núñez y amigos

Carlos Núñez y amigosIgnacio Saavedra

Quizá por su juventud —no había nacido cuando Luz Casal grabó su versión de Negra sombra— está teniendo el atrevimiento de sustituir, en una sola noche, a Dulce Pontes, a las pandereteiras de Xiradela y hasta a Compay Segundo. Y cuando llegó Nubes del otro lado, procedente de Maruxa, de Amadeo Vives, volvió a asomar esa faceta menos obvia de Núñez: la del músico que investiga, conecta repertorios y propone lecturas, no como ejercicio erudito, sino como manera de dar profundidad a lo que suena. Este tema fue la excusa para recordar a otro de los grandes artistas invitados a participar en aquel disco irrepetible: el guitarrista Ry Cooder.

El repertorio se apoyó de forma clara en A Irmandade das estrelas, y el tema titular fue uno de los grandes centros de gravedad del concierto. Itxaso asumió ahí una responsabilidad nada menor: sostener el espíritu de una música en la que la memoria de Kepa Junkera sigue pesando en la escucha del público. Hubo también otras piezas emblemáticas del disco —Cantigueiras, Para Vigo me voy— que recordaron hasta qué punto este repertorio se construyó desde el principio como un cruce de caminos: voces, acentos, historias que no pertenecen a un solo lugar.

Tres horas con Manuel Fraga

Entre canción y canción, Núñez fue tejiendo un relato de treinta años con humor y cercanía. Recordó, por ejemplo, su nombramiento como «Gallego del Año» por el Club de Periodistas Gallegos en Madrid, con la imagen —contada con sorna— de pasar tres horas «codo con codo» con Manuel Fraga en la cena de entrega en el Ritz. También hubo guiños explícitos a Madrid, incluida una afirmación con intención: que A Irmandade das estrelas se forjó aquí. A principios de los noventa, Núñez venía a Madrid por los estudios de conservatorio; su amigo de siempre Fernando Conde se había instalado en la ciudad para cursar la carrera universitaria, y en esos encuentros madrileños empezó a tomar forma el proyecto que acabaría definiendo una etapa.

Y en esa memoria agradecida, hubo también nombres propios que no pertenecen solo a la música, pero sí a la historia de una carrera. Fernando Conde, por supuesto, como figura decisiva de acompañamiento y continuidad. Paddy Moloney, no solo como referencia artística, sino como puente humano: fue quien conectó a Carlos con Jon Pilatzke, y su presencia —aunque ausente— sobrevoló varios momentos del concierto como símbolo de una tradición compartida. Y Ramón Trecet, que creyó en Carlos desde mucho antes del debut, cuando era aún un gaitero adolescente al que The Chieftains dieron la alternativa en el Carnegie Hall de Nueva York. Ese tipo de homenajes, discretos pero insistentes, contribuyó a que la noche se leyera como algo más que una sucesión de temas: era también una genealogía.

Concierto de Carlos Núñez

Concierto de Carlos NúñezIgnacio Saavedra

En el escenario, además de la banda principal, se sumó un grupo de gaiteros procedentes de tres agrupaciones de Madrid con identidad muy marcada: la Agrupación Artística Gallega Rosalía de Castro, estrechamente vinculada al Centro Gallego de Madrid, la banda de gaitas A Pintega Marela y la banda de gaitas A Derradeira, de Alcalá de Henares. Su participación no fue un adorno: reforzó el carácter comunitario del repertorio y lo conectó con una realidad cultural muy viva en la ciudad.

Aunque el núcleo del programa fue A Irmandade das estrelas, hubo también un tema que apuntó directamente al presente: Mare Britanicum, en conexión con su último trabajo, Celtic Sea (2023). Ese gesto evitó que la noche se leyera solo como celebración retrospectiva: la trayectoria no se revisita como un museo, sino como un material vivo.

El sonido del Price —una sala con sus retos acústicos habituales— fue, en esta ocasión, muy bueno. El concierto duró aproximadamente dos horas y no incluyó Amazing Grace, que en otras ocasiones aparece como cierre. En su lugar, el final buscó deliberadamente la energía alta: un set de jigas, muñeiras y otros bailes que desembocó en una escena que ya es tradición y que, en cierto modo, resume el espíritu de la noche.

Con todos los gaiteros tocando sones gallegos o bretones, Itxaso y Jon bajaron a donde estaba el público y empezaron a «reclutar» bailadores voluntarios para subir al escenario y bailar al son de la música. El gesto —espontáneo y perfectamente organizado a la vez— creó un ambiente familiar, casi doméstico, como si el teatro se transformara por unos minutos en una fiesta compartida donde nadie está del todo fuera.

Y cuando la música terminó, el concierto siguió de otra manera: en las firmas, en las fotos, en la conversación breve con cada persona. Núñez se quedó allí, sin prisa, como si esa última parte también formara parte del repertorio. En un mundo acelerado, ese gesto de generosidad tiene algo de excepcional. Y explica por qué A Irmandade das estrelas no es solo un disco: es una forma de estar.

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