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Tolkien

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¿Dónde están los novelistas católicos?

«Entrando en 2026, son artistas no católicos (Rosalía, Alauda Ruiz de Azúa) quienes han puesto sobre el tapete las preguntas y las inquietudes que corresponden al patrimonio cristiano. Son ellas quienes han demostrado que los conventos, la vocación o la hagiografía pueden contarse con el lenguaje del arte contemporáneo. Pero sigue habiendo un agujero en la literatura»

Me contaron —y puede que hasta sea cierto— que a una editorial española tan pequeña como católica le ofrecieron en los años sesenta los derechos en castellano de toda la obra de J. R. R. Tolkien a un precio irrisorio. La editorial en cuestión lo rechazó, porque a ver qué era eso de los elfos y los orcos y todo lo demás. Es fácil juzgar aquel error con la perspectiva de la historia, aunque había que ser un visionario para entender la importancia que tendría aquella fantasía épica en la educación sentimental de las generaciones posteriores.

Concurrían dos circunstancias atenuantes que exculparían al editor: en España no se escribían ni leían novelas y, además, los intelectuales católicos de nuestro país no se tomaban muy en serio la ficción. A la cultura cristiana, al menos aquí, siempre le entusiasmó el ensayo, el pensamiento nítido, la claridad. Con algunos exponentes verdaderamente notables.

Pasó el Mayo del 68, los setenta, los ochenta, los noventa… y un cuarto de siglo más. En España se empezó a leer novela, se multiplicaron las editoriales y los lectores. Pero nadie se molestó en impulsar, reunir o promocionar a los autores de ficción que quizá hubo en esos años y que escribían con una visión cristiana del mundo. Quizá por un recelo acerca de la imaginación, el mundo católico vivió de espaldas a la ficción. En lugar de educar la imaginación, optó por ignorarla o encerrarla. Y seguimos en ese yermo.

Entrando en 2026, son artistas no católicos (Rosalía, Alauda Ruiz de Azúa) quienes han puesto sobre el tapete las preguntas y las inquietudes que corresponden al patrimonio cristiano. Son ellas quienes han dicho que se puede hablar de esto, que merece la pena hacerlo y que los conventos, la vocación o la hagiografía pueden contarse con el lenguaje del arte contemporáneo. Pero sigue habiendo un agujero en la literatura. ¿Dónde están los novelistas católicos?

¿Qué es una novela católica?

Hubo en su momento una disputa más o menos declarada entre dos grandes escritores católicos: Evelyn Waugh y Flannery O’Connor. El tema que se discutía era qué es una novela católica. Un artículo de Miguel Ángel Iriarte en Nuestro Tiempo deja constancia de ello. Escribe O’Connor que Waugh «tiene una definición demasiado estricta de lo que sería una novela católica. Dice que es una novela que trata de problemas de fe; yo diría que es una mente católica que contempla cualquier cosa, ampliando suficientemente la categoría para incluirme a mí misma».

El camino de Waugh parece el más connatural al genio hispano, tan amante de la claridad: una novela católica es aquella que trata temas católicos. La fe, la gracia, la conversión, el pecado, la santidad, la redención. Este sería el camino que emprendió una de las más notables excepciones del siglo XX español, José Jiménez Lozano, autor de Sara de Ur o El mudejarillo, dos ejemplos de literatura sobre temas y cuestiones católicas. También José María Pemán cultivó ese tipo de literatura. Ambos son consanguíneos de Pío Baroja, de Cela o de Miguel Delibes. Les gusta lo castizo, lo cañí, lo costumbrista. Un camino paralelo al que siguió en Francia el célebre Georges Bernanos, al menos hasta su último y enigmático texto, Monsieur Ouin.

El camino de O’Connor, sin embargo, no parece que lo haya seguido nadie en España. Ella fue más ambigua: definía la catolicidad de una novela por su mirada, más que por su contenido. Aunque, en realidad, en una obra de ficción la mirada lo es todo. Un ojo que cree en la estructura sacramental del mundo, en la posibilidad de redención o en la cadencia litúrgica de la historia es capaz de narrar un asesinato, un divorcio, un regreso al pueblo o una fuga de la cárcel de un modo muy particular y bastante distinto al de un ojo que no ve el mundo de ese modo.

O’Connor fue, además, muy moderna y formalmente arriesgada. En sus cuentos, la gracia se revela con frecuencia de forma violenta, a través de lo grotesco. Es un tipo de literatura igual de católica que la de Waugh, pero formalmente muy diferente. En esa misma estela, con sus muchas diferencias y particularidades, se podría añadir al japonés Shusaku Endo. En sus novelas aparecen doppelgangers, hay preguntas que rozan lo sórdido —como en Escándalo— y finales muy poco edificantes, como el de su obra más conocida, Silencio, que conocemos casi exclusivamente por la adaptación al cine de Scorsese en 2016. Pero su mirada es católica. Cree en la redención posible. Endo se ha traducido poco y leído menos en España. Encima, sus libros recibieron críticas tibias o negativas en los medios católicos.

Un caso más reciente y esperanzador es del noruego Jon Fosse, premio Nobel de Literatura en 2023, católico converso. Escribe libros muy teológicos, con una narrativa casi lírica, obsesiva, formalmente experimental, muy contemporánea. Además de su inmensa Septología, puede uno iniciarse en su lectura con novelas más breves, como Trilogía, o con un extraordinario libro de cuentos, Escenas de una infancia. Su literatura era prácticamente desconocida en España hasta hace dos años, y ahora todas sus obras están traducidas y en las mesas de novedades de las librerías, en pie de igualdad con cualquier otro autor de culto. Es sintomático que no lo publiquen editoriales católicas y, también, que nadie le haga ascos a un escritor tan descaradamente cristiano y tan indiscutiblemente contemporáneo.

Se abren dos caminos para la novela católica en el siglo XXI: el costumbrismo y el experimentalismo, el tema y la mirada. Pero ninguna de esas dos corrientes tiene herederos. O nadie escribe esos libros o nadie los publica, a pesar de las muchas y buenas editoriales católicas de este país. ¿Por qué?

La maquinaria

En sus memorias recién publicadas, Enrique Murillo ajusta cuentas con su pasado editorial y periodístico. Personaje secundario es un libro que da algunas luces a quienes pudieran tener interés en renovar la literatura católica en español. Me refiero a los capítulos en los que Murillo cuenta sus años en la editorial Anagrama.

Aquella editorial, en los setenta, pasó de publicar ensayos de teóricos izquierdistas a hacer una apuesta radical por la novela. Con Franco muerto, el antifranquismo perdió interés —cuenta Murillo— y los lectores empezaron a buscar novelas que les hablaran de su vida. Narradores, no escritores. Y aquella literatura no existía en España. Murillo trabajó guiado por esa idea: crear una nueva narrativa española que, a imagen de la estadounidense, se centrara en contar historias, con formas más modernas —a sus autores los acusaron con frecuencia de extranjerizantes— y menos ideológicas. Quería saltar del ensayo a la novela, y aborrecía el costumbrismo. Esas eran sus líneas rojas.

Como aquella narrativa no existía, Jorge Herralde, asesorado por Murillo y otros, empezó por dar referentes de lo que pensaba que debía ser la novela del futuro, de modo que se dedicó a traducir y editar en español a los autores que le interesaban en otras lenguas. Así aparecieron en nuestro país Nabokov o La conjura de los necios, por poner dos ejemplos en los que se recrea el autor de esas memorias. Y de aquella estirpe surgieron Vila-Matas, Marías, Chirbes y puede que hasta tal vez Bolaño. El premio Herralde de novela tuvo un papel muy importante también en ese proceso. En los últimos cuarenta años, Anagrama se ha convertido en la educación sentimental de un par de generaciones, y en la vara de medir de lo que es buena literatura, moderna, aceptable.

En el mismo periodo, las editoriales católicas no mostraron un interés reseñable por la novela. Con brocha gorda, ese es el estado actual de la novela católica en España: ningún proyecto editorial sólido en ese sentido, una tradición amputada —solo Waugh tuvo herederos, que fueron más francotiradores que movimientos— y ninguna ambición formal.

Sin embargo, los tiempos están cambiando. Si es verdad, como ha asegurado Garrocho en su columna de El País, que hay un Giro Católico en la cultura, habremos de ver qué clase de narradores emergen de nuestro mundo —o submundo— católico. En ese sentido, la cita más importante del año va a ser el I Premio de Novela José María Pemán, convocado por la ACdP. Es un premio con una dotación económica muy por encima de la media, y está diseñado para encontrar novelas católicas.

¿Premiará la ACdP una novela de temas, a lo Waugh, o una de mirada, a lo O’Connor? Esa decisión marcará el futuro posible para la novela católica en nuestro país. Esa, y otra más: ¿qué pasará con los otros novelistas que, presumiblemente, enviarán buenos manuscritos a este certamen? ¿Habrá alguna editorial capaz de reunirlos y darles un sentido de generación o de movimiento?

Quizá sea el momento de impulsar un sello de novela católica, que rechace de plano los ensayos y que sea capaz de articular a una generación de narradores cristianos que está a punto de nacer. Una editorial así podría educar la imaginación de la próxima generación, y que sus afectos tengan un asidero cristiano al que agarrarse. Como hizo Anagrama, un primer paso sería traducir y actualizar a Endo, a O’Connor, a Bernanos, a Waugh, reeditar a Jiménez Lozano y a Pemán… O aprovechar el magisterio de Fosse. Dar referencias a los nuevos escritores de qué es una buena novela católica. La maquinaria es muy precaria, pero está lista para echar a andar. Alguien debería ponerse manos a la obra.

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