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Portada de 'El lazarillo de Tormes'

Portada de 'El lazarillo de Tormes'

La honra cría las artes (y viceversa)

El Lazarillo se erige así en una defensa contraintuitiva de la hidalguía. ¿O no es su principal enseñanza de principio a fin de que quien ha tenido buenos padres y buena posición tiene una mayor obligación de ser virtuoso?

La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades (1554) tiene una prosa tan sabrosa y la leímos en una edad tan temprana que podemos pensar que el librito fue un divertido peaje escolar. Luego viene el mito de la picaresca. Decía Luis Rosales que en España se podía ser sólo dos cosas: o hidalgo, con don Quijote, o hideputa, con el pícaro Lazarillo. La Historia de España es una pugna entre el hidalgo y el pícaro. Uno, puestas así las cosas, escoge a don Alonso Quijano, y renuncia a Lázaro González de Tormes.

La relectura, sin embargo, es deslumbrante. No hay que escoger, sino todo lo contrario: redoblar la apuesta. El anónimo autor no ignoraba la calidad altísima de su escritura, pero avisaba en el mismo prólogo de su as en la manga: «Podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto, los deleite».

Reconocido el deleite, aquí queremos ahondar. Desde nuestro tiempo, el crítico Francisco Rico también advertía: «Difícilmente se hallará un libro más corto en páginas y más largo en problemas que La vida de Lazarillo de Tormes».

Hay que empezar preguntándose por qué este libro y el género picaresco surgen en España. Marginados y mendigos los había en toda Europa. La denominación de origen contribuye a aclarar la hondura del Lazarillo. En realidad, la novelita es un diálogo con los otros dos grandes géneros españoles de su tiempo: la mística y la caballería. No les da la espalda ni los niega, sino todo lo contrario. Confundidos por la primera persona del narrador, se nos olvida que la intención del novelista no es la voz de Lázaro. Lo vio Azorín, siempre lector tan fino, cuando en su libro Castilla completa la historia del escudero en el cuento «Lo fatal». El Lazarillo abre muchas líneas de fuerza que en el espíritu del lector han de continuarse.

Contra todo tópico, es obra de una moralidad acendrada y una concepción compacta, tanto en lo que hace referencia a la hidalguía como a la cristiandad. Su primera lección, con sabia mano administrada, consiste en recordar su responsabilidad a los que no han tenido un origen tan bajo y unas circunstancias tan adversas como las de Lázaro. «Consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe» se avisa en un lugar tan significativo como la conclusión del prólogo, que es exposición de motivos. Y repite la misma advertencia al final, abrochando toda la obra: «Huelgo de contar a vuestra merced estas niñerías, para mostrar cuánta virtud sea saber los hombres subir siendo bajos, y dejarse bajar siendo altos cuánto vicio».

El Lazarillo se erige así en una defensa contraintuitiva de la hidalguía. ¿O no es su principal enseñanza de principio a fin de que quien ha tenido buenos padres y buena posición tiene una mayor obligación de ser virtuoso? La ingenuidad, como proclama la etimología, que del hijo de familia patricia en Roma, es la confiada actitud de quien tiene un padre que le proteja. Se nos cuenta enseguida cómo la pierde dolorosamente Lázaro: «—Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo», le espeta el ciego cuando le da un golpe tremendo por creerle una tontería: «Y rió mucho la burla». Entonces se dice el protagonista: «Parescióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño dormido, estaba. Dije entre mí: «Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy»». En consecuencia, entre risas y golpes y hambres como de cine mudo, la obra nos enseña que hemos de ser piadosos al juzgar las andanzas de este chico abandonado.

Con el ciego y con el sacerdote de Maqueda, Lazarillo responde nada más que con justicia equitativa a las malicias y egoísmos de sus amos. Con el hidalgo pobre se porta igual de bien que el hidalgo con él, y lo juzga con cariño: «Con todo parecióme ayudarle, pues se ayudaba». Se ríen juntos de buena gana varias veces y el hidalgo jamás le pone una mano encima. Hacen a medias un discurso sobre la virtud y el poder –sobre sus muy difíciles relaciones– que podrían haber firmado don Quijote y Sancho Panza. Sólo lamenta Lázaro que a esa honra del escudero y de tantos se le vaya la fuerza por la boca y no se les asiente en el alma: «¡Oh, Señor, y cuántos de aquéstos debéis Vos tener por el mundo derramados, que padecen por la negra que llaman honra, lo que por Vos no sufrirán!». Podría haberlo escrito igual santa Teresa de Jesús.

A partir de ahí los capítulos o tratados son más cortos, pero no porque el novelista se cansase, ni mucho menos. Ya ha descrito al personaje y ahora su pluma se afila como una flecha en el blanco. Con el fraile de la Merced se nos hace un retrato condensado de un religioso disoluto. Lázaro aquí sólo es víctima y, para no serlo, escapa. El buldero es más pícaro que el propio pícaro, que sólo es testigo, a medias sorprendido y a medias incluso escandalizado. Lázaro atraviesa por estos dos episodios sin cometer un villanía, sufriendo la falta de ejemplaridad de unos eclesiásticos que podían haberlo salvado. Qué torpe estuvo la Inquisición censurando esta obra.

Quedan sólo dos tratados muy breves antes de que, al final, veamos cómo Lazarillo se regodea en un puesto de funcionario (detalle muy español) y en una indignidad de cornudo que le rinde mezquinas comodidades materiales. Pero estos dos tratados brevísimos son esenciales. En buena doctrina católica proclaman que nadie está predestinado a la bajeza ni por su nacimiento ni por el mal ejemplo recibido.

De aguador, Lazarillo tiene un trabajo honrado, aunque, por tanto, no muy rentable. No lo aguanta y renuncia: «Desde que me vi en hábito de hombre de bien, dije a mi amo se tomase su asno que no quería más seguir aquel oficio». Pasa a emplearse con el alguacil de Toledo, no sólo honrado, sino también valiente. Pero a Lázaro ese puesto le parece demasiado arriesgado y abandona (traiciona) a su jefe: «Asenté por hombre de justicia con un alguacil, mas muy poco viví con él por parecerme oficio peligroso; mayormente que una noche nos corrieron a mí y a mi amo a pedradas y a palos unos retraídos, y a mi amo que esperó trataron mal, mas a mí no me alcanzaron, con esto renegué del trato». Lazarillo, aunque con más dificultad que otros, pudo haber sido honesto y heroico, pero no quiso.

La vida de Lazarillo de Tormes es una obra cronometrada, perfecta, redonda. Un viaje del antihéroe con su antifinal antitriunfante: «En este tiempo estaba en mi prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna». Pero por el camino el anónimo autor nos ha recordado a la vez nuestra responsabilidad (unos menos y otros más) y nuestra libertad (de todos). Articula sin contraponerlos ni confundirlos los privilegios del nacimiento, la necesidad de la compasión, los deberes de la libertad, la hondura de la conciencia y las tentaciones de la comodidad. Teniendo esa hondura clara, podemos volver al deleite de su prosa y de su gracia, con más motivo todavía:

***
… y no se entierren en la sepultura del olvido.
*
El afán de honor es el acicate de todas las artes.
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Un jarrillo de vino […] y yo muy presto le asía y daba un par de besos callados y tornábale a su lugar.
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Arrimábase a este refrán: «Más da el duro que el desnudo».
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Lázaro, eres más en cargo al vino que a tu padre, porque él una vez te engendró, mas el vino mil te ha dado la vida.
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No supe más lo que Dios de él hizo ni curé de lo saber.
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Era el ciego para con éste [el cura de Maqueda] un Alejandre Magno, con ser la misma avaricia, como he contado.
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Acabamos de comer, aunque yo nunca empezaba.
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¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mesmos!
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Contaba el mal ciego a todos cuantos allí se allegaban mis desastres, y dábales cuenta una y otra vez, así de la del jarro como de la del racimo y ahora de lo presente. Era la risa de todo tan grande, que toda la gente que por la calle pasaba entraba a ver la fiesta; mas con tanta gracia y donaire recontaba el ciego mis hazañas, que, aunque yo estaba tal maltratado y llorando, me parecía que hacía injusticia en no se las reír.
*
…porque el hartar es de puercos, y el comer regaladamente es de los hombres de bien.

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