Fernando Vizcaíno Casas en una entrevista radiofónica con Luis del Olmo
Un hombre del 23-F
El lunes 23 de febrero se cumple el centenario de su nacimiento
A finales de los años 70 del siglo pasado, el escritor valenciano Fernando Vizcaíno Casas vivía una de las épocas más intensas de su trayectoria profesional. Frecuentaba cabeceras de todo signo —desde ABC hasta Interviú— y era requerido en todo tipo de foros, mesas y manteles. Además, contaba con una película en cartel, otra en rodaje y una pieza que se representaba cada noche en un café teatro. Tenía 55 años, un bufete especializado en Derecho Laboral, había recorrido en un año 60.000 kilómetros —intra y extramuros— y acababa de vender más de medio millón de copias de su novela de historia-ficción …Y al tercer año, resucitó.
Precisamente en Interviú, Vizcaíno tenía una sección cuyo título, «En corral ajeno», era una declaración de intenciones. Su columna lindaba con la del escritor Manuel Vázquez Montalbán, a la sazón, comunista de los de carnet. Las reglas no escritas de buena vecindad y el momento político permitían, al fin y todavía, cierta pluralidad editorial.
Una mañana de noviembre de 1979 los hados de las imprentas intercambiaron sus textos. De manera que la columna de Vázquez Montalbán sobre «Sexo y gastronomía» apareció firmada por Vizcaíno y la de éste, con el título de «Pero, ¿de verdad existió Carlomagno?» bajo la fotografía del creador del detective Pepe Carvalho. Quiso la fortuna que don Fernando hiciera mención en su texto a conocidas veleidades amorosas de Dolores Ibárruri, lo que enfadó en extremo al sobrevenido abajofirmante. Don Manuel escribió una amarga respuesta quejándose de que el error hubiera puesto en su pluma los «insultos» que Vizcaíno dedicaba a su «dama enlutada y blanca». El valenciano, por su parte, afrontó el combate sin renunciar a la cortesía. Reconoció con elegancia que le beneficiaba la breve adjudicación del talento de su colega. Contundente, se reafirmó en la referencia que contenía su escrito sobre la Pasionaria, rechazando que fuera una injuria. Pero, sobre todo, hizo patente la ventaja que le confería no poder exhibir ningún carnet. Frente a las servidumbres ideológicas de la militancia de Vázquez Montalbán, declaraba que no se debía a «más disciplina que la de la propia conciencia». Y se definió, sencillamente, como «libre».
No fueron aquellas afirmaciones un simple arrebato retórico. En los años de la Transición, celebrados como de consenso y libertades, no todos se sintieron amparados por ese clima. Paralelamente a su éxito, Vizcaíno Casas comenzó a ser percibido por la prensa y las instituciones como un escritor adepto al régimen anterior. Solía repetir hasta la saciedad que jamás había tenido que ver con la política y que su único «cargo» había sido, con 16 años, el de Jefe de Centuria del Frente de Juventudes. Lo contaba con orgullo considerando que ni el más cerril de sus contradictores podría valorar semejante dato biográfico como una muestra de cooperación con la «dictadura». Fue inútil. Creció a su alrededor una telaraña de tópicos e imputaciones que le tildaban de retrógrado, carca, reaccionario y facha. Vizcaíno, con su habitual socarronería valenciana, solo aceptaba el de «facha» por cuanto debían referirse a su buena planta. En Los pasos contados, sus Memorias, reivindica su independencia. Se jacta de no haber precisado de nadie «ni material, ni moral, ni intelectualmente». Y reitera, como dejó dicho en el asunto del trasvase de artículos de Interviú, su aborrecimiento por la sumisión a consignas o siglas. Tampoco le tiembla el pulso cuando revela su fascinación por la figura de José Antonio Primo de Rivera. Admiraba buena parte de su doctrina. «Contextualizada en su tiempo y circunstancias», subraya.
Fernando Vizcaíno Casas no forja esa honestidad intelectual a partir del clima político y periodístico que le tocó vivir. El compromiso íntimo con su conciencia lo adquiere en plena juventud y ante un cartel de cine. Uno de los grandes pesares de su vida fue la desavenencia que causó años de alejamiento sentimental con don Fernando Vizcaíno Íñigo, su padre. Siendo hijo único y heredero de la empresa familiar de paraguas y artículos de regalo —el hijo del paragüero— su lógico destino era ampliar los horizontes de la obra que se le legaba. Sin embargo, llegado el momento, Casas tenía ya dentro el veneno de las letras y carecía de toda ilusión por el mundo de los capitos, las varillas y los puños. Lo intentó. Estuvo casi dos años en lucha consigo mismo, a sabiendas del daño que haría a su padre la decisión de estudiar Derecho y Periodismo. Cierto día, dando un paseo por Elche, donde había acudido como representante comercial de Paraguas Vizcaíno, se detuvo ante la fachada de un cine que anunciaba una película de Tyrone Power. «Sé fiel a ti mismo», rezaba su lema. Pasó la noche en zozobra, dándole vueltas al exhorto proveniente del Hollywood clásico. El joven Vizcaíno Casas aún no sabía que, en realidad, era un verso de Hamlet el que configuraría su programa de vida.
Quizá por ello asistía, entre atónito y divertido, al desfile de tránsfugas en aquella España donde los viejos servidores del franquismo se convertían sin pestañear en demócratas de toda la vida. De camisa vieja a chaqueta nueva da cuenta de esa perplejidad. Fue, además, la primera de sus novelas que superó los 300.000 ejemplares. Poco después llegó el éxito arrollador de… Y al tercer año, resucitó, donde imaginaba el desconcierto sociopolítico que encontraría Franco si regresara a la vida tres años después de su muerte.
Y entonces comenzó a cernirse sobre el escritor y su obra un desprecio a veces abierto, a veces mudo. Hubo desplantes de consistorios socialistas y despidos difíciles de explicar en medios donde le constaba contar con una amplia audiencia. Cuando apareció Hijos de papá, el crítico cultural de ABC tituló su reseña con un lapidario «El cero absoluto», en un momento en que la novela superaba ya las 200.000 copias vendidas. La hostilidad hacia su obra y su pensamiento derivó en lo que su amiga, la también escritora Mercedes Salisachs, llamó «la conjura de los silencios». Y pocas armas resultan tan eficaces como la omisión.
También desde ABC, en otra recensión —esta vez de Chicas de servir—, se apuntaba uno de los motivos de ese cerco: los celos ante el éxito de un autor superventas. El crítico, poco sospechoso de simpatizar con el «fenómeno Vizcaíno Casas», lo formulaba sin ambages: «pienso que se lo ignora fundamentalmente por envidia, y que su derechismo y su escasa talla como novelista sólo representan el papel de pretextos justificativos del negreo a que muchos lo someten».
Sin embargo, Vizcaíno Casas no fue un novelista «mediocre», sino un autor que eligió un tipo de literatura ligera, humorística y costumbrista, destinada a divertir y retratar su tiempo más que a exhibir erudición o pomposidad estilística. Ese equilibrio entre talento, sentido del humor y fidelidad a su propia voz explica que alcanzara a cientos de miles de lectores mientras permanecía al margen del canon.
Fernando Lázaro Carreter señalaba que Vizcaíno interpretaba a una parte evidente de ciudadanos y acertaba a expresar lo que estos sentían de modo inarticulado. Por su parte, Torcuato Luca de Tena reivindicaba en él la voz que «millares y millares de españoles consideraban ineludible saliera al paso de las desvirtuaciones de la verdad» que, a su juicio, se estaban produciendo.
El llamado fenómeno sociológico Vizcaíno Casas tiene mucho que ver con esa fidelidad a la realidad vivida que lo caracterizó. En la primera etapa de su obra novelística, centrada en el franquismo y los años posteriores, le movía el convencimiento de que solo desde una actitud clara y honesta respecto al pasado podía afrontarse el presente. A su indudable manejo del humor y la ironía como arma dialéctica se sumó una mirada que aspiró a ser rigurosa sobre aquellos «cuarenta años» y que resultó reconocible para una amplia mayoría de lectores. Sus novelas funcionaron así como reflejo: devolvían paisajes, personajes y conflictos inscritos en la memoria colectiva. Y que el paso del tiempo, o el nuevo sistema, iban deformando, como aquellos espejos del Callejón del Gato.
Estamos asistiendo, bien por las efemérides —el cincuentenario de la muerte de Franco—, bien por la coyuntura política, a un renovado interés por aquella etapa. Por los mismos motivos cronológicos, hijos y nietos de los lectores naturales de don Fernando desmantelan hoy las bibliotecas familiares —basta asomarse a los portales de segunda mano—. Quizá las novelas de la Transición de Vizcaíno Casas sigan siendo un buen lugar desde el que conocer, o recordar en su caso, aquel tiempo.
El lunes 23 de febrero se cumple el centenario de su nacimiento. Trabajador infatigable, memoria prodigiosa, amante de la buena mesa y valenciano hasta la médula, Fernando Vizcaíno Casas estaba hecho de toros y puros, de literatura y olor a imprenta, de fútbol y tertulia. También de convenios colectivos y estatutos laborales, de camaradería franca y humor de la terreta. De una españolidad que vio la luz en la plaza de Castelar y la luna en el Rialto. De farándula y Virgen de los Desamparados. De Jueves Santo con traje y corbata por la calle de la Paz y también de esa Valencia ruidosa, bullanguera y menestral.
Fernando Vizcaíno Casas solía bromear con que la animadversión que despertaba tal vez se debía a una fatalidad de calendario: él era, al fin y al cabo, un hombre del 23-F.