Las ranas que demandaban un rey, del Arcipreste de Hita
Sano como el arcipreste
Pero volvamos al propio Arcipreste de Hita y a su incontenible vitalidad, que en ningún pasaje se percibe como en el planto por la defunción de Urraca, su alcahueta
Cansado de mí y del mundo moderno, he vuelto al Arcipreste de Hita, al que tenía arrinconado desde la Facultad. Como llevaba un tiempo empozado en Dostoyevski, en especial en Los hermanos Karamázov, necesitaba purgarme, reponer fuerzas en algún lugar soleado donde corriera el aire fresco. Reverencio a Dostoyevski, pero no es saludable; es más, me parece que se dispensa en las librerías con excesiva despreocupación. Y no digo prohibirlo, pero al menos criticarlo, postergarlo, confinarlo tras una cortina como se hacía en los videoclubs con la pornografía.
Entre lo que yo traigo de fábrica y lo que me añadía el ruso, he pasado semanas con las ideas en constante fricción, aborrascado, zaherido por tentaciones nihilistas, miradas al abismo y pensamientos mortificantes sobre la nada. Necesitaba descansar y recordar que la vida es problemática, desde luego, pero no tanto. Entonces me acordé de Juan Ruiz. Nadie más vital, más ordenado que el nacido en Alcalá de Henares en el siglo XIII, bajo el signo de Venus. El Arcipreste de Hita, que lo mismo peca que reza, que igual procura seducir sin éxito a una panadera que canta los gozos de la Virgen María. Un hombre lozano, como Dios manda, un hombre «umanal», con riñones, pulmones y alma; un hombre aposentado en el mundo y con la mirada en el cielo. Justo lo que necesitaba.
¡Con qué naturalidad retoza el Arcipreste por sus cuadernas vías! Para él, que vivió en una época más oreada, no hay nada prestigioso en la tristeza, nada necesariamente profundo en la confusión; de modo que, cuando recibe algún revés ―y los recibe por ambos flancos―, sufre, languidece un poco, pero al momento está de nuevo en pie, empujado por los aceites vitales que le corren por dentro de los huesos. Pero llega Doña Cuaresma, y con su ejército de verduras y pescados vence a Don Carnal. Se hace penitencia, se ayuna, se predica, se amonesta, se confiesa uno. Y en cuanto despunta Pascua, nuestro Arcipreste sale bufando como el toro del chiquero.
La alegría y ese tono primaveral le vienen dados por el amor, que obra milagros, que «al mançebo mantiene mucho en mançebés, / e al viejo fas' perder mucho la vejés». Y me refiero al amor loco, al imperfecto, aquel contra el que en un principio la obra nos previene y que consiste en el deseo «por aver juntamiento con fembra plasentera». Este es el combustible que el Arcipreste necesita para ir de aquí para allá, tras una dueña virtuosa que, tal vez por eso de la virtud, coquetea sin llegar a satisfacerlo; tras la panadera antedicha, a quien su amigo le roba en mala hora, cuando sobre el papel le servía de mensajero; a las vueltas de Doña Endrina, con la que acabó casándose bajo el nombre de Don Melón; a los pies de la monja Doña Garoza, que le brindó el amor más puro y cuya muerte procuró olvidar en los brazos de una mora que, sin embargo, le dio con la puerta en las narices. Y todo ello mientras se suceden fábulas, exempla, artes amatorias, parodias, elegías, sermones, canciones profanas, goliardescas… Un cuadro enmarañado y bullicioso de las letras medievales.
Pero con ninguna parte he disfrutado tanto como con los episodios de las serranas. Primero, por lo grotesco y divertidísimo de la figura: pastoras descomunales que asaltan a los viajeros, que les exigen favores carnales a cambio de comida, fuego y cobijo. Amazonas solitarias, arriscadas, ciclópeas, con un algo de feminismo avant la lettre, como charos enormes y libidinosas que se apostaran en los montes, guardando el rebaño y al acecho del varón.
Segundo, porque me evocan mi época universitaria, en concreto, tercero de carrera. Andábamos enfrascados en el Libro de buen amor cuando descubrí a una verdadera serrana: despachaba en la biblioteca central del campus. Provendría de la sierra extremeña. La escasez de viajeros, consecuencia del abandono del mundo rural, la habría obligado a bajar a la ciudad, a Sevilla. Se sacó unas oposiciones no muy difíciles y se atrincheró tras el mostrador como quien prepara una emboscada. Allí la encontré. Iba, claro está, de incógnito, pues había refinado sus procedimientos para ejercer en una sociedad moderna. Aunque para alguien versado en serranías no había duda: por lo apabullante de sus miembros, por lo tupido de su bigote, por el chirrido de la silla cada vez que se giraba y, sobre todo, por la conmovedora tristeza que desprendía. Supongo que añoraba sus chaparros y sus grutas, los tiempos pasados. O tal vez le preocupara que los jovencitos leyeran cada vez menos y, en consecuencia, apenas se le pusieran ya a tiro.
Pero volvamos al propio Arcipreste de Hita y a su incontenible vitalidad, que en ningún pasaje se percibe como en el planto por la defunción de Urraca, su alcahueta. Desde el arranque, la elegía se torna una invectiva contra la muerte: «¡Ay Muerte! ¡Muerta seas, muerta e malandante!». En consonancia con el tópico de la época, subraya su poder igualador, su gusto indiscriminado, solo que, en lugar de resignarse, se revuelve como una bestia acorralada. Mientras la muerte lo tiene agarrado, como a todos, por el cuello, él patalea, le escupe al rostro y la injuria: «desfeas Fermosura», «desadonas la Graçia», «desfases la Fechura». Por supuesto la teme, y con motivos sobrados, pues «por tu miedo los santos fizieron los salterios». Pero se yergue y se rebela porque sabe tan bien que todos seremos despojados por la muerte como que esta ha sido vencida, muerta a su vez; y aunque ella se llevó a su bienamada trotaconventos, «Ihesu Cristo conpróla / por la su santa sangre». Al final no cabe otro vitalismo que este.
Muchas han sido las discusiones en torno al libro, sobre todo por sus contradicciones, que son varias. No es la menor que una obra cuyo propósito declarado es disuadir del loco amor sirva al mismo tiempo como manual para practicarlo con éxito. ¿Es hipócrita? No, es débil, concupiscible. Sucumbe a la tentación porque desde luego la tentación es como para sucumbir; al fin y al cabo ni el mundo ni la carne están desprovistos de encantos, especialmente para una condición tan saludable como la del Arcipreste. Algunos han especulado sobre la manera en que el Libro aborda una controversia de la época entre los averroístas, que consideraban que nada de lo natural puede ser pecado, y los agustinianos, más recelosos con las inclinaciones del cuerpo. No se sabe muy bien qué visión impera en la obra ni en la mentalidad del autor. Puede que fuera a ratos, a días: días aristotélicos, días platónicos. O según convenga, ya que hay ciertas cosas que se entienden o disfrutan mejor dependiendo de la luz que le proyectemos. Ahí, creo, reside el secreto de la contagiosa vitalidad del Arcipreste: en su heterogeneidad, en su hospitalidad católica, en su cordura.