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Historias del 27Andrés Amorós

Falla, Lorca y el Cante Jondo

Falla y Lorca, un gran músico y un gran poeta, logran contagiar su entusiasmo a sus amigos granadinos y movilizarlos para intentar algo que nunca se había hecho hasta entonces: celebrar dignamente la trascendencia del cante jondo

El compositor Manuel de Falla y el escritor Federico García LorcaWikimedia Commons

En Granada, en la Alhambra, las noches del 13 y el 14 de junio de 1922, tuvieron lugar las dos jornadas del Concurso de Cante Jondo: «canto primitivo andaluz», según rezaba el cartel, «subvencionado por el Ayuntamiento y organizado por el Centro Artístico y Literario».

La idea había nacido en la tertulia El Rinconcillo, que se reunía en el Café Alameda. Eran miembros de ella y tuvieron un papel protagonista en el proyecto Falla y García Lorca.

Don Manuel había nacido en noviembre de 1876: tenía entonces cuarenta y cinco años. Había estrenado ya con éxito El amor brujo y las Noches en los jardines de España; había demostrado su interés por el folclore español con las Siete canciones populares españolas; había triunfado en Londres con El sombrero de tres picos, interpretado por los ballets Rusos de Diaghilev, con decorados y figurines de Picasso… Era ya un compositor consagrado.

Federico García Lorca, en cambio, era entonces un joven poeta de veinticuatro años (veinte menos que Falla). Solamente había publicado Impresiones y paisajes (1918) y Libro de poemas (1921). En 1919, se había trasladado a Madrid, a la Residencia de Estudiantes. Todavía no había acabado la carrera de Derecho.

Su interés por la poesía popular le conduce a escribir, en esos años, las composiciones que formarán, en 1931, el Poema del cante jondo. Su consagración popular le llegará antes, en 1928, con la publicación del Romancero gitano.

A su vuelta de París, el gaditano Manuel de Falla se instala en Granada en el verano de 1919. No es su primera visita a la ciudad: ya había estado allí, con Gregorio Martínez Sierra y María de la O Lejárraga, antes de componer La vida breve.

Le sirve ahora de guía para descubrir los rincones de la ciudad y de la Alhambra el guitarrista Ángel Barrios, hijo del dueño de la taberna El Polinario, al que Falla había conocido en París, en casa de Albéniz. Se incorpora a la tertulia El Rinconcillo, donde coincide con Lorca.

A pesar del calor, Falla se siente feliz, en Granada. Lo proclama así en una carta a un amigo, el director de orquesta francés Ernest Ansermet, que había dirigido en Londres el estreno del ballet El sombrero de tres picos:

«Cada día estoy más contento de habernos decidido a vivir en Granada. Esto, sobre lo mucho que me gusta, es muy sano y alegre. He encontrado un carmen en la Alhambra que ya lo he alquilado en 75 ptas. mensuales. Jardín grande con árboles frutales, parra y hasta un poco de huerto. Buena casa con vistas a la sierra y solana con ídem al Generalife. Precioso cuarto soleado para trabajar… en fin, ¡las mil y una noches

Falla había recibido clases de Pedrell y había escuchado «con arrobo» (dice Federico Sopeña) las canciones recogidas en su Cancionero musical español, que le parece «obra fundamental».

La decisiva influencia de Pedrell lo encamina hacia el mundo de la canción popular española. De ahí nacen sus Siete canciones populares españolas, a las que añade el subtítulo «armonizadas por Manuel de Falla».

¿Sólo armonizadas? A través del folclore, él encuentra su inspiración, su voz personal. No es algo muy distinto de lo que hacen, por esos mismos años, Zóltan Kodály y Béla Bartok, con el folclore húngaro. Y, por supuesto, de lo que hace Federico García Lorca, en su poesía.

Cuando Falla se instala en Granada, no conoce a Lorca ni su obra. Apenas lo conoce –resume Antonio Gallego Morell– «intuye que ya Lorca está íntimamente ligado con el ser de la ciudad».

A Falla, con su puritanismo, no le atrae en principio de modo especial el mundo gitano. ¿Qué busca, con la iniciativa del Concurso de Cante Jondo? Está claro: le preocupa la decadencia del género, adulterado por la comercialidad y por un tópico «flamenquismo». Quiere evitar que se pierdan la autenticidad y los «cantes puros». Y asume esa lucha –porque eso va a ser, en definitiva: una lucha– con un empeño mayor del que su timidez haría suponer.

Coincide en ese criterio plenamente con Lorca, mucho más cercano –por múltiples motivos– a ese mundo del cante jondo.

Según el pintor Manuel Ángeles Ortiz, en un primer momento, pensaron en crear un café cantante en la Alcaicería, el antiguo mercado árabe, para intentar salvar los estilos que se estaban perdiendo. Luego, quizá fue otro amigo común, Miguel Cerón, el que lanzó la idea del Concurso, que acogieron con entusiasmo.

Para Rafael Martínez Nadal, el amigo íntimo de Federico, éste fue «el principal inspirador» del Concurso. Lorca, en cambio, habló siempre de «nuestro proyecto». Sabía de sobra lo útil que les iba a resultar la participación de «el gran maestro Falla», al que designa como «auténtica gloria de España y alma de este Concurso».

En una carta a Adolfo Salazar, Federico le explica el sentido de esta iniciativa:

«Ya sabrás lo del Concurso de Cante Jondo. Es una idea nuestra que me parece admirable, por la importancia enorme que tiene dentro del terreno artístico y dentro del popular. ¡Yo estoy entusiasmado!»

Al crítico madrileño le parece muy bien el proyecto porque defiende las coplas del pueblo desde la vanguardia, no desde «el españolismo de pandereta».

A fines de 1921, Lorca le comenta a Adolfo Salazar El poema del cante jondo, que está escribiendo:

«Su ritmo es estilizadamemente popular y sacó a relucir en él a los cantaores viejos y a toda la fauna y flora fantásticas que llena estas sublimes canciones: el Silverio, el Juan Breva, el Loco Mateo, la Parrala, el Fillo… ¡y la Muerte! Es un retablo (…) Por él desfilan la siguiriya, la soleá, la saeta y la petenera. El poema está lleno de gitanos, de velones, de fraguas, tiene hasta alusiones a Zoroastro. Es la primera cosa de otra orientación mía y no sé todavía qué decirte de él … ¡pero, novedad, sí tiene! El único que lo conoce es Falla y está entusiasmado (…) Los poetas españoles no han tocado nunca este tema».

La presencia constante de la muerte, encarnada en una figura femenina, aporta a estos poemas su radical dimensión trágica. Al estudiar las letras del cante jondo, Federico encuentra siempre «la pena negra… las más infinitas gradaciones del Dolor y de la Pena» (lo escribe él así, con mayúscula).

Ya hemos visto que, en 1927, en la juerga que ofrece a los poetas Ignacio Sánchez Mejías, en Pino Montano, Manuel Torre les habla de buscar «el tronco negro de Faraón». Otra anécdota que comenta Lorca completa esto y lo aclara:

«La vieja bailarina gitana La Malena exclamó un día, oyendo tocar a Brailowski un fragmento de Bach: ‘¡Olé! ¡Eso tiene duende!’ y estuvo aburrida con Gluck y con Brahms y con Darius Milhaud. Y Manuel Torre, el hombre de mayor cultura en la sangre que he conocido, dijo, escuchando al propio Falla su Nocturno del Generalife /que había pasado a ser el tiempo primero de las Noches en los jardines de España/ esta espléndida frase: ‘Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende’. Y no hay verdad más grande».

La pena, los sonidos negros, el ángel, el duende… Para García Lorca, son distintos nombres para acercarse al misterio del arte.

Su búsqueda del misterio coincide con buena parte de la mejor literatura contemporánea. Por ejemplo, con Borges: «El misterio participa de lo sobrenatural y aún de lo divino». Y con Virginia Woolf: «Es lo que más me atrae: el misterio que nos envuelve a todos, en un atardecer otoñal».

Ese misterio que persigue Lorca nos toca especialmente a los españoles porque es «el espíritu oculto de la dolorida España (…) el espíritu de la Tierra (…) España, país del duende (…) un pueblo de contempladores de la muerte (…) Un muerto, en España, está más vivo, como muerto, que en ningún país del mundo».

Falla y Lorca, un gran músico y un gran poeta, logran contagiar su entusiasmo a sus amigos granadinos y movilizarlos para intentar algo que nunca se había hecho hasta entonces: celebrar dignamente la trascendencia del cante jondo.