El final de la sordera musical de nuestros intelectuales
Decía César Arconada que «En España, las cuestiones musicales no trascienden como las pictóricas y las literarias». Con la Generación del 27, felizmente, la cultura española comenzó a superar su tradicional sordera para la música
Federico García Lorca, Rafael Aguado, Antonio de Luna, José Segura y Manuel de Falla en Granada en 1926
Le preguntaron una vez a Yehudi Menuhin si no temía el final de la música clásica europea. Para asombro del entrevistador, contestó el gran violinista que su optimismo se basaba en el inmenso tesoro de la música popular rusa y española.
Tenía razón, aunque algunos españoles lo desconozcan. Además, la música popular ha estado siempre profundamente unida, entre nosotros, a la música culta. (Exactamente igual sucede con nuestra poesía tradicional, como mostraron, en su antología, Dámaso Alonso y José Manuel Blecua).
Esa unión de lo culto y lo popular se aprecia en la extraordinaria música de nuestros Siglos de Oro, con figuras de primer nivel internacional como Tomás Luis de Victoria, Francisco Guerrero, Cristóbal de Morales, Francisco de Salinas, Luis de Narváez, Alonso Mudarra, Antonio de Cabezón, Mateo Flecha…
También se da esa unión, a fines del XIX, en Isaac Albéniz y en Enrique Granados: dos compositores universales, nacidos en Cataluña, y que se sienten, los dos, profundamente españoles. De hecho, Albéniz hubiera querido titular su máxima obra, uno de los mayores monumentos pianísticos de todos los tiempos, España, sin más. No pudo hacerlo porque ya había elegido ese título otro compositor y eligió un título muy cercano, Iberia. Por su parte, Enrique Granados compone Goyescas porque considera a Goya «el genio representativo de España».
Desde el romanticismo, la música popular española fascinó a muchos compositores europeos: Carmen, de Bizet; Capricho brillante sobre la jota aragonesa, de Glinka; Capricho español, de Rimski; España, de Chabrier; Sinfonía española, de Lalo; Rapsodia española, de Ravel; La soirée dans Grenade, de Debussy…
Disculpe el lector esta retahíla de nombres. Viene a confirmar, una vez más, algo bien conocido: muchos españoles ignoran la riqueza de nuestra cultura a lo largo de la historia. Y a ellos se unen los políticos ignorantes y sectarios.
En España, las cuestiones musicales no trascienden como las pictóricas y las literarias
En el caso de la música, esto se agrava por la tradicional «sordera» de gran parte de nuestros intelectuales, mucho más sensibles a la pintura que a la música. Lo denunciaba con claridad César Arconada, en 1925: «En España, las cuestiones musicales no trascienden como las pictóricas y las literarias».
¿Cuál es la causa? Sencillamente, la falta de información, la ignorancia. Federico Sopeña, mi maestro, lo denunció reiteradamente y se empeñó en trazar puentes entre los dos mundos, el de la música y el del resto de la cultura.
La Generación del 98, tan importante por tantos motivos, es un buen ejemplo de ello: la música es una de sus carencias más notorias. Sintetizaba Sopeña, con una frase tajante:
«Un resumen apresurado sobre la música en la Generación del 98 podría hacerse con una sola palabra: nada».
Recordemos, por ejemplo, la frase ingeniosa y chocante con la que Valle-Inclán desdeña «el amor de los efebos y la música de ese teutón llamado Wagner».
Afirma Unamuno que a él le gusta la música de los bosques, de los templos, de la naturaleza… es decir, que no le gusta la música. Cuando Regino Sáinz de la Maza le propone tocar para él un Estudio, de Tárrega, don Miguel replica, airado: «No, no: a estudiar, a casa».
Este alejamiento de la música comienza a disminuir con la llamada promoción novecentista, en los años de la Primera Guerra Mundial: Ramón Pérez de Ayala toca el violín, acompañando a su amigo Masavéu. Juan Ramón muestra su delicada sensibilidad también en algunos poemas de tema musical. En 1916, Ortega publica Musicalia, donde alterna –como suele– brillantes intuiciones con notables errores: recuerdo, por ejemplo, su incomprensión de la sinfonía Pastoral de Beethoven.
Hay que resaltar la gran atención que presta a la música popular la Institución Libre de Enseñanza. El ejemplo máximo es Menéndez Pidal, que, hasta en su viaje de bodas, recoge romances por tierras castellanas. En 1920, don Ramón visita Granada:
«Un jovencito me acompañó durante unos días, conduciéndome por las calles del Albaicín y por las cuevas del Sacromonte, para hacerme posible el recoger romances orales en aquellos barrios gitanos de la ciudad. Este muchacho era Federico García Lorca, que se mostró interesadísimo en aquélla, para él, extraña tarea recolectiva de la tradición».
Recordaba Rafael Lapesa, mi maestro, una velada poética y musical, en Granada, en la que intervinieron, a dúo, don Ramón y Federico.
Felipe Pedrell, estudioso de Tomás Luis de Victoria y maestro de Falla, publica en 1922 su monumental Cancionero musical popular español. En esos años, también, Eduardo Martínez Torner edita el Cancionero musical de la lírica popular asturiana y las Cuarenta canciones españolas. Los dos musicólogos ejercen una gran influencia sobre los poetas del 27.
Podemos decir, en síntesis, que la «sordera» de nuestros intelectuales comienza a desaparecer en la Generación del 27. Eso se debe, ante todo, a la atención que suscitan Falla y Turina, cuando vuelven de París.
Alcanza gran eco Adolfo Salazar, que realiza la crítica musical en el periódico El Sol con un criterio cosmopolita, abierto a las novedades que se estaban produciendo en Europa. Además, en la Revista de Occidente, escribe tanto sobre música (Stravinski y Satie, por ejemplo) como sobre literatura (Proust, Hamlet).
También su competidora, Cruz y raya, de Bergamín, publica artículos sobre música de Falla, de Jacques Maritain y del crítico Vicente Salas Viu. Y, en la vanguardista La Gaceta Literaria, hace la crítica musical, desde el punto de vista del arte nuevo, César Arconada.
La influencia decisiva es, por supuesto, la de don Manuel de Falla, que en esos años ya ha triunfado internacionalmente. No es casualidad su relación con García Lorca y que los dos promuevan la singular aventura del Concurso de Cante Jondo, en Granada, en 1923.
Definió Moreno Villa a Federico García Lorca como «un alma musical de nacimiento». Francisco, su hermano, testifica que él confesaba: «Yo, ante todo, soy músico». Sus compañeros le dieron el mote de «el músico». Él se llamaba a sí mismo «el loquito de las canciones»:
«Durante diez años he penetrado en el folclore, pero con sentido de poeta, no sólo de estudioso. Por eso, me jacto de conocer mucho y de ser capaz de lo que no han sido capaces todavía en España: de poner en escena y hacer gustar estas canciones, de la misma manera que lo han conseguido los músicos».
En la Residencia de Estudiantes, Federico acompañó al piano a la Argentinita (pareja sentimental de Ignacio Sánchez Mejías) en la grabación de las Canciones populares antiguas, que él había recopilado: Anda, jaleo; Los cuatro muleros; Las tres hojas; Romance de los mozos de Monleón; Las morillas de Jaén; Sevillanas del siglo XVIII; En el café de Chinitas; Nana de Sevilla; Romance pascual de los pelegrinitos; Los reyes de la baraja; La tarara…
Además de poeta, Gerardo Diego fue músico casi profesional: crítico, conferenciante, pianista… Escribió muchos poemas de tema musical, con gran conocimiento y sensibilidad; entre otros, el precioso libro Ofrenda a Chopin, que comprende poemas escritos entre 1918 y 1962. Gerardo fue el primer pianista que tocó la Fantasía bética, de Falla, cuando la abandonó Rubinstein. En la posguerra, realizó una gira de conferencias-conciertos con el guitarrista Regino Sáinz de la Maza.
Cuando el joven Rafael Alberti ganó el Premio Nacional de Literatura, en 1925, por Marinero en tierra, no tuvo dudas sobre cómo se gastaría el dinero del Premio, cinco mil pesetas de entonces:
«Compraría en seguida el Cancionero de Barbieri y las obras completas de Gil Vicente».
El compositor y musicólogo Francisco Asenjo Barbieri (1823-1894) encontró en la biblioteca del Palacio Real de Madrid un manuscrito con casi quinientas obras musicales de la época de los Reyes Católicos. Lo transcribió y publicó en 1890, con el título Cancionero musical de los siglos XV y XVI. (Suele citarse como Cancionero de Palacio). En él encontraron Alberti y Lorca un gran estímulo para su neopopularismo.
De la misma época y línea estética son las obras de Gil Vicente, el genial poeta luso-español, redescubierto por Dámaso Alonso.
También Luis Cernuda ha evocado cómo le impresionó, de chico, escuchar unas frases musicales «de tan penetrante melancolía»: era una obra de Falla, interpretada por un pianista, que vivía en la casa de al lado.
Pertenecen a la Generación del 27 compositores tan importantes como el levantino Óscar Esplá, cercano al refinado sensualismo de su paisano Gabriel Miró. Los discípulos próximos de Falla, Joaquín Turina, Rodolfo y Ernesto Halffter (que concluirá su Atlántida. El catalán Federico Mompou, al que algunos críticos franceses han comparado nada menos que con Chopin. (Después de la guerra, escribirá una obra maestra, la Música callada, un título tomado de San Juan de la Cruz).
Además, la crítica destaca al llamado «grupo de Madrid»: Gustavo Pittaluga, Rosita García Ascot, Julián Bautista, Fernando Remacha y Salvador Bacarisse. Este último, primo del escritor Mauricio Bacarisse, es el autor de un Concertino para guitarra y orquesta casi tan atractivo como el Concierto de Aranjuez, y de canciones sobre poemas de Alberti y Cernuda.
Componen entonces el «grupo de Barcelona», entre otros, Gerhard, Blancafort, Lamote de Grignon y Eduardo Toldrá, que fue también excelente director de orquesta: lo recuerdo bien, con su perenne greña sobre la frente, dirigiendo con gran sensibilidad a la Orquesta Nacional.
Fuera de Madrid y Barcelona, no se debe olvidar a otros compositores: Pablo Sorozábal renueva la zarzuela con Katiuska y La del manojo de rosas. Jesús Guridi, triunfa con su zarzuela El caserío y con las Diez melodías vascas. Antonio José, amigo de Lorca y de Regino Sáinz de la Maza, recopila una Colección de cantos populares burgaleses. Jesús García Leoz, después de la guerra, hará música de películas tan populares como Balarrasa, Surcos, Bienvenido Mr. Marshall…
Junto a los compositores, en el 27 hay también grandísimos intérpretes, como Andrés Segovia, con el que la guitarra española alcanza el pleno reconocimiento universal: los Beatles le llamaban «el papá de todos nosotros».
El violonchelista Pablo Casals redescubrió las Suites de Bach, una de las cumbres de la música de todos los tiempos, que habían estado olvidadas durante años. Cuentan que, a los 13 años, encontró por casualidad una partitura, en una librería del barrio marítimo de Barcelona, y que pasó doce años más estudiándolas, antes de atreverse a interpretarlas en público.
El 11 de noviembre de 1989, cuando comenzó la caída del muro de Berlín, el ruso Mstislav Rostropovich, que estaba exiliado, tomó un avión para Berlín, se plantó delante del muro y, sin decir nada, se puso a tocar: eligió, naturalmente, un fragmento de esas Suites de Bach que había redescubierto Casals. En internet vemos la escena: un bromista saca una moneda y se la entrega, como si fuera un mendigo callejero; el violonchelista, sonriente, le da las gracias… Aceptó encantado Rostropovich que yo le llevara a El Vendrell, la cuna de Casals, para rendirle homenaje. En la iglesia, ante todo el pueblo, tocó también un fragmento de las Suites de Bach: no podía haber elegido otra cosa…
El pianista valenciano José Iturbi triunfó en Estado Unidos y alcanzó la popularidad internacional con películas como Levando anclas (1945), con Gene Kelly y Frank Sinatra, donde toca la Rapsodia húngara nº 2, de Listz. Gran éxito tuvo también Festival en México (1946), junto a Jane Powell, en la que interpreta una Polonesa de Chopin y el Concierto nº 2 para piano y orquesta de Rachmaninov.
La Generación del 27 produjo una auténtica eclosión de la música española, clásica y popular. El casticismo había dado paso a la modernidad, al cosmopolitismo. Ravel tocó el piano –igual que Lorca– en la Residencia de Estudiantes. Stravinski visitó Madrid y le encantó el ritmo vibrante de nuestros pasodobles, interpretados por una Banda militar…
Con la Generación del 27, felizmente, la cultura española había comenzado a superar su tradicional sordera para la música.