«¡Así cayó Nínive, así cayó Babilonia!»
Al concluir los actos, algunos de los viajeros madrileños decidieron quedarse en Sevilla unos días más; esta vez, naturalmente, por su cuenta, pagando ellos los gastos
El poeta Federico García Lorca en una fotografía histórica
Con la comida en la Venta de Antequera y la coronación de Dámaso Alonso, concluyeron los actos de conmemoración del centenario de Góngora en Sevilla, en el Ateneo, en diciembre de 1927, promovidos por Ignacio Sánchez Mejías, en los que se manifestó públicamente la nueva Generación de poetas.
Todavía se entretuvieron estos jóvenes escritores dibujando unos mapas astronómicos de la literatura española, que incluían a los maestros consagrados y a las principales revistas: en ellos, por ejemplo, García Lorca se veía a sí mismo como una nueva estrella, rodeada de satélites…
Desde Sevilla, enviaron una postal, firmada por una docena de ellos, a Juan Ramón Jiménez, el indiscutido maestro, aunque su actitud ante esos actos había sido muy poco entusiasta.
En las páginas de su revista Lola, Gerardo Diego había proclamado su juvenil independencia de criterio:
«Cada uno de nosotros pensamos y escribimos sin importarnos un rábano cuanto –en orden a un posible magisterio ideológico o estético– piensan y escriben Unamuno, Ortega y Gasset, Jiménez (sic) y el propio magnífico Valle-Inclán, aunque guardemos para ellos la consideración debida a sus innegables méritos».
A la invitación a participar en los actos de homenaje a Góngora que le había enviado Rafael Alberti, contestó Juan Ramón con una carta desdeñosa:
«El carácter y la extensión que Gerardo Diego pretende dar a este asunto de la REVISTA DE DESORIENTE (sic) me quitan las ganas de entrar en él. Góngora pide director más apretado y severo, sin claudicaciones ni gratuitas ideas fijas provincianas – que creen ser aún ¡las pobres! gallardías universales».
Firmaba esta carta Juan Ramón –como a veces hacía– sólo con las iniciales «K.Q.X.». Se vengó Gerardo Diego: «Le llamaremos por ahora Kuan Qamón Ximénez: preciosísimo».
Al concluir los actos, algunos de los viajeros madrileños decidieron quedarse en Sevilla unos días más; esta vez, naturalmente, por su cuenta, pagando ellos los gastos. García Lorca y Dámaso Alonso decidieron continuar viviendo en el mismo Hotel pero en habitaciones más baratas. Así se lo contó, años después, Dámaso a Ian Gibson:
«Resultaba entonces carísimo para nosotros el precio de las habitaciones que teníamos, que eran del que entonces se llamaba ‘piso principal’. Y dijeron que nos alojarían más tiempo a un precio mucho menor, pero que teníamos que ir a las guardillas del hotel. Y Federico iba escalera arriba con un pequeño maletín en la mano, y decía: ‘¡Así cayó Nínive! ¡Así cayó Babilonia!’».
Precisa Dámaso:
«No se trataba de una invención de Federico. A Federico le pasaba lo que le pasa a mucha gente de gran humor. Federico tenía un humor extraordinario, un humor que atraía inmediatamente a todos los que estaban a su lado. Pues bien, los humoristas muchas veces inventan cosas, pero otras cosas se las apropian. En el caso de Federico, yo le oí contar en otra ocasión que lo de ‘¡Así cayó Nínive, así cayó Babilonia!’ lo decía una señora que había sido muy rica y que había perdido toda su fortuna, y que, cuando estaba con una visita, o había gente con ella, decía: ‘¡Así cayó Nínive, así cayó Babilonia!’».
Además de ofrecer un homenaje a Góngora, las jornadas sirvieron también para propiciar algunos encuentros. Por ejemplo, el de Federico García Lorca y Fernando Villalón, un singularísimo personaje: caballista, ganadero de reses bravas, brujo vocacional y, en su madurez, escritor (igual que Ignacio Sánchez Mejías, su gran amigo). En 1928, publicará su libro La toriada, muy influido por Góngora, que presenta al toro como un animal sagrado; al año siguiente, sus preciosos Romances del 800.
También se conocieron personalmente entonces y se hicieron muy buenos amigos Federico García Lorca y Luis Cernuda. En un hermoso texto, ha evocado este último la primera vez que vio a Federico:
«Fue en el patio de un hotel, en las primeras horas de esa tarde invernal sevillana de luz tibia y caída. Acababa de levantarse, según su costumbre de noctámbulo, y apareció vestido de negro por la sonora escalera de mármol, alto y ancho de cuerpo, un poco murillesca la cara redonda y oscura, sembrada de lunares, lacio y alisado el brillante pelo negro. Su vida asomaba por los ojos grandes y elocuentes, de melancólica expresión».
También conocieron por primera vez en Sevilla a Luis Cernuda los dos inseparables amigos, Jorge Guillén y Pedro Salinas. En este caso, la sintonía fue escasa: así siguió siendo, toda la vida. Además de motivos estéticos, les separaba el temperamento.
Recuerdo muy bien cómo don Jorge Guillén me contó una vez que Pedro (obviamente, Salinas) y él se habían tenido que empeñar en seguir siendo amigos de Luis (por supuesto, Cernuda), a pesar de lo difícil que éste se lo ponía. Exiliados, coincidieron los tres algún tiempo en vivir en la misma casa: Pedro y él –me aseguró– fingían ignorar que Luis les deslizaba anónimos por debajo de la puerta…
Después de los actos de Sevilla, lógicamente, cada uno de los poetas siguió su propio camino. En 1928, García Lorca alcanzó la consagración popular con su Romancero gitano. Jorge Guillén publicó la primera versión de su obra magna, Cántico. Vicente Aleixandre, Ámbito, su obra inaugural, con ecos gongorinos y vanguardistas. Rafael Alberti iba dejando atrás el neopopularismo para entrar en una etapa de negrura, que se manifestará, por ejemplo, en Sobre los ángeles (1929).
Después de los actos de Sevilla, Ignacio Sánchez Mejías emprendió su carrera como autor dramático. El 24 de marzo de 1928, sorprendió al público madrileño con el estreno, por la compañía de María Guerrero López (la llamada Mariquita, hija de la gran doña María) de Sinrazón: una de las primeras obras españolas en las que se advierte la influencia de Sigmund Freud.
Unos meses después, el 8 de agosto, en Santander, la misma compañía estrenó, con asistencia de los Reyes, su segunda obra teatral, Zaya, de ambiente taurino.
En octubre de ese mismo año, en París, Luis Buñuel causó escándalo al estrenar Un perro andaluz: uno de los primeros ejemplos del cine surrealista, en cuyo guion había colaborado Salvador Dalí.
Otro de los miembros del grupo, Antonio Marichalar, había presentado a los jóvenes poetas, en 1924, en un número de la revista francesa Intentions (Domingo Ródenas de Moya lo ha caracterizado como «el embajador europeo de la Generación del 27»). Participó Marichalar en los preparativos madrileños del homenaje a Góngora. No pudo acudir a los actos de Sevilla, pero escribió una frase que me parece un excelente resumen:
«Esa gozosa gira constituye, a mi ver, un acto afirmativo de una generación literaria».
Tiene razón: más allá de las anécdotas, al rendir homenaje a don Luis de Góngora, este grupo de jóvenes están proclamando, entre nosotros, la voz de la nueva poesía y del arte nuevo.
Es lógico que los actos de Sevilla se hayan convertido en una leyenda literaria. Muy significativa me parece la anécdota de que Dámaso Alonso guardó toda su vida un cuadernito escolar, con los recortes de la prensa sevillana de aquellos días.
Al evocar, años después, aquellos actos, todos los que participaron o asistieron insisten en una palabra mágica: amistad. Lo dice por, ejemplo, Rafael Alberti:
«Fiesta de la amistad, del desparpajo, de la gracia, de la poesía…».
Ésa es la gran diferencia que separa a ésta de la otra gran generación poética española, la de comienzos del siglo XVII, en la que, como tantas veces sucede con los colegas, y más si se trata de poetas, casi todos sus miembros se odiaban: Lope, Góngora, Quevedo, Cervantes…
En un poema citado con frecuencia, Jorge Guillén realiza la mejor síntesis, la más fiel y la más entrañable. (Inicio cada verso con letra mayúscula, como prefería hacer don Jorge):
Leyenda que recoge firme núcleo.
Aún no se evapora, legendario
Con sus claras jornadas de esperanza (…)
Un recuerdo de viaje
Queda en nuestras memorias.
Nos fuimos a Sevilla.
¿Quiénes? Unos amigos
Por contactos casuales.
Un buen azar que resultó destino:
Relaciones felices
Entre quienes, aún mozos,
Se descubrieron gustos, preferencias
En su raíz comunes.
¡Poesía!
Y nos fuimos al Sur (…)
Y nacieron poetas, sí, posibles.
Todo estaría por hacer.
¿Se hizo?
Se fue haciendo, se hace.
Entusiasmo, entusiasmo.
Concluyó la excursión.
Juntos ya para siempre».
Además de poetas, eran –así titula su poema Jorge Guillén– Unos amigos. Así seguimos recordándolos.