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'Deslenuga', Carmen Camacho

'Deslenuga', Carmen Camacho

Carmen Camacho: gozos y pozos

Carmen Camacho transita estos territorios como Pedro por sus casas. Las resonancias cultas son constantes y el sabor oral, cantante

Con la lengua fuera, un poco tarde, he llegado al libro Deslengua (Libros de la herida, 2020) de Carmen Camacho (Alcaudete, 1974). Pero no hay prisa cuando la poesía es buena. Siéndolo, vence al tiempo; así que el lector llega tarde y –gracias a la victoria– a tiempo.

Esta obra se incluye en la tradición de las canciones y coplas aflamencadas. Es una veta de oro de la poesía española que, desde Augusto Ferrán y Gustavo Adolfo Bécquer, enriquece nuestra modernidad. T. S. Eliot, J. R. R. Tolkien y (ay) J. L. Borges, mantuvieron la superioridad lírica del inglés en base a la doble raíz del idioma, a medias sajón, a medias latino, que da (en efecto) mucho juego. Pero la lengua de Cervantes tampoco es manca. Además de haberse enriquecido históricamente absorbiendo tradiciones extranjeras —Góngora con la latina, Garcilaso con la italiana, Bécquer con la alemana de Heine, Rubén con la francesa, Cernuda, Borges y Gil de Biedma con la inglesa…—, nuestro idioma guarda en su corazón una dialéctica deliciosa: la que se establece entre la poesía popular y la culta.

Carmen Camacho transita estos territorios como Pedro por sus casas. Las resonancias cultas son constantes y el sabor oral, cantante. Véase la dedicatoria, donde la autora reclama la lengua materna como herencia y patrimonio: «A la tía Dolores, a la abuela Carmen, por esta boca». La conexión con la verdad de la sangre deja en estas páginas una nota salada, que trae a la memoria la poesía flamenca de José Luis Tejada. Ese respeto por las raíces no aparece sólo en su poesía. Ya en su libro de aforismos Minimás (Ediciones Baile de sol, 2008) había presumido de linaje con un tono que prefiguraba a Feria de Ana Iris Simón: «Mi bisabuelo tuvo visiones, la Virgen lo alzó a pulso. Mi abuelo lloró en el vientre de su madre. Mi padre es zahorí. Venero mi estirpe». En su otro libro de aforismos, Zona Franca (Cuadernos del Vigía, 2016), Carmen Camacho se relame ante los dichos más sorprendentemente extraordinarios de la gente corriente: «No pasa hasta que pasa. (Metafísica popular)». En Deslengua lo folklórico se homenajea en las citas, como este simpatiquísimo canto de recogida de aceitunas: «Me gusta el nombre de Pepe / porque se pega en los labios; / el de Antonio no me gusta / porque no se pega tanto». La alegría del trabajo, la guasa de la juventud, el sudor de la faena casi se sienten en esos versos que le dan el diapasón a la poeta. Al citar este cante de minas, preludia una rica veta sensual: «Cuando vuelvo de la mina / en la boca me da un beso / y el beso me sabe a gloria / revuelta con manganeso».

A la par hay continuas resonancias cultas: Antonio Machado, Lope de Vega, Gloria Fuertes… Sin renunciar a la guasa con la tradición, que es otra forma, al bies, de respeto: «En mi soledad / he visto telenovelas / de mu mala calidad». Incluso mira por el rabillo del ojo achinado a Japón y a la tradición del haiku, que, en nuestra aldea global, tras una tradición injertada que va desde los haijines mexicanos a Susana Benet y Emilio Gavilanes, se ha convertido en un interlocutor imprescindible de nuestra lírica breve. Con todo, lo que más me admiraba era la presencia de las lecciones de Isabel Escudero, hasta que, ya cerca del final del volumen, vi que la cita como maestra, como era elemental, aunque yo quería haber tenido la originalidad de señalarlo. Qué le vamos a hacer. Peor para mi vanidad, o sea, mejor.

Sin perder de vista el registro culto ni la tradición castiza, Camacho incorpora de su propia cosecha el talento individual, encarnado en un oído musical infalible, que se nota en la métrica: se la salta a la comba cuando quiere (y conviene). Se ve también en el sobrio uso de las cursivas para marcar el acento andaluz, donde es tan difícil no dar un traspié, y no lo da.

Temáticamente también sostiene un equilibrio magnético. Toca los temas clásicos y habla de la muerte, de la vida y –muy bien– del amor. Hay una sensualidad con el picante exacto, esto es, con un poco más del consabido, con una grata originalidad. No se olvida de la narratividad propia del género, capaz de contarte una historia en cuatro trazos: «Amores que son así, / como un castillo sitiao, / yo, llorando por salir, / tú, por no haber entrao». Cuenta con la inestimable colaboración de la inteligencia del lector y su estremecimiento: «En la estación / esperan el último tren / dos viejitos al sol».

La alegría que deja Deslengua se debe, en principio, a la gracia, pero, al final, a un hecho moral, más que estético, aunque termina siendo estético. Se trata de un libro sanador, que sabe que el lenguaje, aún en sus más humildes requiebros, recompone lo roto. Carmen Camacho, a medias con el dicho común, lo dice mejor: «Con salivilla, / sana, sanita, sana: / la lengua, en la herida». Lo canta de lujo:

****
Hasta del pozo seco
saca el sabio
un canto fresco.
*
Como el águila real
se queda quieta en el cielo,
así mi lengua en tu boca,
en silencio, en silencio.
*
Tiene mi mozo
gustos de luna:
gozos y pozos.
*
El Mañana
no es ningún día
de la semana.
*
¡Viviendo enfrente,
y todavía no sabes
venir a verme!
*
Los jazmines se abren
cuando oscurece,
la flor del azafrán
cuando amanece
y el azahar
cada vez que me llevas
al naranjal.
*
¡Ay quién pudiera llevar
de los lunaritos tuyos
una contabilidad!
*
QUE NI SÉ LO QUE ME DIGO
La izquierda por la derecha,
azúcar por sal marina,
y en el cajón de las medias
los paños de la cocina.
*
Tuve un querer de verdad
con un muchacho embustero
y otro de mentirijillas
con el que me fue sincero.
*
Jaicu gitano,
cuando la flor de loto
es de naranjo.
*
Invierno en casa.
Tu ropita y la mía
sobre la silla.
*
Es hedonista
a su manera
el estoicista.
*
Mira si es grande y verdad
todo lo que nos queremos
que no cabe en la Realidad.
*
¿Qué te despose yo a ti?
¡Ni que yo fuera la Guardia Civil!
*
De tu último portazo
todavía se estremece
el agüita de mi vaso.
*
Por darle un giro a mi vida
le di la vuelta al colchón
la noche de tu partida.
*
No tengo tiempo,
como una pordiosera
lo voy pidiendo.
*
Mira si soy desgraciada
que me miro en el espejo
y me retiro la cara.
*
Semillitas tiraba
pa no perderme,
se las llevó una alondra
con tanta suerte
y tan buen tino
que sembró por el aire
nuevos caminos.
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